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Froome, el único que le pudo ganar a Nairo Quintana

Tiene 28 años, le gusta la pesca, se recuperó de una esquistosomiasis y es el campeón del Tour.

Colombia no es un país desconocido para Chris Froome, el campeón del Tour de Francia, pues cinco ciclistas nacionales han tenido que ver en la historia de este keniano nacionalizado en Gran Bretaña y quien se instaló en el palmarés de la competencia por etapas más importante del mundo.

Una fuga en la etapa más difícil de la Vuelta a Ciudad del Cabo (Sudáfrica), en el 2007, le abrió las puertas al mundo del ciclismo a Froome, quien, con el ruso Vladimir Efimkim y el colombiano Félix Cárdenas, se involucró en una fuga en la que demostró que, aunque no había salido de su país, sí lo tenía todo para ser uno de los integrantes del lote ciclístico del planeta.

Cárdenas hacía parte del equipo Barloworld, cuyo mánager general era el italiano Claudio Corti, ahora al mando del Team Colombia, quien vio en Froome a un buen ciclista que le podía representar la continuidad del patrocinador.

“Lo vi en esa jornada con Félix (Cárdenas). Me di cuenta de que subía bien y me interesó. Durante la carrera pude enterarme de que tenía ambiciones, de que era un hombre al que le gustaba ganar y que hacía todo lo posible por lograrlo. Me gustó su espíritu de luchador y le hice una propuesta, la que aceptó”, le dijo Corti a EL TIEMPO, recordando cuando lo fichó para el 2008.

Froome llegó al Barloworld como uno más. Firmó un contrato de 30.000 euros al año (75 millones de pesos, aproximadamente) y se volvió a encontrar con Cárdenas, quien le presentó a otro colombiano, el boyacense Mauricio Soler.

“Echaba unos chistes malos, de esos de los que nadie se ríe. Trataba de sacarnos una sonrisa, pero no lo conseguía. Era un personaje; dedicado a su bicicleta, metódico en su trabajo y manejaba muy bien Internet, en busca de mejorar su rendimiento”, recuerda Cárdenas.

Félix advierte que Chris Froome cayó bien en el grupo, no era egoísta y se ganó la confianza del pelotón.

“Pintaba para ser un corredor grande, y ya lo demostró. Era su sueño ganar el Tour, eso siempre nos lo decía, mientras echaba en agua arvejas y lentejas, las que se comía días después con sus raíces, bien fuera en la ensalada o como acompañamiento en el almuerzo”, señaló el pedalista colombiano.

Su vida comenzó en Nairobi

A Froome le gusta la libertad y le incomoda estar encerrado, costumbre que cogió desde niño cuando corría por el campo y las carreteras destapadas cerca de Nairobi (Kenia), ciudad donde nació el 20 de mayo de 1985.

Sus abuelos y sus padres son británicos, pero decidieron irse a Sudáfrica a buscar mejores formas de vida y allí criaron a cuatro hijos, entre ellos a Chris Froome, un hombre que ama el ciclismo y quien, por estar pensando siempre en la victoria, se despista.

El año pasado, en el prólogo del Tour, se subió a la rampa de lanzamiento con los algodones en su nariz, los que siempre utiliza cuando calienta en lo rodillos. Y en el Mundial de Salzburgo (Austria), en el 2007, salió en la contrarreloj individual y 150 metros después se cayó, pues no vio los conos que delimitaban el recorrido.

Al pequeño Chris le gustaba la aventura. Con su mejor amigo, Ngong Hills, no tenía otra cosa que hacer sino estudiar y disfrutar de la naturaleza.

Salía al campo a pasear, a correr, pues le encantaba el atletismo, pero nunca pensó ser como las gacelas de su país, que hoy en día dominan las competencias callejeras en el mundo. Su velocidad no le daba para tanto.

En Nairobi no había video-juegos ni televisión, y tener en casa un computador era solamente para los ricos. Por eso, los fines de semana salía con Hills a explorar las colinas y se cruzaban con animales como los babuinos, un género de primates de los más grandes del mundo, que miden entre 60 y 100 centímetros y pueden pesar entre 15 y 35 kilos.

Regresaba a casa y en su mochila traía serpientes y escorpiones. A las culebras les hacía un nudo y las envolvía, pero su mamá, quien era fisioterapia y que murió de cáncer en el 2008, eso no le gustaba, y el joven se veía obligado a soltarlas.

El susto de su vida se lo llevó un sábado en una de esas salidas. Era un amante de la pescar con lanza y, en una de esas aventuras, salió del agua y fue perseguido por un hipopótamo, duelo frente a frente en el que le tocó imitar a los atletas de su país, y rápidamente se subió a un árbol, donde permaneció por 30 minutos.

Una dura prueba

Esa afición por la pesca le trajo difíciles momentos. En una de esas mañanas en los ríos contrajo la esquistosomiasis, una enfermedad que afecta al año a unos 200 millones de personas y que es muy frecuente en África.

Las larvas entran en el cuerpo y disminuyen los glóbulos rojos, lo que causa fatiga y fiebres muy altas. Luego de varios exámenes le descubrieron el mal en julio del 2011, y empezó un tratamiento difícil. Cada seis meses se somete a exámenes para saber en qué condición está.

A los 7 años recibió de regalo una bicicleta y la usó como medio de transporte, un privilegio en una sociedad en la que eran pocos los que podían tener en casa tal elemento.

Y a los 13, sus padres se separaron y él se fue a vivir a Johannesburgo. Allí estuvo internado y estudió en el St. John’s College, pero no le cabían en la cabeza la discriminación racial, las diferencias entre blancos y negros, algo que nunca vio en Nairobi.

Ya adolescente, Froome cambió la pequeña bicicleta por una de ciclomontañismo, y empezó a competir todos los fines de semana y a entender lo que era el ciclismo. Se levantaba a las 5 de la mañana a dar pedal, a castigar la máquina, y luego del colegio volvía a subirse y pedaleaba durante tres horas.

Una de las ventajas de vivir en Johannesburgo era que tenía televisión y seguía las gestas de Lance Armstrong en el Tour, las duras batallas en la montaña y los constantes desafíos del estadounidense con el italiano Iván Basso. Ahí nació la idea, el sueño de llegar a la carrera francesa y ganarla.

Un año antes de terminar economía en la universidad le llegó la hora de firmar con el Barloworld, después de haber formado parte del Konica Minolta, equipo que dejó para irse a vivir, primero a Italia, luego a Londres, volver a Roma y finalmente trasladarse a Mónaco, su actual lugar de residencia y donde, debajo de los lujosos yates, pesca con lanza.

Michelle, su otra vida

En el principado vive con Michelle Cound, una fotógrafa sudafricana de la que se enamoró. Ella lo fotografió en el 2007 en una carrera, y un año después Daryl Impey, su compañero en el equipo Konica, los presentó.

A los 25 años, Michelle lo dejó todo en su país: amigos, familia y estudios. Vendió el carro, el apartamento y desechó una buena oferta de trabajo en un banco de inversión para aceptar la propuesta de Chris de irse a vivir con él.

Michelle defiende todos los movimientos de su novio. El año pasado, en pleno Tour, la esposa de Bradley Wiggins, el líder del Sky y compañero de Froome, Catherine, criticó en Twitter a Chris cuando atacó a Wiggins, pero la bella Cound salió al paso de las afirmaciones.

Hace tres años, Froome firmó con el Sky y allí comparte con otros dos colombianos: Rigoberto Urán y Sergio Henao. Dos veces ha tomado parte en el Giro de Italia. Quedó de 36 en el 2009 y abandonó al año siguiente. En la Vuelta a España quedó de segundo en el 2011 y de cuarto el año pasado. Además, se colgó el bronce en la prueba contrarreloj de los Olímpicos de Londres.

En el Tour de Francia-2008 quedó de 82, de segundo en el 2012 y fue campeón este año, justamente en la edición 100, en la que fue el único ciclista, de los 198 que comenzaron la carrera en Porto, que pudo derrotar a Nairo Quintana, el quinto colombiano que se le ha atravesado en su carrera.

LISANDRO RENGIFO
REDACTOR DE EL TIEMPO

 

 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Deportes
Fecha de publicación
27 de julio de 2013
Autor
LISANDRO RENGIFO

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