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Editorial: Se marchita la coca

Tal como lo reveló en exclusiva este diario el pasado domingo, los cultivos de coca en el país presentan una significativa disminución, de acuerdo con los datos correspondientes al 2012 que pronto revelará el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos de las Naciones Unidas.

Dicho sistema de medición, basado en imágenes satelitales complementadas con información recopilada en lugares críticos, ha permitido un seguimiento continuo de la evolución de los narcocultivos desde 1999. Fue esta la fuente que informó de aumentos preocupantes, como el registrado en el año 2000, cuando se llegó al triste récord de 163.000 hectáreas. Y es la misma que ha posibilitado identificar una tendencia a la baja desde el 2007, con la excepción del 2011, cuando se registró un leve repunte.

Y así, mientras en el 2011 se prendieron las alarmas por el sutil aumento, en el 2012 ha ocurrido una sensible disminución: de 64.000 hectáreas a 48.000, un 25 por ciento. La cifra es muy cercana a las 45.000 existentes en 1994, época en la que los laboratorios clandestinos de los carteles se surtían de base de coca proveniente de Perú y Bolivia.

Tan importante reducción es resultado de diversos factores. Ante todo, refleja una mayor capacidad del Estado colombiano para ejercer control territorial, algo que debe ser motivo de optimismo y reconocimiento. Sin duda, es una buena noticia el que la presencia estatal en muchas regiones cocaleras ya no se limite al fugaz paso de una avioneta que asperja fumigante, sino que incluya también control de la resiembra y, lo más importante, proyectos productivos para los cultivadores, prueba contundente de que en este campo la mejor estrategia debe incluir como objetivo ganarse los corazones de la gente.

Pero tan cierto como que han sido efectivas las acciones gubernamentales, lo es que paulatinamente las organizaciones criminales han migrado hacia otras fuentes. Entre ellas se destacan la minería ilegal –que hoy representa alrededor del 20 por ciento de los ingresos de las Farc, bien sea por explotación directa o por cobro de ‘vacuna’ a mineros en zona bajo su control– y el cultivo de nuevas variedades hidropónicas de marihuana, como las que hoy crecen en invernaderos del Cauca, con demanda creciente en el mercado interno.

Otro elemento es el llamado ‘efecto globo’, como se denomina al crecimiento de hectáreas sembradas en otros lugares cuando en una determinada región se logra una disminución.

Las cifras de Perú, donde hay una tendencia al alza, al punto de que el año pasado sobrepasó a Colombia en área cultivada, y de Bolivia, que en el 2012 se retiró de esta medición cuando sus guarismos crecían, aportan indicios en tal sentido. Sería deseable tener un panorama más claro de la situación en Ecuador y, sobre todo, en Venezuela, hoy una auténtica caja negra.

Con todos los matices mencionados, el que hoy sea sustancialmente menor la cantidad de suelo colombiano dedicado al cultivo de matas de coca es un hecho alentador. Esta realidad se suma a la cifra, también sin precedentes, de 203 toneladas de cocaína incautadas el año pasado. Lo que demuestra que cada vez es más difícil que florezca esta actividad ilegal en el país.

Pero no se puede cantar victoria ni bajar la guardia.Las organizaciones criminales se caracterizan por su sorprendente capacidad de adaptación. No queda sino reproducir en estos nuevos frentes los aciertos y evitar caer en los mismos errores de una larga guerra, que por fin ofrece un parte esperanzador.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
18 de junio de 2013
Autor
Editorial

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