Estado asume riesgos; privados cosechan

Estado asume riesgos; privados cosechan


Estado asume riesgos; privados cosechan
9 de septiembre de 2013, 12:21 am

Steve Jobs y Apple son la imagen del espíritu empresarial innovador privado que asume riesgos. La innovación es tautológicamente producto de la actividad privada. El Estado o el gobierno son lo opuesto de la innovación y el riesgo. El Estado es lento, burocrático y desperdicia recursos haciendo lo que no sabe hacer.

Cuando se habla de innovación, por políticos y expertos, generalmente se argumenta que la innovación reside en las fuerzas del mercado, en el empresariado innovador con su capacidad para afrontar riesgos y asumir el futuro desconocido.

Bill Gates, el competidor de Steve Jobs, por su parte contribuía a crear el mito del dinamismo de la industria informática: “No hay una industria en Estados Unidos que sea más creativa, esté más viva y sea más competitiva, y lo sorprendente es que todo esto ocurrió sin la participación de ningún gobierno” (Fred Block, 30 de mayo de 2008, http://goo.gl/WoV8BQ).

Sin embargo, la realidad de la innovación no parece ser así. La innovación no reside en el mercado sino en el Estado, el gobierno. Claro, los anarquistas de derecha no estarán de acuerdo, protestarán y dirán que se equivocan quienes reclaman ese papel para el Estado, que no hay nada superior al mercado.

Los trabajos de la investigadora y economista Mariana Mazzucato, egresada de la New School for Social Research University (NY) (alma máter del columnista, Guillermo Maya), y profesora en la Universidad de Sussex, Inglaterra, señalan al Estado como el factor más importante para generar innovación tecnológica. Su reciente libro, ‘El Estado empresarial: derribando los mitos sector público vs. sector privado’ (The Entrepreneurial State, 2013) discurre sobre esta hipótesis, al igual que su libro previo (Enlace). La presentación del libro en su sitio web (http://goo.gl/7PFZfR) se puede resumir así:

El Estado empresarial (Anthem, 2013) echa por tierra el mito del Estado como una organización burocrática grande que puede, en el mejor de los casos, facilitar la innovación creativa que sucede en el sector privado dinámico. En el análisis de varios estudios de casos sobre el crecimiento impulsado por la innovación, el libro describe la situación opuesta, señalando que el sector privado solo se atreve a invertir después de que el Estado ha realizado las inversiones de alto riesgo. Este libro sostiene que en la historia del capitalismo moderno, el Estado ha generado actividad económica que de otro modo no habría sucedido, y ha abierto activamente nuevas tecnologías y mercados en los que los inversores privados más adelante pueden entrar. Lejos de las críticas a menudo escuchadas al Estado de que potencialmente “desplaza” las inversiones privadas, el Estado hace que sucedan, formando y creando mercados, no solo “corrigiendo” sus fallas. Ignorar esta realidad solo sirve a fines ideológicos, y perjudica la formulación de políticas eficaces.

Este libro examina estudios de casos que van desde el advenimiento de Internet al surgimiento de las industrias de la biotecnología y la nanotecnología. En particular, el volumen desmiente el mito de que Silicon Valley ha sido creado por el capital de riesgo privado. Un capítulo importante se centra en inversiones del Estado detrás del éxito de Apple, y revela que todas las principales tecnologías que sustentan el desarrollo del iPhone deben su origen a los fondos públicos. Mientras que las personas emprendedoras como Steve Jobs son necesarias, su éxito es casi imposible sin su habilidad para subirse a la ola de inversiones del Estado. Y si Europa quiere sus propios Googles, necesita más acción del Estado, no menos.

Dos de los capítulos del libro se centran en el examen de la próxima gran área de innovación después de Internet: la ‘revolución verde’. Tanto la energía solar y la tecnología eólica están siendo guiadas actualmente por el gasto del Estado, ya sea a través del programa Arpa-E (EE. UU.) o por los bancos de inversión de los Estados chino y brasileño. La discusión refrescante se mueve más allá de la habitual división entre los partidarios de la austeridad frente a los defensores de los estímulos fiscales. Argumenta que las inversiones del Estado no solo ayudan a disparar el crecimiento durante los períodos de recesión, sino que además, incluso en períodos de auge, conducen a inversiones productivas en nuevas tecnologías radicales que luego promueven décadas de crecimiento.

El libro termina con una pregunta fundamental: si el Estado es tan importante para las inversiones en innovación de alto riesgo, ¿por qué captura tan poco en el retorno directo de las inversiones? Google y Apple, por citar dos nombres, evaden impuestos y usan los paraísos fiscales para ello. Sin embargo, deberían devolver más a la sociedad, y a los ciudadanos que financiaron sus innovaciones con impuestos.

¿Dónde estaría hoy Google sin las inversiones financiadas por el Estado en el desarrollo de Internet, y sin las subvenciones con que la Fundación Nacional de Ciencias de EE. UU. (NSF) financió el descubrimiento de su propio algoritmo? ¿El iPad sería tan exitoso sin las innovaciones financiadas por el Estado de las tecnologías de comunicación, GPS y pantalla táctil? ¿Dónde estarían GSK y Pfizer sin los $ 600.000 millones que el Instituto Nacional de Salud de EE. UU. ha puesto en la investigación que ha llevado a un 75% de los nuevos medicamentos más innovadores en la última década?

No se trata de que el Estado corrija las fallas del mercado, o que la política industrial escoja a los ganadores, o que el gasto público estimule la demanda insuficiente; se trata de que el Estado tome el papel líder en la innovación. El Estado funciona, en términos de Mazzucato, en el papel de asumir los riesgos, abriendo el camino a nuevas tecnológicas, antes de que el sector privado entre a rentabilizarlas en aplicaciones industriales. El término nanotecnología fue conocido por los científicos financiados con fondos estatales antes de que los hombres de negocios entendieran su potencial de ganancias.

En este sentido habría que entender que la innovación es una tarea colectiva, de empresas, instituciones públicas y agentes financieros. También es incierta; hay grandes fracasos pero también altos retornos económicos. Y en tercer lugar, la innovación es acumulativa; la innovación de hoy se construye sobre la de ayer. ¿Qué le pasa a Colciencias? ¿En manos de los políticos? Colciencias para los científicos e innovadores.

Guillermo Maya