Mi padre, Eduardo Carranza

Mi padre, Eduardo Carranza

Con variados homenajes, se celebra el centenario del natalicio del poeta, el martes, 23 de julio.

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18 de julio 2013 , 01:59 p.m.

Este fue llama. Fue la boca juvenil de la primavera.

Eduardo Carranza

Este 23 de julio hace 100 años nació Eduardo Carranza en Apiay, vereda de Villavicencio, en una finca llamada La Esperanza. Sobrevive una casa semiderruida por los años y, en un par de ocasiones, viajando con él hacia Puerto López, se lamentaba de que aquella vereda donde había nacido fuera hoy una base militar.

Su infancia fue la de un niño campesino –con ordeño y costumbre de beber leche “al pie de la vaca”, a las cinco de la mañana–, feliz y soñador de la mano de Salgari, Julio Verne y Las mil y una noches de la colección Araluce. Más tarde diría: “Uno es el niño que fue”, pues fue una etapa de la vida fundamental en su poesía.

A los cinco años queda huérfano y la madre viuda se va a vivir con sus tres hijos a Chipaque, bucólico pueblito de Cundinamarca recostado suavemente en la falda de la cordillera oriental. Viven en una casa a las afueras del pueblo, y este niño recorre cuatro veces diarias los dos kilómetros que separan a su casa del colegio para niñas de las Hermanas de la Presentación. Se quita las alpargatas o los botines, el domingo, para que no lleguen embarrados a la entrada del plantel. En el colegio, solamente estudian dos niños: uno Eduardo Carranza, el otro Alberto Lleras.

A su tiempo, la madre –Mercedes Fernández– sabe que el niño debe salir del pueblo y comenzar a hacer su vida de estudiante. Así, gracias a una beca, inicia sus estudios como alumno interno en la Escuela Normal Central de Institutores, regentada por los Hermanos Cristianos, que se caracterizaban por una rígida disciplina que comenzaba a las cinco de la mañana, con el temido chorro de agua helada. Su profesor fue el hermano Justo Ramón, autor de textos sobre historia y geografía de Colombia. Siempre sostuvo que el mejor alumno que había tenido en su larga vida de educador había sido Eduardo Carranza. Como cruel jugada de la vida, cuarenta años después fue mi profesor en el Liceo de La Salle, y cada vez que pasaba al lado de mi pupitre me miraba con desdén. Estos estudios le permitieron a mi padre ejercer la profesión de maestro, título que siempre lo llenó de orgullo.

Porque esa fue su vida. Primero en Ubaté, cuando con 17 años, fue nombrado vicerrector y profesor de literatura, y contaba con envanecimiento que tuvo alumnos mayores que él. Luego, en el Colegio Mayor del Rosario, donde enseñó literatura española y dirigió la revista del claustro. Un día, al finalizar la clase, se le acercó un discípulo que tímidamente le entregó unos poemas para que conceptuara sobre ellos. Mi padre los guardó en el bolsillo y veinte días después se los entregó envueltos en un ejemplar del suplemento literario de EL TIEMPO, diciéndole: “Joven Mutis aquí tiene sus poemas publicados en el suplemento; olvídese de las leyes, pero trabaje la poesía con rigor y con ilusión”. Este gesto de mi padre hacia su discípulo fue retribuido generosamente por el maestro Álvaro Mutis, como él lo narra en la entrevista que le hizo Margarita Vidal en el libro Viaje a la memoria (1977). “Eduardo Carranza fue mi profesor de literatura española en El Rosario… él transmitía por la palabra escrita en español… auténtica devoción a través de la fiebre de sus palabras, de la eficacia de su verbo. Yo salía como en trance, y recuerdo que quedábamos como iluminados, tocados, porque él estaba tocado. Él era un iluminado de la poesía… No hay una sola línea de mi poesía donde Eduardo no esté”.

Después, estuvo en la Universidad de los Andes, en esa extraordinaria facultad de Filosofía y Letras, con Ramón –el querido Tito– de Zubiría, con Abelardo Forero, Danilo Cruz, Andrés Holguín, Daniel Arango, Antonio Montaña, Ferenc Vajta y Carlos Dupuy, “frente a sus copas de vino invisible/ en sus asientos desaparecidos”.

También en el Colegio Nacional de San Bartolomé, por invitación de su rector, don Tomás Rueda Vargas, y, en el Instituto Caro y Cuervo, llamado por don José Manuel Rivas Sacconi.

En los últimos años de su vida me dediqué a recorrer el país con él. En un viaje por Santander le revelé joyas como Barichara, Socorro, San Gil y Curití. De regreso nos detuvimos en Barbosa, porque había una feria artesanal y a él le encantaba comprar sombreros, canastos o bastones. De pronto, un señor lo detuvo para decirle: “Maestro, todas las cosas bellas de la vida usted me las enseñó cuando fue mi profesor en el San Bartolomé”. Al alejarnos me dijo: “Juan, haberme dedicado a enseñar es lo más gratificante y hermoso que me ha pasado en la vida”. En todos los caminos de Colombia encontraba alumnos agradecidos.

En 1939 fundó en compañía de Jorge Rojas, Arturo Camacho Ramírez, Gerardo Valencia, Carlos Martín, Tomás Vargas Osorio y Darío Samper el movimiento poético de Piedra y Cielo. Todas las generaciones se rebelan contra sus antecesores planteando sus diferencias, que las había entre Los Nuevos y el joven piedracielismo. A finales de la década de los 30 y los 40 del siglo pasado, los poetas eran personajes de ámbito nacional, su obra se analizaba, discutía y polemizaba en periódicos, tertulias y reuniones de café. Los piedracielistas sostenían que la poesía de Los Nuevos, y particularmente la de Guillermo Valencia, era “una poesía de cultura, llena de alusiones a temas mitológicos, históricos, legendarios, bíblicos”. Quien salió al ruedo de la polémica fue Eduardo Carranza, cuando escribió en 1941 un artículo en este diario titulado ‘Un caso de bardolatría’, en controversia con Baldomero Sanín Cano. Ahí se acusa a Valencia de la existencia de un taller de técnica poética, empeñado en el ejercicio de la retórica, en la destreza técnica, fría y mecánica. Meses después, el maestro Valencia dio por terminada la polémica cuando Carranza –que era su amigo y lo visitaba con frecuencia– fue a saludarlo en su finca de Paleterá (Cauca). “Usted argumenta que mi poesía es fría –le dijo Valencia–, recuerde querido amigo que en las más altas cumbres hace frío”.

Después fue nombrado, en palabras de él, en el cargo más honroso de su vida: Director de la Biblioteca Nacional de Colombia, donde tuvo que afrontar los horrores del 9 de abril. Mi padre, por esos días profesor del Rosario, recibió la solicitud de monseñor Castro Silva para que escondiera la imagen de La Bordadita, porque tenía miedo de que fuera robada o mutilada. Dos meses después, la imagen volvió a su nicho en el templo.

En 1951, fue nombrado diplomático en Madrid, donde desempeñó una intensa gestión cultural. Llegó a España con su familia, en una época de pobreza y aislamiento. Reconoce a los escritores españoles del momento: Azorín, Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, José Ortega y Gasset, Pedro Laín, Gregorio Marañón, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, José Hierro y Antonio Tovar, todos figuras de primer orden de las letras españolas. Una gestión muy importante estando en España consistió en convencer al Gobierno español para que autorizara, mediante un convenio, la publicación de las preciosas láminas de la Expedición Botánica.

Por la época, los hermanos Carranza Coronado esperábamos con ilusión la llegada de las vacaciones en el ardiente julio español, cuando viajábamos a Port-Lligat, un diminuto pueblito de pescadores en la provincia de Gerona, para alojarnos en un pequeño hotel de seis habitaciones. Pero en Port-Lligat se dio el milagro de que vivía un ser extravagante, con unos acerados bigotes, que se ponía cáscara de huevo de paloma en las orejas y que cuando lo veíamos salíamos corriendo entre el miedo y la risa: Salvador Dalí.

A las doce del día, Dalí corría la cortina y abría la ventana de su estudio, vestido con una sábana de senador romano, cantaba: “Ven al balcón, ven al balcón mi querida mariposa” para descrestar turistas gringos que sacaban fotos, prorrumpían en aplausos y “oulés”. Hacía una leve inclinación de cabeza y cerraba el ventanal.

Después del almuerzo, Gala la rusa, esposa de Dalí y antigua compañera de Paul Eluard, pasaba por nosotros para invitarnos a navegar en su canoa de motor pintada de amarillo y negro, como aparece en la playa del famoso Cristo sobre la bahía de Port-Lligat. Al regreso, mientras Dalí continuaba echando una fiesta sin fin, Gala nos daba almendras de su huerto, y los tres niños corríamos por toda la casa, incluido el estudio con el suelo tapizado de bocetos del pintor. Hoy conservo como recuerdo maravilloso una postal de Port-Lligat que en el reverso aparece simplemente la firma: Dalí.

A comienzos de los años 60 regresamos a Colombia y mi padre comenzó a dictar clase en la Universidad de los Andes, y fue nombrado Director de las bibliotecas del Distrito de Bogotá. Son veinte pequeñas bibliotecas y una central con un balcón sobre la Plaza de Bolívar, donde Jorge Eliécer Gaitán pronunció el discurso de la manifestación del silencio.

En 1972, publica Hablar soñando y, en 1973, su último libro Epístola mortal. En estos dos libros finales, para Eduardo Carranza, en palabras de su hija María Mercedes “ya no existen ni la mujer, ni la naturaleza, solo él, sus muertos y sus recuerdos”. Se plantea el desengaño esencial frente a la destrucción inevitable del tiempo y de la muerte.

Sus últimos años los dedicó a sus hijos y sus amigos, que eran una multitud. Hacía paseos sabaneros que llamaba “su sorbo de paisaje”. Uno de esos días, por la carretera central y frente a la hacienda presidencial de Hatogrande, vio una modesta tienda con un nombre que lo emocionó. Se llamaba Elvercito. A mi padre le pareció el más hermoso, tierno y sencillo homenaje a la poesía. Se detuvo y descubrió que vendían pandeyucas, almojábanas y pandebonos celestiales. Haciéndole trampa a su diabetes, comía uno o dos, y llevaba en pequeños paqueticos remesas para sus hijos y amigos. Pasaron los años, Elvercito se volvió famoso y mi padre murió. Al año de su muerte, familiares y algunos amigos encabezados por el presidente Belisario Betancur, en camino al cementerio de Sopó entramos a Elvercito. Ya despidiéndonos, Daniel Samper Pizano le preguntó a Flor –la dueña de Elvercito– la razón para que hubiera bautizado su tienda con ese nombre, a lo cual respondió con aplastante naturalidad: “Muy sencillo, porque mi hijo se llama Élver”. Lo maravilloso de este cuento es que mi padre murió engañado.

Hoy, 100 años después de su nacimiento, Eduardo Carranza reposa en el cementerio de Sopó, bajo una sencilla lápida de piedra que tiene grabado su epitafio: “Cuando muera ponedle en tierra/ con su tierra vestidle el sueño/ponedle bajo su bandera/ donde el gallo poned la cruz/ y solamente este letrero/ aquí espera Eduardo Carranza”.

Homenaje al poeta, con sabor llanero

Con el descubrimiento de una placa en la Biblioteca Pública Departamental Eduardo Carranza de Villavicencio se inicia el homenaje que el Gobierno y la Alcaldía de esa ciudad rinden al poeta, en el centenario de su nacimiento el próximo martes, 23 de julio. El expresidente Belisario Betancur aprovechará para hacer una semblanza de su amigo en ese lugar.

Asimismo, dentro de los homenajes que se le rendirán en el Año Carranza, la Biblioteca Nacional de Colombia prepara un libro digital para tabletas y web sobre la vida y obra del poeta llanero. Mincultura y la Biblioteca Nacional también dotarán de tabletas a todas las bibliotecas y entidades educativas del Meta que lleven el nombre de Carranza.

JUAN CARRANZA CORONADO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

 

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