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Editorial: En la recta final

El miércoles próximo se completan tres años desde aquella tarde de clima variable en la que Juan Manuel Santos asumió la Presidencia de la República. A partir de entonces, los colombianos han seguido la gestión de un mandatario que propuso una agenda particularmente ambiciosa, la cual se ha venido cumpliendo a buen ritmo, según el Gobierno, y a paso lento, en opinión de sus opositores.

Nuevos elementos para ese debate surgieron en la semana que termina, tras la rendición de cuentas que convocó a los ministros del despacho. Siguiendo el lema ‘justo, moderno y seguro’, las presentaciones se agruparon temáticamente y buscaron demostrar la afirmación, hecha por el propio Santos, de que se han cumplido dos terceras partes de los 110 puntos con los cuales este se comprometió durante la campaña que lo llevó a la Casa de Nariño.

Más allá de examinar la afirmación presidencial en detalle, es incuestionable que cualquier balance que se haga de la Administración incluye realizaciones, al igual que asuntos pendientes. Entre las primeras sobresalen los aspectos económicos, en los que la labor efectuada recibe buenas calificaciones, tal como lo certifican las principales firmas calificadoras de riesgo.

En tal sentido, el ritmo de crecimiento ha superado el promedio histórico del país, gracias en buena parte al viento a favor que acompañó el auge de los precios internacionales de los bienes primarios. De la mano de la bonanza, se han registrado una baja constante del desempleo y una expansión de la demanda interna, con lo cual los niveles de pobreza e indigencia presentan una disminución apreciable, que es una de las más acentuadas en América Latina.

Al tiempo con ello, las finanzas públicas se han fortalecido, como lo muestra un incremento apreciable de los recaudos tributarios. Dicha circunstancia le ha permitido al Gobierno contar con presupuestos cada vez mayores y planes de inversión que no tienen precedentes. Un ejemplo es el programa de construcción de 100.000 viviendas gratis para los más pobres, o una ambiciosa hoja de ruta en infraestructura.

Aun así, hay lunares que persisten. Tal vez la mácula más notoria del Ejecutivo es el fracaso en la reforma de la justicia, que se lanzó con bombos y platillos y recibió, al término de un complejo proceso legislativo, un entierro de tercera, por hechos ampliamente conocidos. Dados los problemas que experimenta esta rama del poder público, el cambio profundo es una asignatura pendiente, sobre la cual pocos hablan; algo, a todas luces, lamentable.

Otros prefieren dirigir sus dardos a los desafíos en seguridad, a causa de la actividad guerrillera, las bandas criminales y la delincuencia común. Si bien las estadísticas oficiales son un compendio de luces y sombras, la percepción en zonas urbanas y rurales –de acuerdo con las encuestas– es que ha tenido lugar un deterioro generalizado en un área sensible para los colombianos.

Dicha impresión es alimentada por un ala opositora implacable y pertinaz, encabezada por el expresidente Álvaro Uribe. Quien fuera el mentor de Santos es hoy su más duro enemigo, con ataques que se suceden usando el poder amplificador de las redes sociales.

La presión en ese frente ha incidido para que la apuesta más audaz del Ejecutivo, como es la de llevar a cabo una negociación de paz con las Farc en medio del conflicto, sea mirada con un lente más oscuro por la opinión. Es todavía prematuro emitir un veredicto sobre La Habana, pero, por ahora, el Gobierno se halla aprisionado entre una ciudadanía menos tolerante a hacer concesiones y una guerrilla que desea prolongar las conversaciones, quizás porque se encuentra embelesada con el fácil acceso a los micrófonos que tiene en la capital cubana.

Es indudable que el desenlace de dicho proceso tendrá un peso elevado en la nota que reciba Juan Manuel Santos dentro de 12 meses. Incluso, el prestigio internacional de Colombia, que ha aumentado en todas las latitudes, pero que se siente especialmente en la distensión con los vecinos, estará condicionado por el éxito o fracaso en la mesa de diálogo.

Hecha esa advertencia, y ahora que empieza la recta final del mandato, el Presidente debe velar por las tareas pendientes, algo fundamental para un gobierno pródigo en anuncios, pero que ha tenido dificultades en sus índices de ejecución. Y no se trata tan solo de la reconstrucción de Gramalote, el municipio nortesantandereano afectado por la ola invernal, sino del avance de la infraestructura, del manejo del delicado caso de Nicaragua tras el fallo de La Haya sobre San Andrés o de cortar de una vez por todas el nudo gordiano de la salud.

Tales retos se dan en medio de una creciente agitación política y de un ambiente social complejo, como lo atestiguan los paros que responden a peticiones de sectores de la población. Con ese panorama, se puede pronosticar que el año que queda no será fácil, ante lo cual al Gobierno no le queda otro camino que redoblar el ritmo de trabajo para estar encima de todos los temas.

Y aunque la posibilidad de una reelección está abierta, el propósito de la Administración no puede ser otro que atar los cabos que le quedan, sin dejar para mañana lo que puede hacer hoy. En eso también consiste la política del Buen Gobierno.

editorial@eltiempo.com.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
3 de agosto de 2013
Autor
EDITORIAL

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