Las claves que hicieron de Diomedes Díaz un ídolo

Las claves que hicieron de Diomedes Díaz un ídolo

Sentimiento al cantar, carácter enigmático y su historia lo convirtieron en un fenómeno irrepetible.

Las claves que hicieron de Diomedes Díaz un ídolo
29 de diciembre de 2013, 02:00 am

Diomedes Díaz dijo una vez que cuando muriera quería abrir los ojos aunque fuera un instante para ver a la multitud que iría a despedirlo. Sus seguidores aún no se ponen de acuerdo al calcular los ‘diomedistas’ que lo acompañaron hasta los Jardines del Ecce Homo, en Valledupar, el 25 de diciembre. Unos dicen que fueron 30.000, otros 70.000. Vieron banderas de diferentes países: de Venezuela, México, España. Y hubo disturbios, explican, que se debieron a que algunos se quedaron por fuera del cementerio y que adentro la gente no quería dejarlo enterrar.

Despedían a alguien cuya infancia fue dura, pero se dio las mañas de componer versos y vivió para mostrar ese talento. Primero lo hizo colándose donde pudo, en parrandas y casetas, ofreciéndose a hacer oficios que lo acercaran a los grandes vallenatos de la época. Y después, con interpretación de canciones que terminaron por convertirlo en el mayor vendedor de discos en la historia de Colombia.

“Se nos fue el más grande”, dijeron muchos el 22 de diciembre. Era objeto de veneración de hordas que le demostraban su amor oyéndolo a todo volumen, engrosando las calles en las caravanas multitudinarias que fueron sus lanzamientos en Valledupar, regalándole imágenes de la Virgen del Carmen y, también, destruyendo establecimientos a donde su ‘Cacique’ no llegaba, después de esperarlo por horas.

Las condiciones para que Diomedes fuera la “estrella” popular que fue estaban dadas. La discografía vallenata había pasado, años atrás, de las grabaciones en guitarra a las de acordeón haciendo figuras a intérpretes como Alfredo Gutiérrez y Los Hermanos López, que aún privilegiaban al acordeonero. Este conjunto había presentado a Jorge Oñate, la voz que le dio protagonismo a la figura del cantante. Y Diomedes era un adolescente atento.

Consiguió el trabajo de mensajero en Radio Guatapurí y logró que alguien le grabara una canción y que la pusieran en la emisora. Después conoció a Rafael Orozco, que ya grababa con Emilio Oviedo. Le entregó la canción Cariñito de mi vida, que los hizo famosos a los dos: a Orozco como cantante, a Diomedes como compositor. Pero era una fama pequeña, apenas para despegar. Diomedes fue inducido al canto por un tío suyo, Martín Maestre –en cuyo honor bautizó a su hijo Martín Elías–. Los López lo recuerdan como el muchacho que les recogía los cables.

“Por mí mismo llegué a donde Los Hermanos López –dijo Diomedes, en el 2005–. Ellos no me dijeron: ‘Venga, niño, vamos a ayudarlo’. No, señor. Yo llegué por mis canciones. Incluso me la pusieron difícil. Y me quedé recogiendo cables y ayudando con los micrófonos, no porque quisiera, sino porque era el gancho para buscar la oportunidad para cantar”.

Y la oportunidad llegó. Su primer disco, al lado de Náfer Durán, no tuvo trascendencia, pero le sirvió para interesar a la CBS (hoy Sony Music). Cuando firmó con Sony, el fenómeno musical más importante del momento en el vallenato era El Binomio de Oro, de Codiscos. Pero mientras el grupo de Rafael Orozco e Israel Romero tuvo un éxito masivo desde su primera canción en todo el país, incluyendo Bogotá, una plaza hasta entonces inconquistable, Diomedes tuvo que esperar para ser el fenómeno que fue.

El público de los ochenta recordará el comercial de televisión con el coro de la canción Todo es para ti, que anunciaba como grandes estrellas a Diomedes Díaz y Colacho Mendoza. Ese impulso dado por CBS le dio la entrada a Bogotá, a competir con el reinado del Binomio. Ciro Vargas, que estaba en CBS, recuerda que se “generó un fenómeno de ventas inesperado y que se repitió una y otra vez”.

Luis Alberto Laverde, director comercial de Sony Music, dice que el comercial fue una apuesta por un artista que veían crecer a pasos agigantados (aunque Todo es para ti era su décimo álbum). Habían visto en Diomedes algo que no tenían los demás: “Cuando grabó su primer disco ya tenía un montón de información que se convirtió en su fortaleza –explica Laverde–. Seleccionaba las canciones con delicadeza: no importaba quien fuera el compositor, sabía capotear a los autores que le llegaban con mochiladas de canciones y les decía que estaban buenas, pero se encerraba a oírlas muchas veces y solo las grababa cuando estaba seguro. Nunca grabó por compromiso con nadie, ni porque le dieran 50 chivos o 200 vacas”.

Laverde dice que ese cuidado al elegir canciones se complementaba con su capacidad para transformarlas. En estudio no se limitaba a cantar, sino que incorporaba elementos. “Cantaba lo que la gente quería escuchar. No grababa nada extraño o difícil de asimilar, porque estaba inmerso en el pueblo, así que hablaba su lenguaje con mucha facilidad”, añade Laverde.

La diferencia con otros cantantes, dice Ricardo Gutiérrez, seguidor y folclorista, estaba en la forma como se entregaba en cada canción. “No tenía afán para interpretar, allí donde uno canta ‘amor’, él cantaba ‘aaaamooor’, con calma. A cada canción le rendía su respeto, la vivía, la interpretaba como si fuera la última, le ponía un sentimiento que nadie más podía y la gente sigue el sentimiento”.

Según Gutiérrez, esto y un rasgo especial de su carácter generaron el fenómeno multitudinario: “Era enigmático y la gente también sigue lo enigmático”. Coincide Antonio José de León, su último jefe de prensa: “Tenía sus tácticas, era difícil de encontrar. No era fácil entrevistarlo, no encontrarlo causaba más euforia”.

Y los ‘diomedistas’ no se conformaban con verlo, tenían que tocarlo, abrazarlo, jalarle el pelo, pedirle y darle cosas. “Del velorio de Rafael Escalona tuvo que irse –recuerda De León–. La gente no lo dejaba, era como un imán”.

Y se crearon mitos, historias en su entorno. Diomedes solía encerrarse largos periodos. Cuando más lo esperaban no aparecía, como en el día de 1993, en que el colegio Hugues Manuel Lacouture, de La Junta, decidió darle el título de bachiller honoris causa. Sus seguidores lo esperaron todo el día para la ceremonia y cuando muchos se habían ido, Diomedes se presentó, a las 7 p.m., y dijo que no pensó que llegaría nunca a ser bachiller.

Ventas millonarias

Las ventas crecían. Algunos exageran hablando de 40 millones de discos vendidos en su carrera.

Sony le informó a EL TIEMPO que registra 16 millones de copias sin incluir los primeros LP, difíciles de contabilizar, y que sumados podrían acercar la cifra a los 18 millones. El álbum más vendido fue Título de amor (1993, con Juancho Rois como acordeonero): 600.000 copias. Al año siguiente, 26 de mayo llegó a la cifra de 450.000.

Ya entonces se hacía la caravana del 26 de mayo en Valledupar. Lo declaraban día cívico para que la fanaticada pudiera ver al ídolo.

No fue el primero ni el último en esto. Cuando Diomedes surgió ya había ‘zuletistas’ y ‘oñatistas’ que hacían caravanas. “Pero las fanaticadas fervorosas nacen con Diomedes –dice Rafael Oñate Ribero, autor de libros sobre la cultura vallenata–. Los ‘diomedistas’ eran diferentes porque él tuvo la suficiente capacidad para crear un mundo de seguidores leales, que siempre respondían”.

Dice De León: “Conozco ‘silvestristas’, ‘peteristas’ (seguidores de Peter Manjarrés), ‘martinistas’ (los de Martín Elías) y todos ellos, por más fervor que sientan por sus artistas, han sido primero ‘diomedistas’ ”. Incluso, asegura que algunos han llegado a reconocer que como persona Diomedes podía ser difícil, pero su música los volvía incondicionales.

Y así lo fueron, pese a la gravedad del caso de Doris Adriana Niño, que murió en su apartamento de Bogotá el 14 de mayo de 1997. Mientras la familia la buscaba, Diomedes era noticia por haber terminado el álbum Mi biografía. En pleno lanzamiento estalló el escándalo que lo vinculó al proceso. Su detención, el 4 de octubre, fue noticia nacional. Y la fanaticada estuvo a su lado, en su posterior traslado a la Escuela de Guardianes del Inpec, en Funza.

Cientos de ‘diomedistas’ lo esperaron una y otra vez las veces que salió de la cárcel o de sus hospitalizaciones, como cuando se enfermó de Guillain-Barré, que lo dejó casi paralizado, en 1998.

“Si su situación legal tuvo impacto en las ventas, no lo percibimos”, afirma Laverde. Sony le adecuó un estudio de grabación en su casa, donde cumplía detención domiciliaria. Lo montaron en una sola noche, a escondidas de la fanaticada. Pero los ‘diomedistas’ rondaron la casa y al día siguiente empezaron la romería para ser testigos de la grabación. “Sin poderse mover y con una terapeuta que le masajeaba los músculos, cantó Caracoles de colores, del disco Volver a vivir”, recuerda Laverde.

Ese año fue histórico para la disquera: pensando que Diomedes no podría grabar, editaron un álbum de 30 grandes éxitos, que vendió un millón de copias. Pero Volver a vivir sí salió y vendió 250.000.

Siguieron la sentencia, la huida, la prisión y su salida, en noviembre del 2004. Cuatro meses después volvió a los escenarios con un concierto en el estadio El Campín, de Bogotá.

Quizás el único cantante que, al comienzo, fue su competencia en el estrellato fue Rafael Orozco, asesinado en 1992. Rafael Oñate Ribero los compara: “Orozco fue un ícono equilibrado. Pero lo de Diomedes fue superlativo, hizo cosas que jamás nadie imaginó. Estamos ante el ídolo más grande que ha existido en el vallenato en toda su historia”.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Cultura y Entretenimiento