América Latina ya no es tan antiyanqui

América Latina ya no es tan antiyanqui

Pese a los históricos agravios de EE. UU., expertos señalan que latinoamericanos son más empáticos.

América Latina ya no es tan antiyanqui
2 de julio de 2013, 03:01 am

“¿Por qué nos odian?”. Esta pregunta que ha estado en la mente de muchos estadounidenses tras los ataques del 11 de septiembre se hace frecuentemente con respecto a los extremistas islámicos y el mundo musulmán. Entre las respuestas más comunes está que resienten la política exterior de EE. UU. en el Medio Oriente. Cuando se cambia el enfoque hacia América Latina, la política exterior también parece ser la razón principal del sentimiento antiestadounidense, algo que parece tener sentido.

Resulta difícil encontrar otra región del mundo con agravios mayores y más antiguos por las actuaciones de Washington. La Doctrina Monroe, la diplomacia del dólar y la contención en la Guerra Fría fueron meros eufemismos de abusos imperiales cometidos contra América Latina a lo largo de dos siglos.

Sin embargo, los ciudadanos latinoamericanos de hoy no son abrumadoramente antiestadounidenses. De hecho, los datos de las encuestas sugieren que, al hacer la correlación, resulta lo opuesto. Una clara mayoría de los encuestados en casi cada país latinoamericano tiene opiniones positivas sobre EE. UU. Resulta aún más sorprendente que muchos de los países donde la intervención por parte de EE. UU. ha sido la más frecuente y dramática (como en República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Panamá) también sean aquellos en los que las opiniones de las masas sobre los EE.UU. son las más favorables.

En realidad, la pregunta que está al principio de este artículo debería invertirse: “¿Por qué los latinoamericanos no nos odian?” El interés económico es una de las claves.

Los datos de las encuestas indican que mientras mayores son los lazos económicos entre un país latinoamericano y los EE.UU. –bien sea relacionados con el comercio, la ayuda, la migración, las remesas o las inversiones– más favorables son las opiniones de sus ciudadanos con respecto al Coloso del Norte. Esto explica por qué los países centroamericanos y del Caribe, a pesar de haber sido los más victimizados a lo largo de su historia, son los más proestadounidenses.

‘Resentimiento compartido’

Una mirada somera a los datos de opinión pública basta para ver que el supuesto “resentimiento compartido” es inexistente –ciertamente desde la década de 1990–. Según los datos de la serie de encuestas Latinobarómetro en 18 países, el latinoamericano promedio mantuvo una opinión positiva de EE. UU. cada año entre 1995 y el 2010. En todos los 18 países, los encuestados con opiniones favorables superaron en número a aquellos que expresaron opiniones negativas durante esta década y media. Típicamente, los primeros superaron en número a los segundos por un amplio margen.

Más de 75 por ciento de los encuestados expresaron opiniones favorables de EE. UU. en 10 de los 18 países, y en ningún país los encuestados con inclinaciones negativas superaron en número a aquellos con inclinaciones positivas. El porcentaje promedio de latinoamericanos encuestados que expresó opiniones favorables sobre los EE. UU. (77 por ciento) fue igual al porcentaje que expresó opiniones favorables hacia China (77 por ciento), menor que el porcentaje de encuestados que expresó opiniones favorables hacia la Unión Europea y Japón (87 y 86 por ciento, respectivamente), y mayor que el porcentaje que expresó opiniones favorables sobre Cuba y Venezuela (55 y 51 por ciento, respectivamente).

Un punto de comparación es el grado promedio de sentimiento antiestadounidense en el “resto del mundo”, basado en una muestra de otros 45 países recogida mediante el proyecto Pew Global Attitudes entre 2002 y 2010. La actitud promedio hacia los EE. UU. es más desfavorable en el resto del mundo que en el país más antiestadounidense de América Latina: Argentina.

Resumiendo, los latinoamericanos son proestadounidenses y, en la mayoría de los países, de manera abrumadora.

Un vistazo más detallado a estos resultados revela una pauta que es hasta más sorprendente, e incluso más crítica, con respecto a las suposiciones sobre el sentimiento antiestadounidense en la región. Los países más proestadounidenses son todos naciones centroamericanas o del Caribe. Estos son precisamente aquellos que, históricamente, han sido más victimizados por Estados Unidos. La inmensa mayoría de las intervenciones realizadas por los EE. UU. han ocurrido en los países cercanos al sur de su frontera, mientras que las intervenciones imperialistas han sido relativamente infrecuentes en Suramérica.

Las ocupaciones militares durante las Guerras Bananeras, las violentas medidas de contención de la Guerra Fría, e incluso las pocas intervenciones visibles después de 1989 ocurrieron en su mayor parte –aunque no exclusivamente– en las naciones latinoamericanas del hemisferio norte. Dicho esto, los hallazgos mencionados nos dejan dos incógnitas. Primero, ¿por qué a los latinoamericanos les gustan los EE. UU., a pesar del persistente hábito de Washington de violar la soberanía latinoamericana durante los pasados 200 años? Segundo, ¿por qué los países históricamente más victimizados son hoy los más proestadounidenses?

‘Es la economía, chico’

Para contestar la pregunta, debemos mirar más de cerca las actitudes y el comportamiento latinoamericano. Las intervenciones de EE. UU., especialmente durante la Guerra Fría, frecuentemente eran bienvenidas por grandes segmentos de las sociedades en las que sucedieron (por ejemplo, los oponentes de los sandinistas, o quienes apoyaban al ejército salvadoreño). Después de todo, EE.UU. casi siempre tomó partido en una lucha ideológica y política preexistente.

La memoria también es corta. América Latina es una región abrumadoramente joven, y la mayoría de las personas menores de 40 años no tienen experiencias o recuerdos vívidos de las acciones de los Estados Unidos que enfurecieron a sus padres y abuelos.

Nosotros encontramos que para la mayoría de los latinoamericanos, la realidad más inmediata es la del intercambio económico internacional con Estados Unidos, algo que coincide con pensamientos positivos hacia ‘el Norte’. Según los politólogos Joseph Nye y William Reed, los nexos económicos bilaterales fuertes entre los países promueven la buena voluntad entre los socios al aumentar la tolerancia, la confianza mutua y el entendimiento. La interdependencia económica también origina una clase de individuos que se beneficia materialmente del intercambio en curso y tiene experiencias objetivas como fruto de ello. Por ejemplo, en gran parte de Centroamérica, un gran número de ciudadanos de clase baja y media reciben remesas de dinero de familiares y amigos que trabajan en EE. UU.

Finalmente, en las mentes de muchos latinoamericanos, la riqueza relativa de EE. UU. se relaciona con el éxito material y las oportunidades. Muchos consumidores latinoamericanos ven las marcas estadounidenses –Calvin Klein, Hollywood e incluso McDonald’s– como símbolos de calidad y sofisticación.

Tenga en cuenta las estadísticas reportadas el año pasado por el centro asesor Inter-American Dialogue: “Actualmente, EE. UU. compra aproximadamente 40 por ciento de las exportaciones de América Latina y un porcentaje incluso mayor de sus productos manufacturados. Continúan siendo el primer o segundo socio comercial de casi cada país de la región. Y proporciona casi 40 por ciento de la inversión extranjera y más de 90 por ciento de los aproximadamente 60 billones de dólares en ingresos por remesas de dinero que van a América Latina”. Al encontrarse tan cerca físicamente de EE. UU., los volúmenes de actividades comerciales, migración, inversiones y flujos de remesas de América Latina con el Coloso del Norte son mayores que aquellos de otros países, y sus ciudadanos son más positivos hacia los EE. UU.

Por otra parte, incluso dentro de América Latina, los países que están más cerca de EE. UU. son los más proestadounidenses. La razón por la que los países tratados más injustamente –en Centroamérica y el Caribe– son los más proestadounidenses es la mayor interdependencia económica que tienen con los EE. UU. Esto se confirma por las enormes cifras de expatriados de aquellos países que viven en EE. UU. y, en consecuencia, los mayores flujos de remesas –entre otros factores.

Aunque los avances en la tecnología y los cambios en la política han reducido dramáticamente los costos del intercambio internacional, los países cercanos físicamente siguen teniendo más probabilidad de mantener un mayor grado de interdependencia económica que los que están más lejos.

El país flagrantemente distante en la región es México. Esto es debido al bien conocido hecho de que los mexicanos están estrechamente unidos a EE. UU. a través de sus mercados de exportación, sus familiares y amigos que viven allí, y las remesas que reciben de ellos. No obstante esto, los mexicanos son rebasados únicamente por los argentinos en su falta de buena voluntad hacia los Estados Unidos. ¿Acaso esto pone en duda nuestras afirmaciones? Nosotros pensamos que no. De todos los países de la región, México sin duda ha sido el más perjudicado por el imperialismo de los EE. UU. Es el único que los ha enfrentado en una guerra importante, el único que perdió 50 por ciento de su territorio a manos de Estados Unidos, y actualmente es la víctima principal de la demanda de narcóticos ilegales por los EE. UU. Y sin embargo, los mexicanos son, en correlación, proestadounidenses: 60 por ciento tuvieron una opinión favorable entre 1995 y 2010.

En todo caso, el intercambio internacional entre Estados Unidos y México parece superar un déficit de buena voluntad que de otra manera sería mucho más profundo.

Volver a lanzar el TLCA

Existen muchas oportunidades políticas para profundizar y humanizar las relaciones económicas internacionales en la región. Las importaciones desde Estados Unidos son un mecanismo particularmente eficaz para promocionar la “marca EE. UU.”. Sabiendo esto, lo primero que podría hacerse para reafirmar las percepciones positivas hacia los EE. UU. sería volver a lanzar la moribunda campaña para formar un Tratado de Libre Comercio de las Américas (TLCA). Los países restantes en la región con los que los EE. UU. no tiene un acuerdo de libre comercio (Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay, Uruguay y Venezuela) son también, de seguro no por mera coincidencia, aquellos que tienden a tener los ciudadanos menos proestadounidenses. Un TLCA para el cual los EE. UU. haga verdaderas concesiones en cuanto al proteccionismo agrícola podría ayudar a cambiar los cálculos de los países que están verdaderamente negados, basados en cálculos económicos.

La reforma de las leyes de inmigración de los EE. UU. también ayudaría. Según un informe del Inter-American Dialogue, “el fracaso de Washington en reparar el sistema de inmigración defectuoso de los Estados Unidos está creando resentimiento en la región, sobre todo en los puntos principales de origen y tránsito: México, Centroamérica y el Caribe”. Reiterando lo expuesto: nosotros encontramos poca evidencia de un resentimiento bullente en estos países, pero sí admitimos que una reforma migratoria bien dirigida solamente puede aumentar la buena voluntad hacia Estados Unidos.

ANDY BAKER Y DAVID CUPERY
Americas Quarterly
Profesor adjunto en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Colorado, en Boulder. David Cupery es candidato a Ph. D. en el Departamento de Ciencias Políticas de esa misma institución.