Las 'víctimas' anónimas de la iglesia de los Piraquive

Las 'víctimas' anónimas de la iglesia de los Piraquive

Relatos de por qué algunas personas decidieron alejarse de una doctrina que consideran peligrosa.

Las 'víctimas' anónimas de la iglesia de los Piraquive
23 de enero de 2014, 12:22 pm

Bastó con que se conocieran las palabras de María Luisa Piraquive para que la tempestad empezara a tomar forma; para que una iglesia, un apellido y un partido político fueran el centro de atención de toda Colombia.

El discurso de la ‘Hermana’ —dirían unos, de la ‘papisa’ otros— en el que excluía a los discapacitados fue apenas el principio de una polémica que, poco a poco, se fue alimentando con implacables anuncios y sorprendentes hallazgos.

Bienes raíces avaluados en millones de dólares, lujosas propiedades levantadas en la costa sur estadounidense, allanamientos a la sede del MIRA, citaciones de la Fiscalía y hasta investigaciones por enriquecimiento ilícito o supuesto lavado de activos, han hecho parte de esta controversial historia que tiene por protagonista una sola familia.

Pero más allá de los incesantes cuestionamientos, de la novela misma que es hoy la vida de los Piraquive, ¿cuál es la otra cara de esta tormenta? ¿Realmente hay afectados por esa doctrina practicada en más de cuarenta países?

Para saberlo EL TIEMPO recopiló algunos relatos de quienes se declaran verdaderas víctimas. Los nombres, a petición de los entrevistados, no corresponden a sus identidades reales.

1.

Tatiana cree en Dios aunque no es religiosa. Intuye, supone, que hay un ser supremo, pero sabe también que no está mal ser escéptico. Eso no implica, claro, que de vez en vez no la asalte la curiosidad; que se le atraviese como aquella ocasión en que terminó en la Iglesia Ministerial de Jesucristo Internacional. La misma que, según cuenta hoy, le arrebató a Ramiro, su esposo y dividió, paulatinamente, a toda su familia.

La historia arrancó por casualidad. “Porque mi cuñado —dice— se acercó a uno de los templos en medio de una crisis económica y emocional. La experiencia le gustó y nos invitó. Así que mi marido y yo asistimos e hicimos parte de ese ritual: imposición de manos y profecías. Al oído me dijeron que tendría más dinero, ascendería laboralmente y viajaría no pocas veces. Sí, seductores. ¿A quién no le va a gustar? ”.

Pero bastaron tres meses de mensajes eclesiásticos que a ella se le antojaron monótonos, repetitivos. Por eso y porque presintió algo extraño, decidió salirse de un tajo. Su esposo, sin embargo, se rehusó. “Y ahí —revela—arrancaron los verdaderos problemas”.

Justo después de quedar embarazada vino la primera rareza: “Dios me habló y me ratificó que tú eres mi mujer”, le dijo un día Ramiro. Pero ella, quizás ingenua, prefirió dejarlo pasar.

“Sin embargo, con los meses, pronto se aferró a la iglesia con más y más fuerza. Empezó a ir dos días a la semana, luego tres y después no faltaba una sola noche. Incluso, una vez que estuve hospitalizada, optó por dejarme sola”.

Más tarde, cuando a Tatiana la carcomía la impaciencia, vinieron las exigencias. “Que Ramiro diera sagradamente el diezmo, aunque no fuese obligatorio, se volvió inevitable: la presión grupal era agobiante. Luego me pidió un segundo hijo pero yo, en medio de semejante crisis, ya no quería. Es más: decidí operarme para no volver a quedar embarazada”.

La rabia, entonces, atrapó a su esposo. El acto se le antojó insensato y, tal como lo dictaba su nueva doctrina, lo desaprobó y lo rechazó con furia. Y ahí, por primera vez, Tatiana oyó la frase hoy en videos repite la señora Piraquive: “el diablo —le dijo— te tiene poseída”.

“Desde entonces —recuerda Tatiana— a él todo le parecía actos de Satán: la navidad, el 24 de diciembre, el alcohol, las religiones. Inclusive, dejó de ayudarme con las cuotas del préstamo del apartamento porque resultó no tener dinero; resultó con que no iba a volver a trabajar para servir a su iglesia. Eso rebosó la copa y, ante la imposibilidad de sacarlo del engaño, le pedí el divorcio después de diez años de matrimonio. Y en ese proceso descubrí que en una de las cuentas tenía más de cien millones de pesos”.

Al final, sucedió lo ineludible: “nos separamos y mi hija ahora se ve con el papá cada 15 días. A veces él se va para la iglesia y la deja sola en la casa. Aunque, desde luego, eso es preferible a exponerla a esas profecías. Hace poco, a escondidas, Ramiro la llevó y le dijeron que ‘estaba ahí porque Dios la quería y le iba a permitir sobresalir en su estudio; que iba a ser muy inteligente y que iba a viajar mucho’. Imagínese, y apenas es una niña de tan solo siete años”.

2.

Si hay algo de lo que Oscar se arrepiente es de haber dejado morir a su mamá. Él, un médico de poco más de 40 años y ciudadano de EE.UU., se lamenta por haber esperado que algún milagro ocurriera. Y maldice a cada tanto por saberse ingenuo, por creer, como le decían los pastores, que las profecías la iban a sanar. “Por eso no viajé y no la visité. Sí, es raro. Pero cuando te das cuenta has perdido el control de la vida”.

De eso se percató después de diez años; después de haber donado, según cálculos rápidos, alrededor de $40 mil dólares en las tres sedes a las que asistió: Bogotá, Florida y Nueva York. “No me obligaron, pero me decían que si Dios me bendecía con dinero tenía que corresponderle. Además, muchos testimonios aseguraban que no diezmar era el motivo de muchas desgracias”, dice.

“Entré —recuerda— porque tenía un bajón anímico y pensé que necesitaba orientación. Y entonces, en los cultos, viví un ambiente espiritual, fervoroso, en el que me hicieron sentir como una víctima. Los mensajes de voz baja al oído y la supuesta profecía, como a mí, de repente te empiezan atrapar. Así es siempre con cada problema: si necesitas algo pues prometen que nada te faltará: ni plata, ni carro, ni casa”.

Pero los seductores mensajes no bastaron que para que a Óscar le resultase contradictor el estilo de vida que llevaban los líderes de la iglesia. “¿Cómo es que la señora Piraquive oculta durante un buen tiempo su matrimonio? ¿Por qué nos exigen santidad cuando ellos viven entre incoherencias como lo que sucedió con su hijo Iván?”, se cuestiona.

Por eso, además de otra serie de factores, como que su esposa rechazara un buen trabajo en una ciudad donde la iglesia no tenía sede, preguntas lo invadieron, lo impulsaron a buscar ayuda profesional.

Justo ahí llegó el miedo. Tres meses de profundo pánico en el que creía que Dios lo iba a castigar, que ese ser supremo iba a entorpecer su vida por abandonar el camino de la verdad. Y con terror llegaron las advertencias. A su esposa, por ejemplo, varias veces le aconsejaron separarse de ese, el que ya no era hombre del ‘Señor, y su apellido, para generar rechazo, fue pronunciado por no pocos predicadores frente el púlpito y miles de fieles.

“Y lo peor es que detrás de todo también está el partido MIRA. Las profecías, de un momento a otro, me comenzaron a asegurar que yo iba a trabajar en la obra material de Cristo y que la tenía que aceptar. Entonces me pusieron a vender empanadas y periódicos para recaudar fondos. Si me invitaban a una manifestación, decían que era una promesa del ‘Señor’ e incumplirla traería no muy buenos resultados. Hasta en 2005 y 2006 trabajé como coordinador de la campaña en Nueva York a pesar de no tener tarjeta de residencia. Pero ahí nada importa. Es imposible darse cuenta. Uno cree que todo en ese negocio, en esa pirámide, es obra de Dios”.

3.

Hace poco más de 20 días Laura fue a Engativá. Se tropezó, por casualidad, con una de las sedes de la Iglesia Ministerial de Jesucristo Internacional y para comprobar sus sospechas se sentó y puso atención al pastor. Después, cuando vinieron las profecías, ella pasó al frente y le impusieron las manos. “A mi oído —dice— me susurraron que era Dios quien me tenía ahí. Me prometieron viajes, techos, dinero y amor”.

Le susurraron, casi exactamente, las mismas palabras que le habían dicho algún mes de 1994, cuando, siendo aún universitaria, quedó seducida con los relatos de resurrecciones y de soldados que se habían escapado de la muerte. Fue en un garaje en el barrio Las Ferias, el mismo que es hoy un enorme salón.

“Pero esta vez —asegura— fui preparada, consciente de que mi cerebro había estado 15 años encarcelado; consciente de que ellos, sin darme cuenta, me habían enjaulado. Por seguir mensajes como ‘ya tienes tu varón’ o ‘Dios ve que no diezmas y por eso no se cumplen las profecías’, arruiné gran parte de mi vida”.

El primero de esos vaticinios la condujo a casarse con un argentino del que poco sabía y que conoció por internet, y el segundo, que no dejó de ser similar durante esos tres lustros, le impidió pagar con suficiencia las cuotas del apartamento y, claro, la obligó a llenarse de deudas que todavía no puede saldar.

“Lo peor es que durante todo ese tiempo las desgracias no fueron pocas. Perdí mi trabajo como terapeuta respiratoria del Hospital de Kennedy en el 2001, me alejé de mi grupo social y jamás viajé. A una amiga, como si fuera poco, se le murió el bebé. Y los pastores solo me decían: ‘sé paciente, sé prudente, que Dios todo lo hará cambiar’”.

En el punto de la adicción, como lo llama Laura, llegó a su vida el MIRA. “Comenzaron a hablar diez minutos después de cada ritual, pero no a todos les gustaba y se iban. Yo, como era de las más ingenuas y creía el cuento de que esa era la obra material de Dios en la Tierra, me quedaba y repetía: ‘Si Dios tiene su partido, ¿por qué tenemos que juzgarlo?’”.

Pero a ella no le bastó con ir a la iglesia. Se inscribió para hacer obras de caridad en barrios humildes, hasta que, con una llamada del movimiento, las sospechas aparecieron. “Me dijeron que tenía que aportar dinero y medicamentos porque no había nada de dinero.”.

Ahí arrancó una desconfianza que desembocó en sentimientos que —pensaba— eran similares al pecado. “Me rechazaron por completo, me aseguraran que era del demonio y yo quedaba envuelta en miedo. Hasta me llegaban correos diciéndome que era el mismísimo Satanás. Pero, con ayuda del catolicismo, logré salirme, aunque las secuelas inevitables. Por ejemplo, ya una de mis mejores amigas que sigue en la iglesia, ni siquiera me dirige la palabra”.

REDACCIÓN ELTIEMPO.COM