Las vigías silenciosas de la Biblioteca Nacional

Las vigías silenciosas de la Biblioteca Nacional

Estas mujeres, con discapacidad auditiva, son las encargadas del saneamiento de libros antiguos.

notitle
14 de febrero 2014 , 06:28 p.m.

No oír, no hablar, no es verse reducido; sino más bien vivir otras cosas. Explorar la vigilancia de otros sentidos. En el silencio de los depósitos oscuros de la Biblioteca Nacional, tres mujeres interpretan una realidad desconocida. Hablan un lenguaje propio: el de los gestos.

Olga Salazar, Elizabeth Polocho y Matilde Rojas presentan diferentes niveles de discapacidad auditiva y, por lo tanto, dificultades en el habla, según el caso. Ellas son las encargadas del saneamiento de los libros de conservación de la biblioteca. Con brochas y con pinceles, con un cuidado excesivo, remueven las bacterias y el polvo de los libros antiguos entre los que se han hallado objetos asombrosos (hojas de árboles de otros tiempos, proclamas, fotografías). Pero también se mueven con libertad en otros sectores: manejan el ascensor de palanca, se turnan la limpieza.

Su relación con el entorno está atravesada por elementos inadvertidos. La música –en la biblioteca hay conciertos permanentes– es para ellas vibración. Bien lo sabe Elizabeth, que disfruta bailando, dando vueltas, cada que le llega el aviso lejano de un temblor con ritmo.

“Entre ellas se conocen de memoria, se complementan. Olga, que lee los labios muy bien, traduce lo que otros quieren decirles. Y en general, todas nosotras sabemos muy bien cuál es su estado de ánimo. Con su postura lo revelan. Si están bravas, palmotean. Si están alegres, sonríen”, dice Alejandra, la jefe de mantenimiento de la biblioteca.

Cuando le preguntan sobre las lecturas que gobiernan su tiempo –las que más le gustan– Matilde proyecta un gesto sorprendente: pone ambas manos al lado derecho de su rostro, buscando su espalda como si jalara un bulto pesado: el lastre del pasado. Y luego, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo, lo arrastra hacia adelante, hasta el presente.

Pero no se detiene. Mueve entonces sus manos como si fundiera ambos, pasado y presente en un ciclón interminable. “Libros de historia; eso es lo que más le gusta leer”, dice su jefe, que la interpreta casi al instante.

En el lenguaje hablado, tal vez no existe una mejor descripción para representar el significado de la historia. Ellas, con su naturalidad, casi con su transparencia, logran que un gesto se convierta en una realidad con sentido. El sentido que a veces no alcanzan las palabras.

“Son muy trabajadoras y aprenden rápido. Ahora les gusta este trabajo, el manejo de conservación de libros”, cuenta Claudia Barrios.

Ellas hacen parte de una empresa que capacita mujeres con discapacidad para que trabajen en el sector público. Hace dos años llegaron a la Biblioteca Nacional. Venían del Ministerio de Cultura. Pero aquí han tenido que enfrentarse a labores nuevas, más exigentes.

Sus relaciones familiares son normales. Matilde, de 48 años, está casada con un hombre de su misma condición. Tienen dos hijos, uno de 17 años y otro de 8. A su esposo lo conoció a través de una amiga. “Él estaba completamente enamorado”, dice entre gestos y un par de palabras que logra articular. Olga le estira el puño en señal de celebración, Matilde lo estrella y las tres sonríen.

Olga y Elizabeth tienen, también, cada una dos hijos. Ellos, cuando buscan a sus madres, deben llamar al celular de alguna compañera de trabajo que sepa transmitir el mensaje con claridad,

La paradoja, la maravillosa coincidencia, es que su trabajo consista en lidiar a diario con objetos mudos, como los libros, que deben esperar un intérprete que explore sus tesoros.

Trabajo en otra entidad pública

De las 2’600.000 personas en condición de discapacidad, según cifras del Dane, 20 trabajan en el sector público en Bogotá: algunos en La Quinta de Bolívar y en el Museo Nacional. Otras en el Ministerio de Justicia y en el de Ambiente.

REDACCIÓN BOGOTÁ
gomsan@eltiempo.com