Las Farc y las drogas

Las Farc y las drogas


Las Farc y las drogas
27 de febrero de 2014, 11:14 pm

La producción y transporte de la mercancía es solo una cara de la división del trabajo en el narcotráfico. La otra cara es la protección que demandan quienes producen y transportan la mercancía.

En un negocio de tantos riesgos, la ausencia de protección equivale a ser asesinado, ir a prisión o acabar en la bancarrota absoluta. No importa si se es un capo multimillonario o un humilde campesino coquero, cualquier novedad puede ser una tragedia.

La paradoja es que quienes ofrecen protección son a la vez la principal amenaza. Una mafia al tiempo que protege a sus miembros de la violencia de otras mafias, les extrae la tajada más grande de sus ganancias a pesar de ser ellos quienes se exponen a los mayores riesgos. Si no aceptan las condiciones, los reprimen o los marginan del negocio.

Es así que el narcotráfico se trata en gran parte de un negocio de producción de poder. Entre más poder se acumule, mayor es la cantidad de protección que se puede ofrecer y mayores son las rentas que se puede extraer de quienes se especializan solo en la parte comercial. Por algo los narcotraficantes pagan una parte significativa de sus ganancias en sobornos a policías, jueces, políticos y hasta presidentes. Ellos controlan el poder del Estado.

En el caso de las Farc, su entrada al negocio fue apenas una cuestión natural. Para las autoridades y la clase política proteger a un lavador o un capo clandestino en una ciudad a cambio de un soborno era una tarea sencilla. Pero proteger un cultivo o un laboratorio a la vista de toda la sociedad era imposible. Había que ubicarlos en áreas periféricas.

Cuando los cultivos y los laboratorios llegaron allí, las Farc eran ya el poder establecido, lo tenían todo para ofrecer protección y acaparar las ganancias. Desde entonces esta ha sido su papel en la división del trabajo del narcotráfico: la de una insurgencia que protege y acapara el negocio en las zonas periféricas.

Si entendemos los carteles como mafias que manejan las rutas de tráfico hacia los mercados internacionales, las Farc no son el gran cartel que pintan las autoridades y algunos voceros políticos. Las Farc son más bien mediocres para operaciones que implican colocar mercancía fuera de las fronteras, ese no es su fuerte en la división del trabajo en el narcotráfico.

Recientemente, el diario EL TIEMPO informó que fueron detenidos un guerrillero de las Farc y otro del Eln con fines de extradición. Su delito: tráfico internacional de cocaína. Se trataba de apenas 17 kilogramos que iban destinados a la mafia rusa en Nueva York, donde fueron confiscados.

El negocio original era de 50 kilogramos, pero la guerrilla tuvo problemas para movilizarlos hasta la costa Atlántica. ¿Puede una organización que tiene problemas para mover medio centenar de kilos dentro de Colombia considerarse un cartel? Basta una mirada a las incautaciones de varias toneladas pertenecientes a los carteles de Cali, Medellín y norte del Valle para darse cuenta de lo impreciso de la comparación.

Pero el hecho de que no sea un cartel no quiere decir que no haya que preocuparse. Las Farc son algo mucho peor. Son una organización que desde el control de una etapa específica de la producción de drogas extiende su poder sobre el resto de la sociedad.

El control de los campesinos cultivadores de coca no es solo el control de una actividad criminal, es el control de la sociedad en su conjunto. Las Farc imponen las leyes, los impuestos y la vigilancia de una serie de comunidades que pueden sumar fácilmente un tercio de millón de pobladores que viven alrededor de los cultivos ilícitos.

Este es un poder mucho más grande que el de cualquier cartel y un desafío superior para el Estado.

Gustavo Duncan

Columnista invitado