¿Por qué no nos duelen los monumentos?

¿Por qué no nos duelen los monumentos?

Autores de 'Arte público y pedagogía' dicen que preservan memoria ciudadana. Campaña de EL TIEMPO.

¿Por qué no nos duelen los monumentos?
9 de octubre de 2013, 02:35 am

Los monumentos del espacio público son patrimonio de todos. Y, ¿qué es un patrimonio? Es una riqueza cultural que nos pertenece, como las calles, los parques, las fachadas de los edificios y demás objetos que tienen un significado para nuestra historia y representan de modo intangible algo en nuestra vida personal o colectiva. (Es tiempo de que todos cuidemos el patrimonio de la ciudad)

A este concepto se le puede agregar que un monumento es una representación que posee un valor artístico arqueológico o histórico y que se sitúa en el imaginario de una sociedad. (Vea acá las imágenes del estado de los monumentos de Bogotá)

En consecuencia, de esta definición, se puede derivar que los monumentos hacen parte de un capital cultural y artístico de los ciudadanos de una sociedad.

Este capital es una posesión de lo público y con base en él se pueden hacer referencias a los posibles caminos que tomen un individuo o unos individuos en lo económico, en lo político. Estas referencias, trasmitidas generacionalmente, afectan de una u otra manera las conductas del ciudadano, pues se materializan en lo que se puede llamar una cultura ciudadana.

En Bogotá hay entre 730 y 800 monumentos en el espacio público. La mayoría son de hombres, también los hay de mujeres, de niños, muy pocos de personas de raza negra, y unos cuantos de animales y árboles.

Tenemos reproducciones de arte precolombino, con mucha escultura agustiniana, una gran población de estatuas referidas a temas militares y a batallas (Bolívar, Santander, Miranda y el Monumento a los Héroes que da comienzo a la autopista Norte).

Tenemos una rara pieza, como es el quiosco de la Luz, localizado en el parque de la Independencia, único testimonio de la exposición internacional del siglo pasado, organizada con motivo del primer centenario de la Independencia. De este quiosco, cuentan que fue la primera obra realizada en cemento en Bogotá, y que allí se puso por vez primera una bombilla eléctrica. (Ayude a salvar los monumentos. Escríbanos al siguiente correo para reportar los monumentos vulnerados que conozca: elmapadelacity@citytv.com.co)

El arte y los artistas

Tenemos, y no lo sabemos, una importante colección de arte monumental contemporáneo latinoamericano, que se despliega por toda la avenida Eldorado hasta el aeropuerto.

Allí encontramos, entre otros artistas, obras como El viajero, del argentino Antonio Seguí; Ala solar, del venezolano Alejandro Otero; Intiwatana, del peruano Fernando de Zsyslo; Pedazo de río, del colombiano Bernardo Salcedo, y Doble victoria alada, de Eduardo Ramírez Villamizar.

Encontramos un rubro, por ejemplo, dedicado a los políticos muertos o asesinados en diferentes épocas de nuestra historia: Policarpa Salavarrieta, Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán, Jaime Pardo Leal, Manuel Cepeda Vargas y Rodrigo Lara Bonilla.

Otro a los lingüistas: Rufino José Cuervo, Miguel Antonio Caro y el padre Félix Restrepo. El más singular, quizás, el del acribillado periodista y humorista de televisión Jaime Garzón, en su caracterización de Heriberto de la Calle.

Solo dos a la raza negra: El Tamborero situado en la glorieta oriental del Terminal de Transportes del centro, y Rita cinco y treinta. Prostituta que espera a un cliente con las manos en la cintura, del maestro Enrique Grau.

En cuanto a las mujeres (son 120 representaciones femeninas ubicadas en el centro, occidente y norte de Bogotá), sobresalen las veintiuna estatuas femeninas que presiden la glorieta donde remata la avenida de Las Américas, que representaban a los países americanos participantes en la Conferencia Panamericana de 1948.

En círculo, estas mujeres muestran los símbolos que correspondían al desarrollo panamericano de entonces: caduceos, ruedas, la letra Pi y espigas de maíz. Un conjunto escultórico que, cabe recordar, no se puedo inaugurar ese año porque coincidió con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Solo hace unos años se invirtieron varios millones en su restauración y fue oficialmente presentado.

A propósito de Gaitán, cómo olvidar el de La Perseverancia, adonde el líder acudía a jugar tejo. El busto que se encuentra en el parque, es el más mimado por los habitantes de algún barrio bogotano. Le cambian de color la corbata según la época: es roja o azul cuando gana el campeonato de fútbol un equipo capitalino, y si llega la Fiesta de la Chicha puede usar sombrero.

La impotencia

Los monumentos que hacen parte del espacio público son emplazados y protegidos por normas jurídicas. Esto implica que si alguien desplaza un monumento, aun sin haberlo estropeado, puede incurrir en delito o infracción. Pese a esto, cuando surge la pregunta ¿por qué la gente daña los monumentos públicos?, la sensación de impotencia cunde en quienes se duelen de este patrimonio.

El caracol que está en mitad de la calle 26, frente al Centro Comercial Gran Estación, no había sido dañado hasta cuando se presentó una marcha de profesores y estudiantes con motivo de la discusión sobre la ley de educación: los primeros que lo pintaron de grafitis fueron quienes hicieron un plantón frente a la Secretaría de Educación.

Dos de las esculturas metálicas que han sido más recurrentemente destruidas son la de Américo Vespucio, sobre la carrera séptima llegando a la calle 100, y la de Jaime Garzón, que se instaló sobre la calle 26, cerca de la Gobernación de Cundinamarca. A la primera le han robado la cabeza en más de una ocasión y a la segunda elementos del conjunto escultórico han sido desmontados varias veces, no sabemos si por revendedores de metal o por coleccionistas.

No es un secreto que existe un movimiento mundial que se dedica a colectar partes de monumentos famosos. En Medellín fue famoso el caso de los bigotes del Gato de Botero.

El caso de La Rebeca, esculpida en Italia e inmortalizada en las historietas de ‘Copetín’, que fue por mucho tiempo la reina de los gamines del centro, es representativa de una las muchas formas que toma el vandalismo: ha sido restaurada en repetidas ocasiones sin que se logre su preservación definitiva.

Primero, saber qué es

En todo esto, se hacen evidentes varios tipos de problemas. El primero y el más evidente es la ignorancia: el ciudadano no sabe qué es lo que hay ahí en la vía pública.

La apropiación del símbolo que encarna un monumento pasa por un tema racional. Si no hay una educación acerca de qué nos representa la escultura o el monumento o la obra de arte, no lo entendemos y por tanto no lo queremos. No es nuestro. El tema afectivo viene después de este proceso.

Lo segundo es que mundialmente hay una crisis de lo público, de aquello que está en la calle y, supuestamente, es de todos. Por eso encontramos quejas sobre la destrucción de los arboles, sobre los ataques contra las personas que viven en la calle, sobre el irrespeto a las cebras... Las paredes, las fachadas, el aire, los árboles, que son algo público, son objeto de un deterioro sin control.

Tercero, hay una crisis con el concepto de arte clásico. Incluso en algunas partes del mundo hay actualmente un movimiento antimonumento. El dramaturgo Harold Pinter lo expresó así: “Un monumento es la mejor prueba de que nos hemos olvidado de alguien”. Y se considera que ningún artista se debería apropiar del espacio público.

Por último, ahora el concepto del arte es que este es efímero, no es para durar eternamente. Y en ese sentido cabe anotar que el monumento en el espacio público es un concepto de otro momento.

Una pedagogía ciudadana

El libro Arte público y pedagogía, en el cual recogimos durante dos años una visión de los monumentos más representativos de todo el país, ofrece unos criterios para agruparlos, los cuales nos permitieron emprender una clasificación de monumentos de la época precolombina, colonial, republicana y moderna. Finalmente diseñamos talleres para que fueran trabajados con los niños en las escuelas.

La intención no es otra que dar a conocer los principales monumentos que hay en el espacio público y su importancia para la construcción de memoria, para el fortalecimiento de valores ciudadanos, y por supuesto, para llamar la atención sobre el estado en que se encuentran y la necesidad de su cuidado.

Para ello, delimitamos el concepto de lo público, de lo que es un monumento en el espacio público, sus características y cómo se relaciona todo esto con la pedagogía.

YOLANDA SIERRA LEÓN
ÁLVARO MORENO DURÁN
JORGE LUIS RODRÍGUEZ LAGUNA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
moreno_alvaro@hotmail.com