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La profesionalidad de los educadores

Un tema siempre presente cuando se aborda la calidad de la educación es el nivel de preparación de maestros y directivos. Muchos estudios demuestran que este es el factor definitivo en el progreso social y la generación de modelos pedagógicos eficaces. Se insiste en la importancia que tienen estos profesionales en países como Corea del Sur, Japón o Finlandia, donde quienes aspiran a enseñar son seleccionados de entre los mejores estudiantes de secundaria.

Todas las investigaciones coinciden en que las sociedades más adelantadas por sus logros en la economía, la ciencia, la tecnología y la cultura cívica profesan por los educadores un alto reconocimiento social y la profesión goza de un gran prestigio que, a su vez, genera mayor compromiso y responsabilidad de quienes se dedican a la formación de las nuevas generaciones.

De lo que no se habla tanto es de lo que constituye la esencia de la profesionalidad. En Colombia, durante muchos años, el movimiento sindical ha insistido de manera persistente en la profesionalización de los maestros, pero el énfasis se ha puesto sobre dos asuntos centrales: la titulación universitaria (donde ha habido grandes avances) y la remuneración económica (de progreso mucho menos visible). Sin embargo, profesionalidad y profesionalización no son la misma cosa. Que haya muchos educadores titulados y posgraduados y que tengan remuneraciones más competitivas no garantiza mejoras significativas en la calidad, como también se hace evidente en las investigaciones.

La profesionalidad, como definición social de una identidad colectiva, apunta mucho más a las condiciones de autonomía, códigos éticos, desarrollo de conocimiento generado desde el ejercicio profesional y capacidad de influir de manera permanente en la definición de las políticas públicas que orientan y regulan la formación y la actividad de los profesionales.

La constitución de las profesiones se remonta a los talleres de la Edad Media, donde los maestros artesanos se hacían cargo de la formación de los aprendices a partir de la práctica y la transmisión de los ‘secretos’ propios de cada oficio. Los gremios agrupaban a quienes se desempeñaban en cada especialidad y se encargaban de regular internamente los mercados de trabajo y de compartir los avances y progresos conseguidos. La agremiación, desde entonces, es la organización propia de los profesionales que comparten información, se asocian para investigar y se agrupan para regular socialmente el cumplimiento de sus responsabilidades sociales públicas y privadas.

Los educadores de hoy, en países como el nuestro, han fortalecido mucho su asociación sindical, pero todavía no logran constituirse a nivel gremial. Esto explica su enorme dependencia de normativas estatales en las cuales no participan con su conocimiento y experiencia, su formación académica –impartida de manera preponderante por profesionales de otros campos que no han ejercido nunca el oficio en aulas escolares– y los procesos de capacitación (palabra odiosa para un profesional) en los cuales ellos no tienen el protagonismo de la organización y la presentación de sus propios saberes adquiridos en la experiencia cotidiana. En el mejor de los casos les dan la oportunidad de narrar alguna “experiencia significativa”, concepto totalmente ausente en gremios como el de los médicos, los juristas, los ingenieros o los economistas.

Mejorar la condición de los maestros y conseguir que gocen del respeto y admiración social tienen que pasar necesariamente por nuevas formas de agremiación que reconstruyan la imagen pública de una de las profesiones más importantes para la sociedad. Esto permitiría ampliar espacios de participación e incluir a quienes trabajan en la educación privada, dependientes, a su vez, de lo que deciden las asociaciones empresariales de la educación.

fcajiao11@gmail.com

 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
20 de mayo de 2013
Autor
Francisco Cajiao

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