Estómago

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Estómago
18 de abril de 2013, 09:53 pm

 Por supuesto: “la paz”. Claro que sí: la esperanza de que los negociadores en La Habana –los representantes de la mediocre “república neoliberal” y los marxistas supuestos que cometieron los secuestros más largos y despiadados de la historia– sepan que lo que importa y lo que sirve es la justicia. Y sí: el afán de que se vaya extinguiendo una de las tantas batallas de esta guerra que ya es una forma de vida. Pero ahí están, clavadas en la pantanosa realidad para aquellos que quieran saber qué diablos se nos viene, las vallas que se ha atrevido a poner el candidato uribista Francisco Santos en ciertas orillas de ciertos caminos del país. ‘Adivine quién ha matado más policías’, puede leerse en el centro del cartel, en mayúsculas, entre una foto del traficante Pablo Escobar y otra del guerrillero Iván Márquez. ‘Queremos la paz sin impunidad’, se lee abajo.

Y es útil que esté allí ese letrero pues así es evidente que, si el Gobierno llega al fin a un pacto razonable con las Farc, lo que sigue en la melodramática historia de Colombia es la pregunta de si tendremos el estómago para recibir de vuelta a los que hemos llamado “los violentos” –con la ilusión de que la violencia sea de ellos– en esta sociedad plena de víctimas pero también de moralistas que no creen en la ley: esta red de despreciados, de morenosrojas, de valientes, de vengadores, de incompetentes, de brillantes, de falsos liberales y de falsos conservadores, de royesbarreras, de héroes de puertas para adentro, de próceres que piensan que los negocios son la vida privada, de patrones nefastos y de trabajadores resignados a su suerte, que aún no aprenden a opinar sin someter.

Quién sabe. Quién puede saber si seremos capaces de vivir en un mismo país con “los violentos”, si tendremos adentro el coraje y el silencio para dar el paso de la venganza a la justicia.

“Can I forgive him?: no, I cannot”, cantan en The Capeman, el insólito musical de Paul Simon y de Derek Walcott “basado en hechos reales”, las madres de los dos adolescentes que fueron asesinados por el protagonista en agosto de 1959. “¿Puedo perdonarlo?: no, no puedo”: simplemente, como a las víctimas de todas las bandas que han castigado brutalmente la indiferencia de Colombia, les hace falta el estómago para hacerle más fácil al verdugo de sus hijos que pague sus culpas en el mundo de los vivos. Es el Estado –que es la medida de la voluntad de una sociedad– el que debe tener, para todos, ese “estómago”. Que se llama “la justicia”. Y es la verdad más su contexto, el sí o no y el porqué, el principio, el medio y el fin de cada historia. Y, aunque los negociadores de La Habana sigan colgando el “favor no molestar” en la puerta de los diálogos, pronto tendrá que confesarse cada horror para que todos los que se van a dormir con un fantasma puedan despertarse diciendo “no lo soñé: sí fue una pesadilla”.

Adivine quién ha matado, quién ha empobrecido, quién ha sometido más gente en Colombia: ¿vamos a jugar, en verdad, ese juego?, ¿seguirá cada cual exponiendo en sus propias vallas a sus propios victimarios y negando a los ajenos?, ¿nos reunirá justo a tiempo, en el borde de la aniquilación, la convicción de que tendremos que pasarnos el peor de los tragos si queremos desacostumbrarnos a la guerra?

El trágico expresidente Uribe supo encarnar el anhelo de un Estado de verdad, sí, pero después se hizo reelegir para nada: para el poder. Y sin embargo lo que representa –los riesgos de un Gobierno de víctimas, lo poco que vale la ley en Colombia, la importancia de que la derecha dé la cara– tendrá que ser invitado a la mesa de negociación. Sé que la sola idea revolverá ciertos estómagos. Pero el círculo vicioso empieza cuando las vallas se convierten en anónimos.
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