Midiendo Estrellas

Midiendo Estrellas

La historia de cómo empezó la investigación sobre el tamaño estelar.

Midiendo Estrellas
30 de mayo de 2013, 11:27 am

En el verano de 2001 pasé varias semanas como voluntaria en el Harvard Smithsonian Center for Astrophysics
trabajando con la gran cosmóloga Margaret Geller, en ese entonces mi profesora de astronomía. Mi trabajo para Geller
consistía en observar miles de placas fotográficas que el telescopio espacial Hubble enviaba a la Tierra, y decidir,
a ojo pelado, si los puntos que estaba observando eran estrellaso galaxias. Sin saberlo entonces, yo estaba haciendo
algo parecido a lo que hace exactamente un siglo, en este mismo lugar, hiciera calladamente una astrónoma llamada
Henrietta Leavitt.

Sucede que miss Leavitt fue responsable de uno de los grandes adelantos en la astronomía, y no obstante, casi nadie
habla o sabe de ella. Su contribución tiene que ver con un problema fundamental en esta disciplina científica: medir
las distancias entre objetos celestes. Aunque para comienzos del siglo XX existían técnicas para determinar qué tan lejos
estamos del Sol y de otras estrellas vecinas, la escala del universo, su tamaño verdadero, era un completo misterio.

Para intentar resolverlo, el Harvard Observatory empleó a un ejército de mujeres estudiantes de Radcliffe College,
incluyendo a Leavitt, cuya tediosa y repetitiva labor consistía en analizar, también a ojo pelado, medio millón de placas fotográficas para medir el brillo, la posición y el color de cada estrella. Les pagaban un salario mínimo para no tener que emplear el valioso tiempo de los astrónomos varones en ello. Y por eso las llamaban “computadoras humanas”.

Leavitt, no obstante, fue más allá. Se había obsesionado con una clase de estrellas llamadas Cefeidas variables, cuyo brillo varía de intensidad durante períodos de días o semanas. Leavitt terminó descubriendo una relación entre la luminosidad de esas estrellas y el período de su pulsación. Poco después de su muerte, los astrónomos, incluyendo al célebre Edwin Hubble, se dieron cuenta de que este descubrimiento era la clave para medir las distancias entre los cuerpos celestes lejanos.

Las estrellas de Leavitt, simplemente, habrían de cambiar para siempre nuestra imagen de la enormidad del universo. Y esta es la historia hermosamente contada por el periodista científico
del New York Times, George Johnson, en ‘Antes de Hubble, Miss Leavitt’. Más importante aún, Johnson revela un profundo análisis del papel de la mujer en la ciencia de hace un siglo. Las mujeres del ‘harem de Pickering’ (por Edward Pickering, director del Observatorio), como se las llamaba, fueron contratadas por su supuesto poder de concentración, e inicialmente nadieles daba crédito por sus capacidades intelectuales. Tampoco se permitía a una mujer operar un telescopio.

El mismo Johnson tenía inicialmente la idea de hacer un libro sobre el problema de las Cefeidas, mencionando tangencialmente a Leavitt. “Pensé que podía hablar sobre ella en el primer capítulo y después seguir adelante”, escribe Johnson en el prólogo. “Pero Henrietta Leavitt se negó a marcharse de la historia. No podía sacar a esta mujer de mis
pensamientos. Y entonces me encontré a mí mismo volviendo al principio, e investigando su genealogía. Y poco a poco
los pocos esbozos biográficos se fueron sustituyendo por un ser humano con una historia que contar”.

ÁNGELA POSADA-SWAFFORD
MIAMI