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Ropa fina, muertes ordinarias

Hace tres semanas se vino abajo en Dacca, capital de Bangladesh, un edificio que ostentaba el pomposo nombre de Rana Plaza. Cuando se apagó el estruendo de la estructura aplastada y se asentó el polvo de los ocho pisos caídos (cuatro de ellos construidos ilegalmente), aparecieron bajo las ruinas del que había sido un local para bancos, tiendas, apartamentos y oficinas 1.127 cadáveres humildes, en su mayoría de mujeres que trabajaban de sol a sol por un sueldo de 72.000 pesos mensuales hacinadas en talleres semiclandestinos de costura.

La víspera de la tragedia se detectaron grietas en el edificio. Bancos, almacenes y oficinas cerraron de inmediato sus puertas y dieron vacaciones al personal. Pero los capataces de los galpones de costura obligaron a los trabajadores a continuar las jornadas normales, y una conocida firma amenazó con multar severamente a la empleada que se ausentara. Había que cumplir las exigentes cuotas de producción o morir en el intento. Murieron.

En ese cementerio polvoriento también quedó expuesto un sistema de explotación que, con el hambre, el temor y la salud de millones de obreros, sostiene a muchas empresas multinacionales encargadas de vender vanidad y prestigio en forma de ropa. Aquellas mujeres explotadas de manera inhumana han permitido que crezcan, se enriquezcan y se expandan por el planeta ciertas marcas famosas de textiles. Por supuesto que los ejecutivos que ganan sueldos de ocho cifras, las modelos pálidas que desfilan por las pasarelas y los vendedores de los almacenes no conocen a Reshma Begun, la costurera de 19 años rescatada milagrosamente con vida 17 días después de la hecatombe, ni a ninguna de sus numerosas compañeras. Pero sin ellas no habría utilidades, ni desfiles, ni sofisticados avisos en los medios de comunicación.

Si fuesen sensibles, las vitrinas de algunas de las grandes marcas de modas deberían haber colgado una corona funeraria en los centros comerciales del mundo, incluidos los de Colombia, con la leyenda: ‘En memoria de Rana Plaza’. Pensé proponer que se incorporara un discreto lazo negro a las camisas, faldas, pantalones, chaquetas, zapatos y ropa interior de H&H, C&A, Zara, Calvin Klein, Izod, El Corte Inglés, Benetton, Van Heusen, Arrow, Cato Fashions y demás fabricantes, en recuerdo de estas mujeres sacrificadas: apenas un detalle casi invisible y sin importancia, como la vida de ellas. Pero de seguro los habrían vendido como coleccionables, con un recargo.

Las novelas de Charles Dickens fueron el prontuario de la sociedad inglesa del siglo XIX, que edificó la revolución industrial en los hombros del trabajo infantil, y La vorágine, de José Eustasio Rivera, denunció a las compañías caucheras que reventaban por igual selva y seringueiros. Esta vez no se necesitó la literatura para destapar la atroz realidad de la globalización, que se sustenta en tres inclementes principios neoliberales: las pagas de hambre a los trabajadores, el desmonte de los sindicatos y el alegre galope de los capitales por encima de las fronteras en busca de normas que los favorezcan. El gobierno de Bangladesh lo sabe. Por eso ha aceptado cambiar su legislación, que estaba hecha a la medida del capitalista.

Como sería absurdo no aprender nada de los desastres, las principales textileras mundiales están firmando un acuerdo para mejorar las condiciones de las costureras de Bangladesh, aceptar los sindicatos y realizar inspecciones de seguridad independientes. Dos de ellas, sin embargo, se niegan hasta ahora a suscribir compromisos vinculantes. Son Gap, pontífice de la ropa juvenil, y la cadena Walmart. Miles de ciudadanos indignados se agrupan en torno a Avaaz (http://www.avaaz.org/es/) y otras ONG para presionar un acuerdo contra la explotación de las costureras.

Yo pediría, además, que ninguna persona solidaria compre productos de Gap o de Walmart mientras se resistan a firmar.

Daniel Samper Pizano
cambalachetiempo@gmail.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
19 de mayo de 2013
Autor
Daniel Samper Pizano

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