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La desindustrialización colombiana

La gran ventaja histórica de la economía colombiana ha sido su diversificación productiva. Eso es lo que le ha permitido al país crecer sin grandes sobresaltos y le ha dado oportunidades a nuestras muy diversas regiones de contribuir a su desarrollo.

Esta virtud se ha estado erosionando a un ritmo acelerado durante el reciente auge minero-energético. Hoy en día tenemos más producción y exportaciones de petróleo y minerales, pero el resto del aparato productivo está cada vez más débil. Esto es cierto de gran parte de nuestro sector agrícola, incluido el renglón que construyó la economía colombiana del siglo XX, el café.

Y es cierto de la industria manufacturera. La desindustrialización ha avanzado a un ritmo vertiginoso, similar al que experimentó el país después de la apertura acelerada de 1991, y se acumula sobre las pérdidas de entonces. La participación de la industria en nuestra actividad económica es casi un tercio más baja de lo que era en 1990.

La causa básica es la combinación de una tasa de cambio sobrevaluada con una “indigestión de TLCs”. La tasa de cambio ha estado sobrevaluada en ocasiones anteriores, pero por períodos más cortos y en los cuales se tomaron acciones más firmes para frenarla. La mezcla de la sobrevaluación con los TLCs hace que nuestra industria no pueda competir con importaciones o exportar hacia los países con los cuales tenemos tratados.

Hay muchos mitos sobre este tema. El primero es que la desindustrialización es inevitable después de cierto nivel de desarrollo. Eso es cierto, pero ocurre más o menos al doble del ingreso por habitante que tiene Colombia. Otro es que la crisis mundial está generando una caída de la industria en todo el mundo. Pero Colombia no está en crisis sino disfrutando algunos de los precios de exportación y acceso a mercados de capitales más espectaculares de la historia.

El mayor mito es que los TLCs ofrecen grandes oportunidades para crecer. Esto puede ser cierto cuando se tiene capacidad productiva, pero esa capacidad no se construye por el mero hecho de tener oportunidades para exportar. Hay que tener una política para construir dicha capacidad, así como otras condiciones: capacidad tecnológica y tasa de cambio e infraestructura apropiadas.

La mejor demostración de que los TLCs no generan por sí solo crecimiento es México. Desde que firmó su tratado con Estados Unidos en 1993 ha crecido a un promedio de 2,6% anual, la tasa más baja de América Latina después de Venezuela, y de hecho un punto más baja que la de Colombia en igual período. Se dice que Chile es un mejor caso, pero esa nación creció casi el doble en 1990-97 sin tratados de libre comercio que en 2003-13 con muchos tratados.

Es cierto que hay esfuerzos que ha venido haciendo el gobierno para montar instrumentos de política industrial, pero ellos han carecido hasta ahora de alcance y de una política tecnológica que apenas se está poniendo en marcha. Celebro, por lo tanto, que el gobierno haya decidido en esta semana poner fin al ciclo de los TLCs y concentrar su atención en la política industrial.

Y, finalmente, la industria carece de los voceros fuertes que siempre tuvo. No lo es el Ministerio bajo la cual está hoy, que ha demostrado que está más interesado en suscribir TLCs que en montar la política industrial. Y también carece de un gremio industrial fuerte, porque la ANDI tiene demasiados intereses diversos hoy. Necesitamos, por lo tanto, un nuevo Ministerio de Desarrollo y una nueva ANDI.

José Antonio Ocampo

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
21 de julio de 2013
Autor
José Antonio Ocampo

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