Yolanda Caballero, la atleta que no le quiere mendigar al Distrito

Yolanda Caballero, la atleta que no le quiere mendigar al Distrito

Alguna vez tuvo que cuidar carros para sobrevivir. Este lunes competirá en la maratón de Boston.

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11 de abril 2013 , 05:19 p.m.

Su vida ha sido una carrera de resistencia y ella ha tenido la entereza para correrla. Yolanda Caballero (31 años) es una atleta bogotana que este lunes 15 de abril competirá en la Maratón de Boston, la prueba de 42 kilómetros más antigua en el mundo. (IDRD asegura que sí ha ayudado a atleta que lamenta falta de apoyo).

Antes de contarnos su historia, posa para varios reporteros gráficos y algunos de televisión. Simula estar en una competencia y corre en la pista de atletismo del Centro de Alto Rendimiento de Bogotá. Esas son las imágenes que usarán los medios para anunciar su participación en la carrera del lunes. Ella lo hace con naturalidad, pero seria. Y aunque no le gustan las cámaras, sabe que hacerlo vale la pena y que solo pasa cuando se aproxima una competencia. “Ella es muy parca. Le cuesta mucho eso de figurar”, dice Constanza Pérez, su mamá.

A Yolanda le preguntan por su condición física, por sus marcas y por lo que significa para ella hacer parte del reducido número (única colombiana) en la categoría elite de atletas que fueron invitadas para participar en una de las competencias del World Marathon Majors (WMM), que reúne a las mayores maratones anuales del mundo: la de Nueva York, la de Chicago, la de Berlín, la de Londres y la de Boston. Algunos le piden que recuerde la historia de su esposo y entrenador, Fernando Rozo, quien murió en enero del 2012 por lo que ella denuncia como una negligencia médica. Pero con muy pocos habla de cómo para llegar a ser una de las mejores atletas del país tuvo (y tiene) que lidiar con la tacañería institucional.

“El apoyo que me da Bogotá, a través del Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD), es de 90 mil pesos mensuales. Lo de los buses (…) eso es casi una ofensa (...) yo no necesito que me den para comer ni para transportarme. Yo necesito un apoyo real. Lo mismo que los cientos de deportistas que reclaman reconocimiento a lo que hacen”, dice Yolanda, antes de contar que, consciente del poco apoyo a los deportistas en el país, decidió estudiar una carrera profesional que le garantizara que tendría con qué vivir.

A los 15 años terminó el bachillerato, a los 20 se graduó de ingeniería catastral y geodesia en la Universidad Distrital. “Me gustaba ese cuento de los mapas y de cómo integrar la geografía a la tecnología”, cuenta. Y a los 22 ya tenía un posgrado gracias a una beca que le dio la universidad por su buen rendimiento académico. “No por ser deportista. Acá el Estado sigue sin reconocer eso, muy diferente a lo que pasa en otros países”, reclama.

Mientras estudió, se rebuscó. Entrenaba y aprovechaba su habilidad con las piernas para irse corriendo de la casa a la universidad. “A veces no había plata para el transporte, entonces corría”. Y también les hacía las tareas a sus compañeros para recibir un dinero extra o cuidaba carros en Galerías y en el Parque Simón Bolívar. “Lo hacía con un amigo. Nos daban monedas. Era voluntario: lo que quisieran darnos y eso siempre nos servía para salir de apuros”, recuerda, sin pena, con una sonrisa. Tal vez, lo único que le quita esa expresión en su rostro es recordar la muerte de su esposo y lo que vino los meses siguientes.

“Una negligencia médica se llevó a mi esposo”

Fernando Rozo era marchista. Yolanda lo había visto durante muchos años, pero solamente se acercaron cuando ella decidió hacer una pausa para dedicarse a la ingeniería; se hicieron novios y se fueron a vivir juntos. “Decidí trabajar en mi profesión. Fui contratista del Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) y de otras instituciones. Fernando y yo nos empezamos a acercar cuando él decidió insistir en que volviera a la pista. Me decía que tenía mucho talento, que no lo podía desaprovechar”, cuenta.

Y así fue. Yolanda se dejó convencer, dejó la oficina, los horarios y los tacones. Volvió a correr. “Él era mi entrenador, mi compañía”. Tuvieron un hijo. “Y nos convertimos en un hogar tranquilo, feliz”. Pero en enero del año pasado, según cuenta, una mala atención médica cambió la vida de su familia. “Se levantó con dolor, se le paralizó la cara. Lo llevé al Hospital de la Policía (él era intendente y llevaba 18 años en la institución). Sin examinarlo, el médico que lo atendió dijo que se trataba de un problema intestinal y nos devolvió a la casa”, cuenta. Y continúa su relato entre lágrimas.

“Nueve horas más tarde, se complicó. No solo tenía la cara paralizada, sino que ya no podía hablar. Lo volví a llevar al hospital y otro médico, que tampoco lo examinó, dijo que efectivamente tenía un problema intestinal, le puso suero y lo dejó en un pasillo, mientras se recuperaba”, recuerda. Pero eso no pasó. Unas horas después, Fernando se quedó sin respiración. “Lloré, grité y pedí que lo atendieran de verdad”, dice Yolanda. Su esposo fue remitido a cuidados intensivos. Al quinto día de estar allí, murió. No tenía niguna complicación en el estómago, su muerte se produjo por un infarto del tallo cerebral.

El 2012 empezó así. Y su desempeño en la pista no fue el mejor durante ese año. “Aunque nunca la había visto entrenar con tanta entrega, los resultados no eran los esperados”, cuenta su mamá.

“Mi motivación era Fernando. Me decía a mí misma que debía hacerlo por él, correr por él, pero por dentro estaba mal. Mi hijo se enfermó y a mí me dejaron de crecer las uñas, el pelo. Fui a los Juegos Olímpicos y a pesar del entrenamiento no me fue bien”, dice la atleta.

A la muerte de Fernando se sumó la negativa de la Policía para darle la totalidad de la pensión que le correspondía. “Como vivíamos en unión libre, todo se dificultó. Hasta ahora estoy terminando de legalizar todo para reclamar lo que nos corresponde”, dice. Y anuncia una demanda. “Ya tengo abogado, estamos en eso”.

Nuevo camino

Este año empezó diferente para Yolanda. La invitación a la maratón de Boston, dentro del equipo elite de mujeres, le mostró una vez más que aún hay camino por recorrer. “Llevo varios meses entrenando, concentrada, sin nada que me interrumpa. Siento que la motivación real volvió, que estoy haciendo las cosas por mí”.

Y aunque sabe que la competencia del lunes es muy difícil, por estar entre las mejores del mundo, se siente tranquila por el simple motivo de haber sido invitada. “Sigo estando presente, eso es lo que importa. Esa es una nueva oportunidad”, asegura.

“Llevo en mi maleta de mano las zapatillas y el uniforme para correr. Eso me lo enseñaron desde hace mucho, que si se llega a perder algo, sea todo menos lo que necesito para competir”, dice horas antes de tomar el avión que la llevará a Boston, con la constante idea de hacer una buena marca en la competencia, que su mamá y su hijo esperan que sea transmitida por algún canal deportivo.

“No podemos acompañarla físicamente, pero estamos con ella. Ojalá podamos verla por televisión”, dice su mamá, quien en los últimos años decidió ponerse tenis y acompañarla, corriendo, en sus entrenamientos.

SALLY PALOMINO C.
REDACCIÓN ELTIEMPO.COM

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