Igualdad de oportunidades

Igualdad de oportunidades


Igualdad de oportunidades
3 de febrero de 2014, 01:09 am

En estos días, las palabras ‘educación’, ‘equidad’, ‘oportunidad’ y ‘desarrollo’ aparecen en todas las campañas. Ya se acepta universalmente que la educación es el factor que mejor promueve la equidad y la movilidad social. Se volvió una verdad de Perogrullo. El peligro es que, por lo evidente del tema, se crea que basta introducirlo como un lema cuyo significado no ha sido suficientemente explicado y que luego, con cualquier acción, se pretenda haber cumplido.

A quien promete equidad en la educación hay que pedirle que explique qué entiende por eso, y cuáles son las acciones concretas que va a tomar. La manera como definimos los términos hace una gran diferencia. Un compromiso específico se puede vigilar; una promesa general y abstracta, no.

Como ejemplo puntual me gustaría desglosar algunas de las implicaciones que tiene esa promesa en el ámbito limitado de la educación superior. La palabra ‘equidad’ es ambiciosa. Sería mejor dejarla como visión de largo término, y contentarnos, para un programa de gobierno, con algo que en muchos países se ha logrado: la “igualdad de oportunidades”.

Aun siendo más modesta que la equidad, la igualdad de oportunidades no es fácil. Es una meta compleja en la que confluyen diferentes factores, muchos de ellos ajenos al ámbito educativo. Un primer punto es el “problema de los máximos”. El sistema debe ser tal que la aspiración máxima esté condicionada solo por las capacidades y la voluntad del individuo y no por sus posibilidades financieras.

No quiero decir que sea mejor o más digno un doctorado que una tecnología. Una sociedad con igualdad de oportunidades es aquella en la cual el hijo del banquero puede aspirar a ser guardabosque y el hijo del portero del banco, a ser astrofísico sin que eso cause sorpresa o admiración.

Para resolver el problema de máximos, nuestro candidato hipotético debe comprometerse a algunas cosas que no son utópicas. Una, muy importante, es mantener similares niveles de calidad en los sistemas público y privado.

Otro parámetro relacionado es el rango de las opciones que se ofrecen a los jóvenes. Debe ser amplio para responder a las inclinaciones personales, y el mismo para todos. Si el Gobierno quiere direccionar estudiantes hacia algunas áreas, debe hacerlo con estímulos, no con dificultades en el acceso. Hay que evitar que algunos solo puedan acceder a carreras que requieren infraestructuras de baja complejidad (léanse tiza y tablero).

Las diferencias en la dificultad para acceder y terminar los estudios es otro tema de análisis. En esto tienen que ver la calidad de la educación básica y media (tema para otras reflexiones) y la capacidad financiera de los jóvenes y sus familias. El sistema de educación superior colombiano mantiene un equilibrio entre sus componentes público y privado que muchos países envidian. Los esfuerzos de los dos sectores son bienvenidos. Sin embargo, es claro que la población de aspirantes que más crece es la de menos recursos. Un compromiso real sería aumentar en tamaño y número las instituciones públicas. Así mismo, habría que reconsiderar el sistema de préstamos existente y adecuarlo para que esté dirigido efectivamente a igualar oportunidades (no solo a dar alguna oportunidad), que subsidie en forma efectiva, que no genere –con su pago– imposibilidad para continuar estudios de posgrado, y que en muchos casos se otorgue como beca.

No es una meta fácil, pero tampoco imposible. Dejar de abordar esos problemas sería reconocer que estamos en incapacidad de ofrecer igualdad de oportunidades en educación superior. En ese caso, mejor evitar la palabra ‘equidad’ en las promesas electorales.

Moisés Wasserman
Profesor emérito de la UN
@mwassermannl