Charla con Christo Brand, el antiguo carcelero de Nelson Mandela

Charla con Christo Brand, el antiguo carcelero de Nelson Mandela

EL TIEMPO habló con el exguardián de Robben Island sobre las anécdotas del exmandatario en prisión.

Charla con Christo Brand, el antiguo carcelero de Nelson Mandela
18 de julio de 2013, 11:54 pm

“La persona más importante en la vida de cualquier prisionero no es el ministro de justicia, no es el comisario de prisiones, ni siquiera el director de la prisión, sino el carcelero de su sección”, dice Nelson Mandela en su autobiografía El largo camino hacia la libertad. “Si tiene frío y necesita una manta adicional –continúa– de nada servirá dirigirse a las autoridades. Pero si uno se dirige al carcelero de su corredor, y está en buenos términos con él, este simplemente irá al almacén y traerá una manta”. (Imágenes del homenaje a Mandela en su cumpleaños 95 años).

En 1978 el joven Christo Brand llegaba a la prisión de Robben Island –una pequeña isla en el Atlántico a pocos kilómetros de Ciudad del Cabo a menudo descrita como ‘el Alcatraz sudafricano’–, para ejercer como guardia penitenciario de quienes sus superiores calificaban como peligrosos terroristas que buscaban derrocar al Gobierno del país. Uno de esos prisioneros, identificado solo con el número 46664, era el ícono de la lucha antiapartheid: Nelson Mandela.

Para el oficial Brand, Mandela pasaría de ser el más célebre de los reclusos a ser uno de sus amigos personales más estimados.

Recién llegado a la isla, el primer encuentro con los prisioneros políticos lo sorprendió. “Yo buscaba el ‘elemento criminal’ en los reclusos, –dice a EL TIEMPO–. Pero me di cuenta que estos hombres no tenían tatuajes ni cicatrices, que eran corteses y amables, honestos y leales. Mandela, en particular, tenía muy buen humor. Aún así no podía evitar odiarlos, pues uno de mis amigos murió en la lucha contra la insurgencia de la que ellos hacían parte”, el Congreso Nacional Africano (CNA), el actual partido del Gobierno sudafricano.

Fue un día frío y lluvioso de 1980, durante una visita de Winnie (entonces esposa de Mandela) cuando los sentimientos hostiles de Brand hacia los prisioneros empezaron a cambiar. La visita conyugal, como era costumbre, duró treinta minutos. Fue grabada, supervisada por los carceleros y se llevó a cabo en inglés, pues era prohibido que se hablara en la lengua nativa de los prisioneros, así como era prohibido que se tocaran temas que no fueran estrictamente familiares. Ese día Winnie Mandela se las había ingeniado para introducir clandestinamente a la isla al nieto recién nacido de Mandela, atado a la espalda y oculto bajo una manta.

“Los niños no eran permitidos en Robben Island, y a pesar de su insistencia (y de los intentos de Winnie por sobornarme) no podíamos permitir que Mandela lo viera –cuenta Brand–. Pero mientras Winnie llenaba los formularios para agendar su próxima visita, uno de mis superiores me autorizó a mostrarle el niño a Mandela, pero ella no se podía enterar. Para mí fue muy extraño: nunca había tenido en mis brazos a un niño negro. Entré a la habitación y Mandela dio un salto. Tomó al bebé en sus brazos, solo un minuto. Estaba temblando, y vi que se le escaparon unas lágrimas”.

Brand cuenta la anécdota conmovido por su propio acto y por la prudencia de Mandela, que supo guardar el secreto del encuentro con su nieto hasta que se convirtió en el presidente de Sudáfrica, catorce años después.

“Fue la compasión”, dice Brand. Ese fue el sentimiento que a partir de ese momento lo llevó a interesarse por la vida y el proyecto político y social de los prisioneros de Robben Island. “Me empecé a preguntar por sus ideales de libertad, por su lucha, y empecé a cuestionar el régimen del apartheid”.

Como guardián, Brand no estaba autorizado para conversar con los reos, pero a veces escuchaba las charlas que tenían entre sí, o aprovechaba para hacerles preguntas sobre su causa cuando tenía que acompañar a alguno de ellos al hospital.

Y claro, se familiarizaba con sus vidas privadas y con el movimiento de liberación a través de la correspondencia personal de los presos. Durante sus años en la isla, Brand trabajó en la oficina de censura, que se encargaba de monitorear todas las cartas que entraban y salían de la prisión.

“Revisábamos con minucia todas las cartas que enviaban sus familiares. Si había partes que hablaran de política o si pensábamos que estaba escrita en lenguaje cifrado, borrábamos esas oraciones con un marcador negro, si la página estaba escrita por ambas caras. Si el texto estaba solo en un lado de la hoja, cortábamos esa parte con unas tijeras”, de manera que las cartas que sobrevivían al escrutinio policial eran entregadas a sus destinatarios hechas retazos y llenas de tachaduras.

Uno de los espacios en los que Brand podía interactuar con el prisionero Mandela era su huerta, tanto en Robben Island como en la prisión de Pollsmoor, adonde fue transferido en 1982. “Mandela adoraba su huerta, le dedicaba varias horas al día, cuando no estaba estudiando en su celda o haciendo trabajo forzoso en la cantera. En ella cultivaba vegetales para los prisioneros y para los guardias”. Pero la huerta de Robben Island tendría un papel mucho más importante para Mandela como prisionero y como líder político: en ella enterró el manuscrito de su autobiografía para esconderlo de las autoridades. “Pero descubrieron una parte –dice Brand – y por eso le quitaron su derecho al estudio durante cuatro años”, uno de los privilegios más preciados para el líder negro.

El proyecto de escribir una autobiografía fue una idea de su compañeros de lucha Ahmed Kathrada y Water Sisulu para conmemorar su cumpleaños número sesenta.

Brand describe el proceso: “Mandela trabajaba día y noche en el manuscrito, que iba pasando a Kathrada y a Sisulu para que lo editaran e hicieran comentarios. Luego su compañero Lalu Chiba transcribía las páginas con una caligrafía minúscula. Chiba podía concentrar diez páginas de manuscrito en una sola página. ¡Era casi ilegible!”.

Mac Maharaj, hoy en día portavoz del Gobierno sudafricano, ocultó en sus cuadernos las páginas que no descubrieron los guardias y las sacó de la isla cuando cumplió su condena.

La amistad de Brand y Mandela se consolidó cuando ambos fueron transferidos a la prisión de Pollsmoor. “Allí Mandela me habló a profundidad de sus aspiraciones de igualdad y educación para todos los sudafricanos. Él siempre me decía que estudiara”. Llegó a enviarle a la mujer de Brand una carta de manera clandestina para que lo motivara a ampliar su conocimiento.

En Pollsmoor, Brand vio al líder político rechazar la oferta del Gobierno a ser liberado si su organización renunciaba a la violencia; años más tarde lo vio iniciar las negociaciones para poner fin al apartheid con el presidente Frederik de Klerk. Lo vio frágil cuando lo operaron de la próstata, y también vio a un Mandela humano no ajeno a la vanidad. “Le gustaba verse bien cuando recibía visitas, y siempre nos pedía un producto para el cabello que se llamaba Blue Pantene. Pero cuando el producto fue descontinuado y no lo pudimos seguir comprando Mandela se alteró mucho; hasta puso la queja con la parlamentaria Helen Suzman. A mí me llegó una orden desde arriba: tenía que encontrar Blue Pantene como fuera. Recorrí toda Ciudad del Cabo hasta que di con una farmacia que lo tenía. Compré todas las existencias”.

En los noventa, ya hombre libre y jefe de Estado, Mandela llamó a Brand para que trabajara con él en la Asamblea Constitucional. Juntos celebraron su cumpleaños número ochenta el 18 de julio de 1998, y compartieron una carcajada cuando Brand le hizo un regalo que con gran dificultad tuvo que importar desde Alemania: una botella de Blue Pantene.

En su autobiografía, cuando describe el día de su liberación en 1990, Mandela dice: “Hombres como (…) el oficial Brand reforzaron mi creencia en la humanidad esencial incluso de aquellos que me habían mantenido tras las rejas durante los últimos veintisiete años y medio”.

Salym Fayad
Para EL TIEMPO