Lea una de las últimas entrevistas a Diomedes Díaz

Lea una de las últimas entrevistas a Diomedes Díaz

La hizo la revista 'Bocas' al Cacique en agosto del 2012.

Lea una de las últimas entrevistas a Diomedes Díaz
23 de diciembre de 2013, 03:15 pm

El 9 de marzo llegué a las ocho de la noche al penthouse de Diomedes Díaz Maestre, ubicado en el norte de Bo­gotá. Tenía planeado acompañarlo a un concierto en el centro de eventos Aguapanela’s Internacional. Me salu­dó de manera efusiva y me recalcó que esa noche no era el momento de preguntas, que la entrevista la haríamos otro día, pero que me sintiera como en mi casa. Lo miré por unos segundos. Llevaba un pantalón negro, una camisa del mismo color y una bufanda gris alrededor del cuello. (Vea el especial de Diomedes Díaz)

Su pelo negro estaba recogido en una gran trenza que le llegaba más allá de los hombros. El color de su piel es más oscuro de como se ve en las fotos, pesa más de 90 kilos y su cara está ligeramente deformada, el párpado de su ojo derecho se oculta sobre capas de piel estiradas quirúrgicamente con la intención de evitar el paso de los años. Sus movimientos eran pausados, calculados: secuelas del Guillain-Barré, un síndrome que atacó al cantante en la cárcel y que lo paralizó parcialmente.

Me senté en la sala con él y con su esposa Luz Consuelo Mar­tínez, sus hijos Rafael Santos (también cantante de vallenato) y Luis Ángel, y sus respectivas esposas. De inmediato me ofrecieron copitas de Old Parr. Sobre las mesas reposaban por­tarretratos con fotos de otros hijos de Diomedes; no por nada le atribuyen más de treinta hijos y tres matrimonios y una vida de excesos que, en algún momento, rozó el rótulo de delin­cuente cuando fue sindicado del asesinato de su amiga Doris Adriana Niño –encontrada muerta tras haber estado en una de sus “parrandas”–, por ese crimen estuvo prófugo de la justicia y finalmente pagó más de tres años y medio de cárcel.

Brindamos varias veces con las copitas de Old Parr y una hora después salimos en una caravana de tres camionetas al con­cierto. Al entrar caminando por la parte de atrás del sitio, un grupo de sus más fervientes seguidores trató de abrazarlo, de tocarlo, besarlo, mientras le gritaban con entusiasmo “Cacique” –sobrenombre que un día le puso el difunto líder del Binomio de Oro, Rafael Orozco–. Pero los de seguridad lo escoltaron en una especie de calle de honor. “Al otro día –me dijo como excusa– me levanto lleno de morados. Me pellizcan muy duro”.

En la tarima me ubiqué atrás de los músicos, junto a su esposa, amigos y sus dos hijos. Durante casi una hora estuve a escasos centímetros del cantante, y mientras las luces iluminaban los alegres rostros de casi mil personas, Diomedes paró unos segundos para descansar y tomar whisky, me apretó varias veces la mano, luego yo le pasé unas copitas con trago.

El concierto finalizó y no hubo una gran fiesta. Pasada la media noche volvimos al penthouse. Sus hijos y amigos siguieron repartiendo copitas con Old Parr, pero Diomedes no quiso más. Una hora después se despidió de todos argumentando que ya había sido suficiente. Lo vi perderse por las gradas hacia su cuarto. “Hablamos luego”. Tres meses después volví a su apartamento, Diomedes había hecho una pausa de varios días en su agenda para realizar la entrevista. Nos sentamos en un sillón del hall del segundo piso donde reposan varios de sus premios, entre ellos un Grammy Latino y una impactante colección de discos de oro y platino.

Alrededor de nosotros es­taban sus hijos Rafael Santos –con su asistente– y Freddy José, “el Cadete”; varios ejecutivos de Sony Music, la productora, los fotógrafos, dos amigos suyos y a su lado, tomándole la mano, su esposa. Ese día llevaba un pantalón negro y un abrigo del mismo color. Tenía el pelo suelto hasta los hombros.

A sus 55 años -de los que 35 ha estado dedicado a la músi­ca- Diomedes Díaz se jacta de ser uno de los pocos músicos colombianos que sigue vendiendo discos a pesar de la piratería.

Exagera y cuenta de manera desparpajada –al recordar deta­lles de su vida– que ocupó los primeros puestos estudiantiles en Valledupar y fue tercero como entre “cinco mil muchachos”, recuerda que trabajó en una emisora de esta ciudad para que los locutores pusieran sus primeras canciones; se presentó ante “cien mil personas” en Nueva York y gastó más de “tres mil millones de pesos” en el caso de Doris Adriana Niño. Sonríe al contar que pocos imaginaron que una persona como él, naci­da en Carrizal –un caserío al lado del corregimiento de La Junta, en La Guajira– fuera a llegar tan lejos.

¿Cómo ocurrió el accidente en el que perdió el ojo derecho?

[Diomedes sonríe y se acerca a la grabadora…] Bueno, primero que todo, un abrazo muy especial a todos los lectores de la revista BOCAS, de la cual yo soy fanático… Nací con un ojo más apagadito que el otro, pero en las bellacadas de la infancia, en Villa­nueva, estaba en la copa de un árbol, y uno de los muchachos, por bajarse un mango con su cauchera, tiró una piedra y me dio en el ojo. Pero las mucha­chas siempre me han dicho que me queda bonito [risas]. Esto nunca fue un impedimento en mi vida, gracias a Dios veo bien por el otro, pa lo que hay que ver… ¡con un ojo basta!

¿Cómo era su casa en esa época?

Yo nací el 26 de mayo de 1957 en Carrizal, a 10 minu­tos de La Junta, muy cerca del cerro del Higuerón en La Guajira. En la casa éramos muchos y la comida no alcanzaba para todos. Pero mi niñez fue bonita. Me la pasaba en el campo cantando. Cuando me man­daban a hacer algún mandado, me iba pal pueblo jugando con mi trompo, o me llevaba mi cauchera y molestaba a los pájaros. Si me mandaban en la bu­rra, me iba “molestándola” [risas]. Soy un campesino neto. Me la pasé entre La Junta, San Juan, el Molino, Brumita y Villanueva. Hice mis estudios en Valledu­par. No terminé bachillerato porque me di cuenta de que lo mío era la música; lo mío era el canto.

¿Le iba mal en el colegio?

Yo hice mi primaria en el Liceo Colombia del muni­cipio de Villanueva, en La Guajira. Allá terminé, me devolví a Carrizal y estuve dos años sin estudiar, trabajaba en el campo, ordeñando a las terneras, arriando chivos y ovejas, cortando leña, trayendo agua. Luego me fui a la Sierra Nevada a recolectar café. Pero mi mamá, que siempre se empeñó en que mis hermanos y yo estudiáramos, fue a buscarme y me hizo ir a Valledupar para presentar el examen de admisión del bachillerato. Yo tenía 13 años, estaba pelao, y alguien me dijo que experimentara en el técnico y el industrial. Hice los exámenes en el Colegio Nacional Loperena y en el Instituto Técnico Industrial Pedro Castro Monsalvo [INSTPECAM]. No es por jactarme, pero quedé de tercer lugar en uno, y segundo en el otro. Y no tuve que pagar ni cinco cen­tavos. Me fui por el colegio industrial, porque quizás no tendría los recursos para sostener una carrera como el derecho –que era lo que me gustaba a mí– y así cuando terminara tener un aprendizaje extra, de mecánica, alguna cosa por el estilo…

¿En qué cosas trabajó antes de dedicarse a la música?

Yo hice de todo. Poco, poco, de lo malo. Mucho, mucho, de lo bueno. De lo bueno resultó lo que aún ando haciendo, y lo malo no se puede decir [risas]. Siempre quise ser cantante, me acuerdo que cuando había una parranda en el pueblo, era el primero que estaba allí, como dice la canción “me quedaba ahí”.

¿Cómo llegó al puesto de mensajero en Radio Guatapurí, en Valledupar?

Cuando estaba en tercero de bachillerato ya era todo un doctorcito y conocí a los músicos vallenatos Luciano Poveda y Jorge Quiroz. Ellos me grabaron dos canciones. Yo estudiaba de día en el INSTPECAM, pero me salí y gracias a un amigo entré a trabajar como mensajero en esa emisora. No sabía ni manejar la cicla, pero quería que pusieran mis canciones. Me hice amigo de los muchachos y me ayudaron a pegar “los disquitos”. Terminé estudiando de noche en el colegio Loperena, porque como te dije, tenía mi cupo allá, ¡quedé de tercero entre cinco mil muchachos! Allí llegué a quinto de bachillerato. Yo –casi un doctor– no necesitaba terminar [risas]. Me di cuenta de que lo mío no era el estudio, porque los profesores me regañaban. Yo ya estaba crecidito, andaba enamorado, tenía novia y… ¡miércoles!, ¡Díaz al tablero! Y allí dije no más de esto, me voy de aquí: el álgebra me enredó.

Su devoción por la Virgen del Carmen es conoci­da, ¿por qué tanto fervor?

Por tradición, por costumbre en la casa, en la familia. Es la madre de todos, y siempre he sentido algo muy especial por ella. Se la encomiendo a los lectores de nuestra revista BOCAS: que la Virgen me los proteja [dice mirando la grabadora]. Nunca me he sentido abandonado por ella, no la he dejado de idolatrar, ni he dejado de ser devoto. Ella es la patrona.

¿De dónde salió su sobrenombre: “El cacique de La Junta”?

Por Rafael Orozco –Dios lo tenga en la gloria–. [El cantante del Binomio de Oro, asesinado en 1992]. Cuando yo estudiaba en el INSTPECAM, él estaba en el Loperena, y nos conocimos en un intercambio cul­tural que realizaban los dos colegios. Yo era uno de los primeros en las clasificaciones de talentos y me mandaron a cantar al Loperena. Allá “Rafa” –gran amigo, gran maestro– me escuchó, le gustó lo que yo hacía y tiempo después grabó mi canción Cariñito de mi vida. En ese tema él hizo una especie de saludo y le dio por decir “El cacique de La Junta, Diomedes Díaz”. En ese momento yo no tenía una carrera, pero así me quedé. Con “Rafa” tuve quizás mis conciertos más memorables en Nueva York, ¡Había más de cien mil personas cantando nuestras canciones!

Algunos seguidores lo llaman “DIOSMEDES”, in­cluso el vicepresidente Angelino Garzón, cuando era gobernador del Valle del Cauca, lo consideró “patrimonio cultural”. ¿En qué momento sintió que era un ídolo popular?

Primero que todo [acercándose a la grabadora] apro­vecho esta oportunidad para mandarle un saludo muy especial a nuestro vicepresidente Angelino Garzón, un gran amigo, un gran idealista, un gran líder, lo quiero mucho, espero que se recupere, y ¡ojo con el corazón!, ¡ojo con el corazón! [Risas]… Te digo la verdad, sé de dónde vengo, no pienso mucho para dónde voy. Tengo presente el gran compromiso que tengo con la comunidad, con el pueblo. Vivo muy agradecido con esta oportunidad que me han dado para quererlos tanto.

Su primer disco lo grabó con el acordeonero Náfer Durán, ¿cómo se conocieron?

Por Emilio Oviedo, un descubridor de talentos, que en esa época era el director artístico de Codiscos. A él le gustaba como yo cantaba. Cuando Náfer fue coronado rey vallenato, Codiscos lo invitó a grabar un long play. Emilio se acordó de mí y me llamó para que vocalizara ese disco. Me llevaron a Medellín y al otro día comenzamos a grabar. Me dieron una botellita de aguardiente, y a las nueve de la mañana empezamos. Ese primer trabajo se llamó Herencia vallenata. Me pagaron el pasaje, cuatrocientos pesos, y a las tres de la tarde ya estaba el disco sobre la mesa con carátula y todo. Yo terminé en la clínica intoxicado porque me tomé todas las botellas de aguardiente que me pasaban. Ese disco pegó cuando empecé a cantar mi éxito El chanchullito. Desde ese encuentro, Náfer y yo no nos volvimos a ver –hace más de 35 años–, no sé si estará muerto o vivo, pero desde acá [vuelve y se pega a la grabado­ra] un saludo.

Después grabó el disco Tres canciones, junto al acordeonero Elberto López, más conocido como “el debe”…

Gabriel Muñoz –director de artistas y repertorios de CBS (actual Sony Music)– tuvo la oportunidad de escucharme en Valledupar. Luego me llevaron a Bogotá, me presentaron al gerente, al presidente, y vino gente desde Miami y Nueva York solo para escucharme. El disco se convirtió en un éxito y me la pasaba viajando desde Valledupar hasta la capital.

Precisamente en ese disco lanzó La ventanita marroncita, una canción que habla sobre la relación que tuvo con su primera esposa Patricia Acosta.

Ella fue uno de mis amores del pueblo, de muchacho. Con La ventanita marroncita mandé al mundo mi primer mensaje de cariño, ¡estaba muy enamorado! A través de la “ventanita” de la casa de Patricia me le declaré. Le cantaba serenatas. Patricia, al principio, fue un amor imposible. Yo no le gustaba a su familia. Si quieres pásate por La Junta, y encontrarás la famosa ventanita. Los grandes seguidores siguen yendo a conocerla…

Se dice que tiene más de treinta hijos. ¿Cuántos son realmente?

No, no, la gente ha hecho muy numerosa esa cifra, pero ¡qué va! Yo sé cuáles son mis hijos. La mayo­ría ya son profesionales, los últimos, fruto de mi tercer matrimonio con Luz Consuelo Martínez, son Freddy José, “el Cadete”, de quince años; Carmen Consuelo, de dos años y medio, y Katiuska, de casi nueve meses. Esos son mis “pichoncitos”. Ahora ya soy abuelo. Tengo cuatro nietos, pero no creas que tengo un colegio de muchachos. Por darte una cifra, pongámosle unos veinte hijos, como pa complacer­los [risas].

Tiene varias canciones en las que se menciona el tema de la paternidad, A mi papá, Mi primera cana, Mi muchacho, por mencionar algunas. ¿Considera que fue buen padre? En su historial reposan varias demandas de paternidad que le han impedido por momentos salir del país…

Las demandas no las puedo negar, pero las han instaurado mujeres celosas, porque a mis hijos siempre los he querido y los he tratado muy bien, los llevo en el corazón, no es que haya querido dejar a unos solos, sino que si uno se entrega totalmente a este arte, puede volverse descuidado. A todos les pido excusas y si necesitan algo no es sino que se presenten. Con Consuelo, como te dije, ya respondo por tres. De lo que sí estoy seguro es que todos mis muchachos están bien hechos. Todos son simpáticos.

¿Ha participado directamente en la carrera de sus hijos cantantes?

Varios son grandes artistas, Rafael Santos, Martín Elías…, todos son allegados a mí…, y ahora está Luis Ángel, que quiere ser cantante, pero ese hay que amansarlo más para que esté listo, pero el pelao tiene lo suyo.

¿Cuál es su canción más importante?

Hay muchas, pero hay una en especial que me marcó como artista y como padre: Mi muchacho. Se la hice a mi hijo Rafael Santos [el Santos no es un apellido, es parte del nombre] cuando él tenía cuatro años. Logré la inspiración un día que tuvimos una discusión y se puso a llorar. Rafael era peleón desde chiquito y me hacía escándalos todo el tiempo. Pero a partir de eso logré un mensaje muy bonito. Yo lloro con esa canción. [Diomedes señala a Rafael Santos, quien se encuentra sentado en el piso, al lado del sillón en el que nos encontramos, con una cámara fotográfica en sus manos]. Míralo, con más de trein­ta años, aún se comporta como si fuera el chiquitico de la casa. Él sabe que es el rey de la familia.

¿Cómo conoció a su actual esposa?

La conocí en mis primeros viajes a Bogotá. Estaba “muy niño”. Ella fue mi eterna novia a pesar de que yo tenía otras relaciones. Desde el primer instante me pareció muy bonita, y ha salido buena la mucha­cha [risas]. La quiero mucho, estoy muy agradecido por estar a mi lado, y hoy como hombre digo, ¡pa qué más!

¿Es verdad que cuando usted era joven, las mujeres le tiraban ropa interior durante los conciertos?

Óyeme, una pregunta, ¿por qué dices “cuando yo era joven”? Debes decir “cuando estaba más joven”. Obvio que era verdad, y todavía lo hacen. Eso es algo bonito, como adorno de la fiesta, por idolatrar al artista, por recocha. Lo que más les agradezco a las mujeres, la mayor satisfacción que me han dado es que por ellas soy padre. Gracias a las mujeres…, las quiero mucho… ¡Con mucho gusto! [Risas].

Acaba de lanzar su último disco Con mucho gusto caray junto a Álvaro López. En una entrevista a El Tiempo dijo que este disco marca su regreso a las grabaciones y que hace 15 años no cantaba así.

Yo dije eso porque a medida que pasa el tiempo uno va adquiriendo mayor madurez, mayor experiencia dentro del arte –que yo tomo como profesión– y pues me extrañé porque subí dos niveles cantando, pero no con esfuerzo, ni porque estuviera cansado, sino porque yo creo que este disco salió del alma, del corazón. Hay trabajos que uno siente más. Eso no se puede negar. Está en la sangre, en lo que uno brega a diario, y eso lo ha notado la gente, el pueblo.

En este disco hay un homenaje a Juan Gabriel –uno de sus ídolos– con la canción Caray, ¿ha tenido algún acercamiento con él?

Para mí Juan Gabriel, aparte de ídolo, ha sido una “universidad musical”. Hace algunos años lo conocí personalmente en el Hotel Tequendama, en Bogotá, aunque apenas fue un saludo, él no supo quién lo saludó, yo tampoco… [Risas]. Obvio, yo sí sabía quién era, pero después no nos hemos vuelto a encontrar, él ha estado por allá, yo por acá, este arte es así…

¿Quiénes son los personajes que ha admirado toda su vida?

Ídolos musicales hay muchos, con algunos he compartido escenario, te puedo nombrar a Vicente Fernández –otro ídolo macho–, y dentro del vallena­to a Poncho Zuleta. Esto de ser poeta –como yo me considero– es algo hereditario, está en los genes. Por parte de la familia de mi mamá heredé la parte musical, yo no soy ningún aparecido. Vengo de una tradición musical grande, sino que en esa época no había periódicos, no había televisión. Mi abuelo, a pesar de ser analfabeto, fue un gran poeta. Mi tío, Martín Elías Maestre, mi ídolo, mi ángel, quien me enseñó todo –y del que sigo aprendiendo, así esté en el cielo– fue otro gran músico, un magnífico compositor.

Esa frase característica que utiliza a menudo “con mucho gusto”, ¿por qué la empezó a usar?

Son fraseologías del pueblo, de cuando uno se siente contento, está celebrando, invitando, quiere complacer a la gente…, con el tiempo la volví parte de mi sello.

Con Juan Humberto Rois grabó La locura, un disco considerado una de sus mejores obras musicales…

Cuando me junté con “Juancho” Rois tenía más experiencia en el ámbito musical, Juancho era un ba­luarte de la música. Para mí él no ha muerto, por eso no fui a su entierro. Después de veinte años no con­cibo que se haya ido, y cuando pienso en su muerte me entra un poquito de resentimiento, de nostalgia. No hay nada más importante que la prudencia, y mi compadre murió saliéndose de esa línea, él no tenía nada que buscar por allá en esos montes. Ese no era su día. Desde acá [se acerca a la grabadora] mis oraciones para Juancho. [Juan Humberto Rois, acordeonero, falleció en 1994 en un accidente aéreo cuando se dirigía a una presentación en la población de El Tigre, Venezuela].

Le nombro algunos de sus clásicos: Bonita, Te quiero mucho, Te necesito, Tu serenata, ¿cómo nacieron esas canciones?

Cuando yo escribo canciones no sé si van a conver­tirse en éxitos. Al que sabe escribir, al que sabe can­tarle a la mujer, los éxitos le salen sin darse cuenta. Como mis mensajes son espirituales, llegan más allá de lo que yo mismo creo. Las que me nombras son canciones muy lindas, y no me vas a creer, pero todavía las escucho cuando me tomo mis tragos, y sigo aprendiendo de ellas.

¿El mejor acordeonero?

Esa está difícil. Todos han sido buenos: Náfer, López, “Colacho”, pero ellos ya tenían su escuela. Quien hizo escuela conmigo fue “Juancho” Rois. Yo diría que todos son buenos, pero con Juancho está este detalle especial: se forjó conmigo.

¿De qué se siente orgulloso y de qué se arrepiente?

Me siento orgulloso de que la gente acepte mis mensajes, que a pesar de todos los años sigan apoyándome. Diomedes es del pueblo. De arrepentirme, no creo, no he tenido ese pequeño problema, no he tenido que retractarme sobre cosas mal hechas. No tengo ningún peso en la conciencia. Dios sabe que no.

Pero fue acusado del asesinato de su amiga Doris Adriana Niño. La encontraron muerta después de haber estado en una fiesta con usted…

A veces hay gente que se encapricha en pendejadas que se las echan a uno. Y se ensanchan en uno. Y en ocho años logré demostrar que yo no tuve que ver en ese hecho. Logré decir la verdad. Algunos dirán “ah, pero estuviste tras las rejas”, les respondo que tras las rejas logré comprobar que yo tenía la razón y las cosas no eran como ellos decían. Estuve tras las rejas sin ser delincuente. Yo ahora puedo decir que sé de todo. Me pueden llevar a la peor cárcel. Yo sé cómo comportarme, pero estar encerrado es algo muy verraco. El arma para pagar una condena es tu conciencia. Yo duré casi diez años indagando por qué me metieron preso sin haber hecho nada.

Según diversos medios usted pagó $135 millo­nes por daños morales y materiales a la familia de Doris Adriana Niño.

Gasté casi tres mil millones de pesos para que no se hablara más de esa deuda, logré salir. Yo no maté a nadie. Mi abogado fue Dios, fue un error de la justicia y mío, por inocentadas. Pero sigo respetando a la justicia colombiana, me ha sacado de muchos problemas. Además, es el organismo que nos pone orden. Ahora miro el pasado y veo todo como una equivocación. No guardo resentimientos.

Pero usted estuvo prófugo de la justicia. Se dijo que estaba escondido en una de sus fincas y que durante un tiempo lo cuidaron los paramilitares, luego la guerrilla…

Uno tiene la oportunidad de codearse con toda clase de gente. Se acerca a todas las ideologías políticas. La gente es libre de pensar, aunque eso no quiere decir que porque mis fincas estén en La Guajira y en el Cesar, yo pertenezca a un grupo de señores de “A”, o señores de “B”…, yo soy un artista, y allá hay de todo. Yo tengo que saludar a los de “A”, tengo que saludar a los de “B”, y tengo que respetar a estos señores porque hacen parte de organiza­ciones políticas con ideologías. No puedo negar mi contacto con ellos, pero aclaro que mis ideas no son esas, me ha tocado discutirlas, pero desde acá [le habla a la grabadora] mis respetos hacia ellos.

¿Qué le dejó la estancia en la cárcel?

Estar en la cárcel fue algo importante en mi vida. Yo no estaba preparado, ahora lo estoy. Yo no conocía eso…, “caí en la cana”, pero nunca me abandonaron, nunca me dejaron solo. Allá grabamos tres, cuatro discos. Mi inspiración musical no se apagó. Yo entendía que estaba en un proceso judicial, y logré comprobar que no era culpable.

Me está diciendo que pecó por inocente…

Para mí la palabra inocente queda muy “pe­queñita”, porque como te repito, yo no maté a nadie. Mi Dios tenga en la gloria a la señora Doris Adriana…

¿Cómo ha luchado contra la piratería?

A mí no me ha afectado mucho, yo he seguido vendiendo y parece que a todos, incluyendo a Sony Music, nos ha ido bien. Sin querer ofender a la compañía, la piratería vende más barato, llega a lo más recóndito y nos hace propaganda para llenar escenarios. Es un arma de doble filo.

¿Es verdad que en Valledupar, cuando salía una producción suya, el alcalde declaraba día cívico y al llegar, usted repartía dinero y era tratado como un dios?

Sí, siempre ha sido la costumbre. Es la ciudad donde están mis mayores sentimientos. Yo tengo fama de que tiraba fajos de billetes, pero te explico. Alrededor mío circula un millón de personas a diario. Se me acercan con un problema y les ayudo con dinero, pero no lo hago por estrategia artística como dicen algunos medios. Es una simple dádiva, una propina, una colaboración. Muchas personas no están aseguradas, no tienen plan de salud y me llegan con la fórmula para el niño que está enfermito, le tienen que comprar alguna droga que cuesta treinta mil, cincuenta mil pesos. Teniendo ese dinero en el bolsillo, yo se los doy. Aunque tampoco es que yo sea San Martín de Porres, pero a todo el que pueda ayudar, lo ayudo.

Usted le ha dado duro al trago y a las dro­gas…

Yo siempre me he tomado mis tragos, hasta ahora y los que faltan. Dentro de esta vida artística no te puedo negar que las drogas son algo normal. Yo he probado de todo, he tenido fiestas que pa qué te cuento, pero gracias a Dios no me quedé en eso. Además, siempre que uno se fume algo, consuma algo, habrá gente que armará un escándalo, pero eso es natural, eso lo hizo Dios, solo hay que saber sobrellevarlo.

¿Qué hay sobre “el secreto del pañuelo” que usted cargaba en el escenario? ¿Sí tenía cocaína?

No, no, eso es mentira, ¡jamás!

Durante su vida ha sido hospitalizado varias veces. Es verdad que tuvo un infarto, y pade­ció del síndrome de Guillain–Barré…

Gracias a Dios no tuve una enfermedad termi­nal, he salido adelante con la ayuda de Él, la Virgen y la ciencia médica. La operación del co­razón fue prevención mía. Sufro de enfermedad coronaria, eso no tiene cura. El Guillain–Barré me dio de un momento a otro, fue duro, los me­dios decían que era invención mía para salir de la cárcel, pero después se dieron cuenta de que estaba diciendo la verdad. Con esta enfermedad pierdes la movilidad de los músculos, tu cuerpo no responde y hasta dejas de sentir. Pero yo ya lo superé. Estoy vivo y sano. He estado enfermo, tuve recaídas pero ahora solo me dan gripitas de las que salgo y sigo sano.

¿Se ha sentido derrotado por los golpes de la vida?

A los únicos golpes que les paré bolas fue a los que me daba en el campo con las piedras y las espinas. He sabido lidiar los golpes de la vida y lo más importante es que estoy vivo. Nunca me he sentido derrotado. Ni el Guillain–Barré, ni el corazón pudieron conmigo. Puedes tener momentos malos, pero las soluciones no son las lágrimas, un tiro en la cabeza o una cabuya en el cuello. Si te falta un pie, cuídate el que te queda. A mí me falta un ojo, pero me cuido el otro [risas].

¿Sigue pensando que aquella frase suya es real: “Como Diomedes no hay ninguno y si nace no se cría y si se cría se vuelve loco”?

[Risas] No, no, no… Eso es más un chiste, algo de folclor. Yo mantengo la esperanza de que surjan muchos muchachos que representen el vallenato colombiano como Silvestre, “Jorgito”, Peter, Rafael Santos, Martín Elías… Muchachos que continúen el legado que vengo representan­do. Yo a ellos los quiero mucho, pero que no se les olvide que soy su profesor. [Risas].

Acaba de cumplir 55 años, ¿siente nostalgia por los años que han pasado?

Eso es mentira… [risas], yo cumplí menos… Pero no me preguntes cuántos, que esta entrevista no se convierta en una clase de aritmética.

¿Quién ha sido su asesor de imagen?

Lo que me gusta me lo pongo, sin importar la marca, trato de que no me impongan qué poner­me. No me pongo cosas grotescas, además las peladas me dicen que todo me queda bien.

¿Se siente en paz con Dios?

Con los años me he vuelto más creyente, soy ca­tólico, pero respeto las otras religiones, entiendo las diferentes creencias, no excluyo los credos, yo estoy con toda mi gente, donde está Dios, está Diomedes Díaz. Estoy convencido de que hay un ser supremo que guía nuestras vidas. Por eso, a mis seguidores y lectores de esta revista, solo les digo que jamás dejen la fe, llé­venla en su corazón, confíen en ustedes mismos y serán hombres de progreso… ¡He dicho!

DANIEL VIVAS BARANDICA
REVISTA BOCAS