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Sobre la envidia

La envidia es un sentimiento ruin, tan antiguo como el hombre. Los romanos la compararon con la anguila que le tenía envidia al delfín, y la representaron con un busto de cuya cabeza brotaba un enjambre de culebras. En la Divina comedia, Dante decidió coserles los ojos a los envidiosos para que no sufrieran por los triunfos y virtudes del otro. En el siglo pasado, Bertrand Russell la definió como una de las más potentes causas de infelicidad. La filósofa española María Zambrano, por su parte, la concibió como esa hambre del alma incapaz de saciarse ni siquiera con la muerte del envidiado.

La envidia es un sentimiento perverso, que ha estado anidado por siglos en el corazón de los hombres. No importa que estos hayan sido reyes o súbditos, ricos o pobres, blancos o negros, príncipes o mendigos, poetas o simples mortales.

A América la envidia llegó en los barcos junto con la cruz y la espada. Como la conquista fue una gran empresa mercantil, donde se necesitaba invertir mucho dinero, los conquistadores que tenían menos recursos envidiaban a aquellos que eran ricos y poderosos. Y llegaron a matarse entre sí. Sebastián de Belalcázar mató a latigazos a Jorge Robledo; Pedrarias Dávila decapitó a Vasco Núñez de Balboa.

La envidia, que venía agazapada en el espíritu humano desde el papa Gregorio Magno, se exacerbó con las empresas mercantiles de ultramar y cobró forma en la sociedad de la competencia globalizada, donde, para parafrasear a Hobbes, se vive en un estado permanente de guerra.

Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), la envidia es un sentimiento de tristeza o pesar del bien ajeno. El envidioso es aquel que quiere ser como el otro, pero que, al ser incapaz, experimenta un sentimiento de frustración e impotencia. Por esto denigra de este en silencio, lo calumnia y, si es posible, lo destruye y lo mata, y cae así en delito.

De la envidia a la calumnia y al asesinato (así sea simbólico) hay un solo paso. La envidia es universal, pero crece como la maleza en aquellas sociedades donde la identidad, la justicia y la igualdad siempre han estado embolatadas.

De la provincia de Quebec hasta la Patagonia, se envidia por todo. Se envidia porque te ascendieron en el trabajo, te graduaste o te levantaste una mujer bonita. El expresidente envidia al Presidente porque está haciendo la paz. Aquí te envidian porque te practicaron una liposucción, te hiciste injertar pelo en la testa, compraste un auto o adquiriste un celular de alta gama.

El narco envidia a su colega porque coronó una tonelada de cocaína en las calles de Manhattan. El ‘paraco’ envidia la masacre que él no realizó. El poeta envidia a su amigo porque le otorgaron el Premio Nacional de Poesía.

Cervantes, quien en su época sufrió la envidia de Lope de Vega, se quejó de este mal del espíritu humano, que hoy, en pleno auge de la sociedad de la competencia globalizada, está a la orden del día. El autor del ‘Quijote’ se lamentó: “Oh, envidia, raíz de infinitos males y carcoma de la virtud”.

fabiomartinez2002@yahoo.com

Fabio Martínez

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
13 de noviembre de 2013
Autor
Fabio Martínez

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