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Editorial: Paramilitares mexicanos

El fenómeno paramilitar no es nuevo en México. Desde los tiempos de la Revolución, hace ya un siglo, ha habido pandillas armadas que encajan en el perfil de los grupos justicieros al margen de la ley. En los últimos meses, los paramilitares han iniciado un proceso de reconocimiento, que empieza por el hecho de denominarse a sí mismos ‘Autodefensas de Michoacán’, reivindicar sus acciones y presentar en público a sus líderes. Estos paramilitares de último cuño se consideran el azote de los narcotraficantes y de las bandas al servicio de los capos.

La presencia de los paraantinarcos es un elemento más en el mundo violento que generan el tráfico de drogas y la ilegalidad en el más poblado país de habla hispana. Desde que el hoy expresidente Felipe Calderón decretó la guerra contra el crimen organizado en diciembre del 2006, los enfrentamientos entre bandas y de estas con fuerzas del Estado han dejado más de 60.000 muertos. Mientras tanto, hay 121.000 detenidos, en su mayoría vinculados a los carteles más crueles del sangriento panorama, el del Golfo y ‘los Zetas’. Estos últimos tienen su propia antítesis violenta. Se trata de ‘los Matazetas’, que en septiembre del 2011 asesinaron a 35 miembros de la banda enemiga en Veracruz.

Hay semejanzas notables entre el proceso que se desarrolla en México y el que vivió Colombia, al punto de que en la prensa mexicana se menciona de vez en cuando la ‘colombianización’ de ese país. Pero hay diferencias importantes. Por una parte, disuelto el movimiento zapatista de Chiapas, no existe un elemento guerrillero que se sume al problema. Por otra, la historia de grupos que ejecutan en México su propia justicia es antigua. Ya en los sesenta surgieron ‘los Halcones’, grupo vinculado al Ejército, cuyo fin era infiltrar y atacar los movimientos estudiantiles. En 1976 se dio a conocer la llamada ‘Brigada Blanca’, grupo paramilitar creado años antes por oficiales de seguridad y dedicado a perseguir comunistas. Según el asesor de la ONU Edgardo Buscaglia, en el país operan 167 grupos paramilitares, financiados por empresarios o por los propios gobernadores.

Michoacán, situado entre México, D. F., y Guadalajara, es un territorio particularmente violento. En una época, el Estado fomentó allí las “policías comunitarias”, primer germen paramilitar. Hoy, según el gobernador, estas organizaciones, formadas por civiles, están disueltas. Pero, en cambio, han aparecido las autodefensas. Su líder es José Manuel Mireles Valverde, un médico de Tecaltepec, a quien grupos de narcotraficantes le secuestraron varios familiares. Hoy, el antiguo galeno ocupa poblaciones con chaleco blindado y fusil, al frente de un grupo de individuos armados hasta los dientes, y expulsa a los habitantes entroncados con los narcos. En febrero del año pasado, su banda se dio conocer en la toma y ‘limpieza’ de un municipio que controlaban los ‘Caballeros Templarios’, que no eran caballeros ni templarios, sino unos vulgares asesinos. El gobierno del estado calcula que los paraantinarcos tienen ya grupos de combate en un tercio de los municipios de Michoacán.

En el sórdido coctel de bandas armadas, a veces es difícil saber quién dispara. Aún no está claro si fueron los narcos, los ‘paracos’ o los delincuentes comunes los que emboscaron el pasado domingo a una patrulla del Ejército y dieron muerte a dos soldados. Los paramilitares son otra mala noticia para México. Solo el monopolio estatal de las armas y una justicia fuerte pueden contribuir a solucionar la guerra de múltiples cabezas que se libra en ese gran país.

EDITORIAL

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
9 de enero de 2014
Autor
EDITORIAL

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