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El drama de la profeta de hip hop a la que el sida le quitó sus padres

Las múltiples batallas de Antombo Langangui antes de brillar como la voz femenina del dúo Profetas.

Los genes de Antombo Langangui son producto de una exótica mezcla de salsa africana con vallenato. De francés y español. Pero también de algo que tanto África como América Latina comparten en su línea ecuatorial: diversidad. Ella es conocida en los escenarios musicales de Colombia como la voz femenina del dúo Profetas, una artista que ha dejado escuchar su voz en festivales multitudinarios como Hip hop al Parque, Rock al Parque, Nem-Catacoa y Estéreo Picnic, por citar algunos. Antes de ganarse la vida con su talento, el sida le arrebató a sus padres, pasó de la solvencia a la escasez económica, sufrió de matoneo escolar y en contra de su voluntad estuvo a punto de ser adoptada por otra familia. Esta es su historia. (La vida de Antombo Langangui en imágenes.)

Su niñez en África

La familia Langangui hace parte de la tribu Bateque en Gabón, oeste de África central, y es un apellido tradicional de políticos, parientes cercanos a la familia Bongo, aquella que ha tenido el poder desde 1967. Jean Langangui Alana, producto de su linaje, era diplomático y a inicios de la década de los años ochenta se desempeñaba como embajador de Gabón en Venezuela.

En uno de sus múltiples compromisos como emisario africano conoció a Elbadina Barahona Quiñonez, mujer afrocolombiana nacida en Rincón Hondo, Cesar, chef especializada en dieta ayurvédica (alimentación sana mezclada con conceptos espirituales de la India) que hacía banquetes y trabajaba en cruceros. Se enamoraron y se convirtieron en pareja. Él adoptó a Alba Inés y a Omar, hijos de un antiguo matrimonio de Elbadina, y además tuvieron a su primera hija, Ossengue Langangui Barahona.

Todo eso tuvo lugar en Venezuela hasta que en 1984 Jean fue trasladado como embajador a la República Centroafricana. Allí, en Bangui, la capital, nació la menor de los cuatro hijos: Antombo, quien creció junto con sus hermanos en una casa grande, viajando mucho, con acceso a safaris, con un miquito llamado kikín como mascota y con la abundancia de un padre diplomático.

El idioma natal de Antombo fue el francés, aunque en su casa también se hablaba un poco en español. De hecho, en el seno familiar eran más las afinidades que las diferencias entre África y América; su padre escuchaba salsa congoleña, su madre cantaba vallenatos viejos, y los alimentos eran similares. Pero uno de los mayores flagelos de ese continente cambió el destino de esta familia para siempre.

“Mis papás descubrieron que tenían VIH” cuenta Antombo, y se refiere a este virus como una ‘pandemia’ que azota África. Ella no sabe con certeza cómo se contagiaron sus padres, pero al parecer algo tuvo que ver el propio sistema de salud de ese país y los escasos controles a la hora de hacer exámenes y procedimientos médicos.

Jean Langangui y Elbadina Barahona se hicieron a la idea de que pronto iban a faltar. Decidieron que Colombia era un país más seguro para sus hijos, porque en África tendrían que cargar con un apellido que ubicaba a dos de sus hijas en el linaje de la política y al no tener una figura masculina –el único hijo de la familia fue adoptado- era peligroso porque las mujeres allá, según dice Antombo, ‘no tenían mucha voz y voto’ y podrían casarlas en contra de su voluntad para seguir ese camino. Además, a Jean no le perdonaron que se casara con una latina, porque en Gabón es normal que el hombre se pueda casar con varias mujeres y tener muchos hijos, pero él se quedó con una colombiana hasta el fin.

Unas ‘vacaciones’ permanentes

Bajo el pretexto de conocer Colombia, la tierra de Elbadina y el lugar donde nacieron dos de los hermanos de Antombo, la familia Langangui Barahona llegó de ‘vacaciones’ a Rincón Hondo, Cesar, a conocer sus parientes. En ese lugar la hoy cantante vio por primera vez a su abuelo, tíos y primos de la familia Barahona Quiñonez. Reconoció que los paisajes, los colores y las frutas eran muy parecidas a las de su lugar de origen.

Al momento de despedirse de su padre, en Gabón, Antombo sintió cómo se ‘partió’ la familia. Y en efecto, empezó una etapa donde nada volvió a ser igual. A inicios de los años 90, Elbadina se trasladó con sus hijos a Bogotá y compró una casa en el exclusivo sector de Rosales. Antombo y Ossengue fueron matriculadas en el Liceo Francés. Mientras a miles de kilómetros, Jean Langangui fallecía de sida en su país natal.

Transcurrieron tres meses adaptándose a una cotidianidad feliz como la que tenían en África, hasta que un día la policía llegó a desalojarlos de la casa. La persona que le vendió el inmueble a Elbadina no era el legítimo dueño. La estafaron y nadie respondió. “Quedamos casi en la calle” recuerda Antombo.

Gracias a unas joyas exóticas que trajo desde África y algunas reservas que le quedaron, Elbadina pudo reunir un monto necesario para comprar una casa en Soacha en la comuna Compartir. “Tuvimos que trastearnos ahí, y con tantas dificultades económicas también salir del Liceo Francés. Entramos a un colegio público en Soacha. Fue un cambio muy brusco de vida, no hablaba bien español y ya en un colegio en que todo era en español, todo fue muy difícil”, dice Antombo.

Tanta adversidad debilitó la salud de Elbadina. Murió dos años después de que llegó a Colombia con su familia.

“¿Por qué estoy aquí? Esta no es mi vida”

Para ese momento Antombo era una niña de 7 años, Ossengue de 9, Omar un joven de 17 y Alba era la mayor con 18. Esta última quedó embarazada y no se pudo hacer cargo de sus hermanos. Tal responsabilidad la asumió Omar, quien dejó sus estudios para ayudar a las menores. No fue fácil. Los vecinos denunciaron ante el Bienestar Familiar que las pequeñas no hablaban bien español y que el joven era menor de edad.

En consecuencia, el Instituto intervino y Antombo y Ossengue fueron llevadas a un internado. Un lugar como de “niños de la calle” describe Antombo, con una realidad más fuerte a la que las hermanas habían vivido. Omar empezó a realizar gestiones para que fueran trasladadas a otro lugar y surtió efecto, pero en el nuevo hogar de niñas fueron tratadas como enfermas. En su historial tenían a una madre fallecida por sida y en tal época la ignorancia y el desconocimiento del virus era común. Como creían que el VIH se contagiaba hasta por el uso de una misma cuchara, a las hermanas Langangui las tuvieron en una especie de cuarentena. Les practicaban exámenes cada mes para ver si aparecía o no el temible virus.

Salvo aquel ‘paseo’ cuando llegaron a Colombia, el contacto de los hijos de Elbadina con sus familiares en el Cesar fue nulo. Y si el lazo afectivo no era fuerte en ese momento, la parte económica tampoco, por eso Antombo y sus hermanos estaban solos frente al mundo.

“Mi hermano ahorrando y trabajando logró llevarnos a un internado privado que quedaba en Cajicá. Santa Isabel creo que se llamaba”, relata Antombo. “Ahí empezamos como a adaptarnos al español, a tener amigas en el colegio, como a asimilar que mi mamá no iba a estar”. No obstante, finalizado el periodo en este internado, las niñas volvieron al Bienestar Familiar.

Antombo rememora que en esta etapa las iban a dejar en adopción. Que el hecho de que hablaran francés era un elemento llamativo para futuros padres. Por fortuna, su hermano cumplió la mayoría de edad, encontró un mejor trabajo y pudo reunir todas las exigencias que le pedía el Instituto para hacerse cargo de sus hermanas. Fue así como volvieron a vivir en la casa que les dejó su madre en Soacha, y Antombo empezó a cursar séptimo grado en el Colegio Departamental Nacionalizado Compartir Soacha. En esta institución terminó su corre-corre por internados y hogares, y pudo finalizar su bachillerato.

Pero el colegio también fue una dura etapa para Antombo. “En Colombia ser afro es minoría y en África todos somos afros. Sentir ser minoría fue un choque cultural muy fuerte, me golpeó mucho eso de ser minoría”, dice. Para esta entrevista Antombo tuvo una sonrisa a la hora de hablar sobre sus padres, incluso en el momento de nombrar a la muerte. Solo se desdibujó con el tema del matoneo.

Ella era objeto de burla por su nombre raro y por su raza. “¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué llegué a Colombia?” “Esta no es mi vida”, se preguntaba en esa época. En ese mismo tiempo empezó a conocer y a profundizar en la literatura de Martin Luther King Jr., Malcom X y las Panteras Negras. “Me mostró que yo podía ser fuerte y encontrar un camino para mí dentro de toda esa ‘dificultad’”, afirma.

La lucha de Omar

Obrero de construcción fue el primer oficio que Omar Barahona buscó para sacar adelante a sus hermanas, pero su condición de asmático no lo hizo durar ni una semana. Después lo contrataron en una panadería en el centro de Bogotá donde él llevaba pan y galletas integrales en un triciclo. Fue su primer sueldo. Pero repartiendo panes no alcanzaba el dinero. Fue entonces cuando un amigo suyo le dijo que tenía manos muy grandes y que, tal vez, podría funcionar para el boxeo.

Omar se acercó a la Liga de boxeo de Bogotá y lo recibieron. Con el deporte mejoró su salud y pudo abandonar la dependencia al inhalador. Y a punta de puños empezó a conseguir victorias en el peso mosca, a viajar para competir y a obtener un poco de dinero por ello. “A mi hermana y a mí también nos metió en el deporte, yo practicaba patinaje artístico y Ossengue atletismo”, relata Antombo sobre una época en que todo comenzó a tener más disciplina.

Además del boxeo, en ocasiones vendía ropa y cantaba reggae. Con un grupo de este género cantó en la Media Torta en Bogotá y otros sitios. Unos allegados le recomendaron a Omar validar el bachillerato y aprovechar sus conocimientos en inglés y francés para ser profesor. Y funcionó: fue contratado por un pequeño colegio en Soacha al tiempo que boxeaba, cantaba y hacía otras cosas que sumaban para el sustento de la casa. “Ahí empezó a mejorar la situación y ahí empecé a cantar” dice Antombo.

Hoy en día Omar es profesor de boxeo e inglés en Burundi, uno de los países más pequeños de África. Y como si no fuera suficiente, también dicta clases de salsa.

La redención de la música

Desde que comenzó a cantar en octavo grado, la música se convirtió para Antombo casi que en un trabajo, una labor que hacía dichosa. Después fue miembro de un grupo llamado Panteras Negras, que participó en concursos de la alcaldía y de paso la vinculó al mundo de los escenarios y le representó sus primeros pesos con su talento.

Un encuentro que le cambiaría la vida a Antombo tuvo lugar en Puerto Tejada, norte del Cauca, cuando en las vacaciones del año 2000 fue a visitar a su hermana Alba, la mayor de todos, y conoció a un joven llamado Pablo Fortaleza. Como un hobby empezaron a componer y a ensayar canciones sin grabar nada. Así nació Profetas, el dúo con el que ese mismo año se presentaron en Hip hop al Parque como grupo revelación.

Pese a no tener un disco, Profetas emprendió una serie de ‘toques’ en varios barrios de Bogotá y pronto empezaron a tener renombre en los círculos del hip hop y la música urbana. “Profetas ha sido el proyecto con el que profesionalicé mi carrera como cantante”, asegura Antombo, un proyecto que hizo su debut discográfico con ‘Amor y Fortaleza’ en 2006, seguido del EP ‘Caribbean feeeling’ en 2010 y su segundo larga duración, ‘Baila’, en 2011.

Profetas ha sido para ella el espacio para construir una identidad, para hablar de lo que ha vivido y de cómo se siente. Como una especie de terapia para no desfallecer, para seguir adelante y simplemente vivir, sin importar si se es afro, mestizo, blanco, indígena o mulato. En ese proceso ha cantado en países como Alemania, Austria, Suiza y Estados Unidos, y pudo pagar su carrera de Diseño de moda en la Escuela Arturo Tejada. Gracias a eso piensa construir una marca de accesorios llamada Bangui, en honor a la ciudad donde nació.

Este año se lanzó a la aventura de ser solista –sin abandonar Profetas- interpretando reggae y zouk (género popular entre los pueblos que hablan francés y portugués, originario al parecer de las Antillas francesas). Antombo, nombre que en el dialecto africano Fang significa “Unión en la familia”, parece tener claro siempre de dónde proviene. Vive en la casa que su mamá dejó.

LUIS E. QUINTANA BARNEY

REDACCIÓN ELTIEMPO.COM

Publicación
eltiempo.com
Sección
Entretenimiento
Fecha de publicación
9 de septiembre de 2013
Autor
LUIS E. QUINTANA BARNEY

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