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Crimea: avance geopolítico de Rusia sobre un viejo objetivo

El territorio, de 26.000 kilómetros cuadrados, tiene una profunda significación para el Kremlin.

La crisis desatada en la región de Crimea, por la acción directa e indirecta de Rusia, ha escenificado uno de los cambios más radicales de las Relaciones Internacionales en el siglo XXI: el mundo se encuentra en medio de una seria disputa sobre cómo conservar o no la estructura internacional que surgió en 1992 como consecuencia de la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Este hecho fue mucho más que la desaparición del antiguo Estado comunista, y arrastró tras de sí la arquitectura geopolítica y el orden institucional internacional que se había construido desde 1945, con base en los tratados de San Francisco. (Lea: Parlamento de Crimea vota para separarse de Ucrania y unirse a Rusia)

Sin embargo, ha habido una lectura equivocada, un tanto elemental, por parte de muchos observadores y políticos occidentales, que han asumido que la implosión soviética convertía a Rusia en un Estado sin capacidades, sin posibilidades, sometido al expolio internacional y las mafias locales y, sobre todo, sin intereses geopolíticos.

Los Estados occidentales, entre ellos Polonia, Alemania y Francia, de forma destacada, se encargaron de darles una orientación prooccidental a millones de ciudadanos que buscaban alternativas viables y reales a sus necesidades en el contexto de lo que habían perdido: la conservación de la URSS, algo a lo que millones de ciudadanos aspiraban como el mantenimiento de una institución conocida y segura.

En este contexto se produjo la independencia de Estados como Ucrania y Bielorrusia, enmarcada en la reacción al golpe de Estado contra Mijail Gorbachov el 21 de agosto de 1991, y que se ratificaba contra todo intento de mantener a la Unión Soviética en pie, a través de la firma del Pacto de Belovesh, por el que Rusia, encabezada por Boris Yeltsin, junto con los gobiernos independentistas de Kiev y Minsk, se comprometía a crear un nuevo orden postsoviético, con la creación de la Comunidad de Estados Independientes.

Desde enero de 1992 Moscú debió inventarse una forma de relación diferente con aquellas regiones que habían sido parte de las que gobernaba hasta el año anterior, y que a partir de ese momento se habían convertido en Estados independientes.

Ahí surgió una variedad de problemas amplios: desde el aseguramiento de armamento nuclear disperso en diversos campos militares que ahora eran de jurisdicción de otros Estados independientes hasta la definición de fronteras y el establecimiento de acuerdos de seguridad que le brindaran a Rusia estabilidad geopolítica internacional y seguridad militar. La situación se volvía mucho más apremiante cuando se observaba el comportamiento de los países occidentales, entre ellos, y de forma destacada, Alemania, en las guerras de secesión de Yugoslavia, algo que iba contra Rusia de forma directa y que pretendía asegurar el mantenimiento y defensa del statu quo internacional surgido en 1992.

Temas sin resolver

En este contexto de transformaciones internacionales, además de las inmensas dificultades económicas y la formación de un grupo de oligarcas que controlaban el gobierno ruso, era claro que los problemas geopolíticos rusos seguían estando presentes, y de alguna forma llevaban a consideraciones de análisis estratégicos que trascendían incluso el período de la Guerra Fría y modelo de gobierno soviético, para encontrar sentido en los diversos procesos geográficos que daban lugar a la creación del Estado ruso desde el siglo XVI en adelante, y en detrimento tanto de Polonia como de los Estados del báltico y los diversos estados tártaros y mongoles, sobre todo los de la Horda Dorada (clan que gobernaba sobre los pueblos rusos desde el siglo XI hasta el siglo XVII).

La península de Crimea, y su situación con respecto a Rusia, resultaba ser el punto principal de preocupación sobre el frente occidental ruso desde la década de 1990, toda vez que esta península, desde que fue arrebatada a los turcos, tártaros y mongoles en 1777, e incorporada dentro del Imperio desde 1783, ha representado la posibilidad real y cierta de que Rusia pueda acceder al mar Mediterráneo desde el mar Negro.

De esta forma, para Rusia su presencia en Sebastopol no es un mero capricho político coyuntural, sino que tiene una profunda significación geoestratégica para el Kremlin.

Occidente y Rusia ya libraron una batalla diplomática y geopolítica por Ucrania con la llamada Revolución Naranja del 2004, que llevó al poder al candidato y líder ucraniano prooccidental Viktor Yushchenko, quien se enfrentó contra el líder prorruso de ese entonces, Viktor Yanukóvich, que debió esperar para llegar al poder en el período electoral del 2010. En medio de esta disputa se produjo el intento de envenenamiento de Yushchenko, quien denunció que los agentes de inteligencia rusos del Sluzhba Vneshney Razvedki (Servicio de Inteligencia Exterior) querían asesinarlo.

La campaña electoral ucraniana del 2004 fue un enfrentamiento diplomático directo entre Moscú y las capitales occidentales más prominentes, entre las que se encontraban Washington, Berlín, París, Londres y Roma, además de Varsovia.

Para el momento de las tensiones, Vladimir Putin ya era el presidente que representaba los ideales del retorno de Rusia a la principal escena de disputa internacional, que había desterrado a los oligarcas, conocía estrechamente la estructura militar y sabía cómo revitalizarla, además de que había abierto nuevas alianzas internacionales para Moscú, tanto para la venta de armas como para el establecimiento de relaciones diplomáticas útiles a los intereses de Washington.

Y este no es un dato simple, pues Putin había establecido como interés prioritario externo de su acción gubernamental la recuperación de las áreas que habían pertenecido a Rusia, desde una perspectiva histórica, y que Moscú sentía que no podía perder. Dicho de otra forma: con Putin, el Kremlin recuperó su perspectiva geopolítica y la dinámica de la industria militar. Pero estos intereses geopolíticos han ido de la mano del posicionamiento de Rusia como un proveedor energético clave para Europa occidental, lo que además lo convierte en un socio irrenunciable, tal y como lo han dejado claro en los últimos días Berlín y París.

Proyección vital

Es en este contexto donde Rusia ha visto como una repetición ilegítima, ilegal, y vergonzosa la caída del gobierno de Viktor Yanukóvich, en el contexto del movimiento del ‘euromaidán’, y que los asesores del Kremlin han visto como una repetición de la Revolución Naranja del 2004.

En respuesta, Rusia ha decidido no prolongar por más tiempo la definición de Crimea como una región propia, tanto por consideraciones geoestratégicas como por la necesaria proyección en un área vital para sus intereses como el mar Negro.

De esta forma, la disputa por Crimea debe ser entendida más en el contexto de la guerra de 1853 que en el marco de la Guerra Fría, y por ello los países occidentales se equivocan si creen que Rusia renunciará a una proyección real de su Estado, en un territorio que considera suyo y legitimado históricamente.

Por eso, cuando Rusia movilizó tropas sin insignias ni banderas, y las presentó como milicias de autodefensas crimeanas, está introduciendo un factor estratégico que los mismos militares ucranianos leales al gobierno provisional de Kiev no han podido responder, además de estar completamente desactualizados en sus doctrinas y equipos militares.

Putin ha sido muy hábil al decir que no son tropas rusas las que están presentes en Crimea, y mucho más al plantear que intervendrá directamente si aparece una guerra que amenace a los ciudadanos rusos. En este caso la secesión, con guerra o sin ella, beneficiará la posición rusa, pero dejará abierta una competencia directa por el resto de Ucrania y el futuro de Bielorrusia.

La competencia está abierta, y Polonia y Alemania han desempolvado las viejas concepciones geoestratégicas sobre Europa central, sus criterios de conformación geográfica y las formas geopolíticas de asegurarla, dominarla y gobernarla.

Lo que representa Rusia

Población: 142’517.670 habitantes.

Hombres en capacidad de seguridad y defensa: 845.000.

Presupuesto en seguridad y defensa: 76.800 millones de dólares.

CARLOS PATIÑO*
Para EL TIEMPO
*Profesor titular Universidad Nacional

Publicación
eltiempo.com
Sección
Internacional
Fecha de publicación
10 de marzo de 2014
Autor
CARLOS PATIÑO

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