La generación de los 'adulescentes'

La generación de los 'adulescentes'


La generación de los 'adulescentes'
24 de agosto de 2013, 12:59 am

Luxemburgo. Maleducar a los hijos, con las mejores intenciones, es un problema de nuestros días. No hace mucho escribí una columna sobre el tema y las respuestas de los lectores fueron muchas y autocríticas en su mayoría. Desde entonces encuentro más libros, estudios y artículos sobre lo que comienza a llamarse la nueva generación de ‘adulescentes’.
Jóvenes adultos que se comportan como adolescentes inmaduros y egoístas, incapacitados para funcionar en el mundo de hoy, debido en gran parte a la idea errónea de los papás de que cada movimiento que hagan y cada cosa que digan van a tener un efecto en el éxito futuro del hijo o hija y por esa razón los sobreprotegen y tratan de evitarles toda dificultad.
Entre los libros publicados al respecto aparecen El precio del privilegio, Epidemia de narcisismo, Una nación de cobardes, que en su mayor parte tratan de consejos sobre qué hacer o más bien qué no hacer para evitar malcriar a los hijos, y que se pueden resumir en una vieja frase de ‘mamás a la antigua’: “Cuando digo no es no”. Los padres complacientes de hoy deben aprender a decir “no” a los hijos y a decirlo con frecuencia.

“Nuestros hijos viven en un gran valle de derechos adquiridos que nosotros los padres hemos regado, jardineado y pagado jardineros para mantenerlo”, escribió la autora del libro Cojeando hacia la edad adulta.

Uno de los estudios más interesantes muestra cómo los padres en diferentes culturas entrenan a los más jóvenes para asumir responsabilidades cuando sean adultos. Fue escrito por dos antropólogas, una que trabaja con una comunidad de indígenas matsigenkas de la Amazonia peruana y la otra, con familias de clase media de un suburbio de ciudad.

Los niños matsigenkas son incentivados desde muy temprano a ser útiles y ayudar en las labores comunes. Desde los 3 años aprenden a cortar leña y pasto, a los 7 los varones acompañan a los adultos en largas excursiones de caza y pesca y las niñas aprenden a cocinar, a tejer, a recolectar. Cuando llegan a la pubertad tienen los conocimientos necesarios para sobrevivir. Esas habilidades fomentan autonomía, lo cual anima a adquirir más habilidades, en un círculo virtuoso que continúa hasta la edad adulta.

La otra antropóloga describe un círculo muy diferente. Se les pide tan poco a los niños en casa que cuando llegan a la adolescencia no saben cómo utilizar la mayoría de los numerosos electrodomésticos que hacen parte de sus vidas. Su incompetencia provoca la exasperación de los padres, quienes prefieren hacer las cosas ellos mismos para evitar conflictos, lo cual les deja más tiempo a los hijos para pasar frente a pantallas y videojuegos.
Nadie sabe cuándo, durante el proceso de evolución humana, se empezó a desacelerar el desarrollo juvenil. Inclusive, en la historia moderna cuanto más atrás se mire, más temprano los hijos tenían que crecer. En la Europa medieval los niños de los trabajadores tenían que empezar a trabajar a los 7 años, como todavía deben hacerlo los hijos de los campesinos del resto del mundo.

La introducción de la educación obligatoria movió la mayoría de edad a los 16 años. Hoy, para algunos países, es a los 18 y para otros, a los 21. No se necesita ser antropólogo para notar cuántos ‘adulescentes’ hay a nuestro alrededor que han llegado a los 30 sin haber adquirido los atributos necesarios para ser considerados adultos.
Se podría pensar que en términos evolucionistas esa tardanza es una manera de adaptarse a un mundo incrementalmente más complejo e inestable, en el cual es mejor posponer la madurez lo más posible.
Pero también se podría interpretar como todo lo contrario. No como una señal de progreso evolutivo, sino de regresión. Le dejo la inquietud.