Cerrar

Publicidad

Últimas Noticias de Colombia y el Mundo - ELTIEMPO.COM

Últimas Noticias

Ver más últimas noticias

Patrocinado por:

Tras los pasos del crimen que paralizó a Cota

El crimen de Heidy no se sale de la memoria de los habitantes de ese municipio.

Ha pasado una semana desde que los habitantes de Cota, un apacible municipio de Cundinamarca, a menos de una hora de Bogotá, le dieron la última despedida a Heidy Johanna Peñaloza, la niña alegre y vivaz, de ojos grandes y cachetes prominentes, que fue brutalmente asesinada justo antes de cumplir los 9 años.

Aunque los medios lo registraron como otro capítulo en contra de inocentes, el crimen no fue uno más. El estado en que se halló el cuerpo, con señas de tortura, hizo que el pueblo entero se paralizara. Nadie daba explicación a tanta sevicia, nadie podía entender que el rastro de la menor se hubiera extraviado por varios días en un pueblo donde todos se conocen y todo se sabe.

Cuando Heidy nació, en el 2004, la vida cambió para Andrea Manrique y Marcelo Peñaloza, una humilde pareja que convivía desde hacía un año. La pequeña vino al mundo en el hospital San Antonio de Chía, poco después de las 6 de la tarde, en un parto por cesárea, sin mayores complicaciones. Mientras se recuperaba su mamá, Marcelo la tuvo entre sus brazos durante cuatro horas. Estaba feliz, no se cambiaba por nadie, al fin tenía la niña con la que había soñado.

A los 2 años, la pareja se separó. Heidy quedó un tiempo al lado de su padre y luego regresó a donde su madre. “Era una niña hermosa, más grande de lo normal – recuerda Andrea–. Siempre creí que iba a ser una gran modelo. Para mí lo era todo:mi soporte, mi guía...”.

Justo un día antes de celebrar su noveno cumpleaños, el 26 de noviembre, Heidy fue vista con vida por última vez. La niña salió de su casa en la vereda Cetime, a la 1 de la tarde, con unos zapatos negros y usando la sudadera del colegio Enrique Pardo Parra, donde estudiaba.

Sus padres no perdían la esperanza de encontrarla. Durante siete noches recorrieron –incluso en compañía de Efraín Arias Sánchez, padrastro de Heidy y principal sospechoso del crimen– el municipio y sus alrededores. La gente pegó carteles con su foto. Todos sabían que ella no podía estar lejos.

“Salimos en mi carro (un Mazda 626 color ocre) y, como yo no conocía la zona, él (Efraín) era el que me indicaba por dónde tomar. Solo lo hizo dos días. El miércoles en la tarde desapareció”, relata Marcelo.

Cada noche era un tormento para él. No dormía. Llegaba a su casa a las 2 de la mañana exhausto por las 20 horas de búsqueda, en compañía de los organismos de emergencia y de la Policía, pero no podía cerrar los ojos sin imaginarse a Heidy.

La veía riéndose en las piscinas y los toboganes que habían visitado en un paseo. “Hasta el último momento pensé que estaba viva –dice Marcelo–. Rezaba mucho. Le pedía a Diosito que me cuidara a mi chinita. Desde el quinto día, preferí no salir, la esperanza se iba perdiendo”. Tenía razón.

El pasado 3 de diciembre, Marcelo volvió a ver a su hija. Habían pasado ocho días desde su desaparición. “Sus pies y sus manitas estaban amarrados con alambre y le habían tirado una piedra encima para que no flotara (…). Cuando llegó a Cota y la fuimos a recoger, se abrieron las puertas y ahí estaba: envuelta en una bolsa de plástico, totalmente irreconocible”, relata Marcelo, con los ojos repletos de lágrimas y la mirada perdida.

Las autoridades dictaminaron que a Heidy le habían propinado un fuerte golpe en la cabeza y que el responsable intentó ocultar su cuerpo lanzándolo al río Bogotá.

El 5 de diciembre es imposible de olvidar. Las lágrimas de amigos y compañeros se mezclaron con las alabanzas que se hacían en la iglesia Santa Lucía, de Chía, para su despedida final. Era el sepelio de Heidy.

En ese mismo instante, mientras la indignación rodeaba el féretro, que siempre permaneció cerrado, una religiosa que subió al atril, para darles el último adiós a la niña y a su familia, dijo: “Ella es un ángel que nos cuidará desde el cielo”.

Las calles del municipio se paralizaron durante varias horas, mientras el carro fúnebre, la familia y cientos de personas más se dirigían hacia el cementerio.

El silencio reinaba. Los padres de Heidy no musitaban palabra. Marcelo, con la cabeza gacha, cargaba un retrato de la hija que se estaba yendo, mientras Andrea no paraba de llorar.

La pequeña Laura Calderón estaba entre la multitud. Tampoco entendía por qué le habían arrebatado a su mejor amiga, con la que dibujaba en los descansos y se sentaba en los pupitres de la primera o segunda fila del salón de clases. “Desde kínder estábamos juntas; nos reíamos, dibujábamos y compartíamos en el descanso (...). Tuvo tres novios, jugábamos a las escondidas y nos gustaban las matemáticas. La voy a extrañar”, contaba Laura, de 8 años.

Frente a un ataúd blanco, rodeado de cientos de personas de Bogotá, Chía y Cota, como una ráfaga pasaron por la mente de Marcelo los recuerdos de su hija, la misma con la que se emocionó el día de su nacimiento y a la que nunca quiso perder pese a la separación de su compañera.

“Cuando vi a mi hija, quería encontrarme con el que la había matado y acabarlo”, se esfuerza en recordar hoy Marcelo.

Quince días después de ocurridos los hechos, Cota sigue de luto y no se cansa de repudiar el crimen de una inocente.

Arias Sánchez, compañero sentimental de Andrea y padrastro de Heidy, fue el último que la vio viva y el primero que denunció su desaparición. Dos días después, el 28 de noviembre, su cuerpo fue hallado sin vida en inmediaciones del aeropuerto de Guaymaral. Se había ahorcado.

ALEJANDRA P. SERRANO GUZMÁN
Redactora EL TIEMPO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
13 de diciembre de 2013
Autor
ALEJANDRA P. SERRANO GUZMÁN

Publicidad

Paute aqu�