Barranquilla, la ciudad soñada

Barranquilla, la ciudad soñada

La Arenosa celebra el día en que se convirtió en villa. Especialistas hablan de estos 200 años.

Barranquilla, la ciudad soñada
7 de abril de 2013, 03:10 am

A 200 años de haber recibido el título de villa, Barranquilla vuelve a entusiasmarse con la idea del progreso. Los tratados de libre comercio (TLC), que abrieron las puertas del país al mundo, aseguran privilegiar nuevamente sus costas y la capital del Caribe colombiano reclama su derecho a soñar.

Podrá tener graves problemas sociales y altos índices de pobreza e inseguridad, pero la esperanza parece alimentar los deseos de una población que se identifica en las encuestas como la más feliz del país. (Lea también: El renacimiento de la 'Puerta de Oro').

Para el historiador Gustavo Bell, embajador de Colombia en Cuba, varios factores vuelven a ubicar a su ciudad natal en el camino de la esperanza: “El cambio del entorno macroeconómico, derivado de los TLC suscritos, frutos de la lógica que impone la globalización; la relativa renovación política al frente de la administración distrital, con criterios de eficiencia y efectividad en el gasto público, y el creciente número de empresas que asumen su responsabilidad social frente a la ciudad”.

En los años 30, la capital del Atlántico era la tercera ciudad más industrializada y el primer puerto marítimo y fluvial de Colombia. En 1934 tenía 134 firmas industriales, que ocupaban a unos 5.000 obreros y 600 empleados. Me lo dice el historiador chileno Jorge Villalón, de la Universidad del Norte. Me explica que la noción de progreso se asocia aquí al crecimiento económico.

Esta idea predominaba cuando se llevó a cabo la habilitación de Bocas de Ceniza (la desembocadura del río Magdalena en el Caribe) para el comercio marítimo, entre 1924 y 1936. Karl Parrish, líder cívico de la época, dijo que este proyecto haría de Barranquilla “la ciudad industrial más grande del Caribe”. De hecho, entre los años 20 y 30 alcanzó el máximo grado de desarrollo, aunque ya en 1880 había inaugurado su acueducto.

A todo vapor

Vinieron la navegación a vapor por el Magdalena, la construcción del muelle de Puerto Colombia y el Ferrocarril de Bolívar. Miles de inmigrantes llegaron de distintos continentes, cargados de ilusiones y de libros. Empezó el montaje de fábricas, se activó el comercio, arribaron los teléfonos, el tranvía, la luz eléctrica, los semáforos y las salas de cine. Salieron periódicos, se abrieron teatros y se inauguraron escuelas. Desde café hasta electrodomésticos, todo entraba y salía del país por Barranquilla. Prosperidad y crecimiento de todo orden, incluido el urbanístico, cuyo máximo ejemplo de planificación y construcción fue el barrio El Prado.

La modernidad se extendía por todos los espacios públicos y privados de Barranquilla, y se dieron pasos importantes hacia una racionalidad del poder y una ética pública. Era una ciudad pequeña, pero cosmopolita. En los 30 convivían, como barranquilleros, extranjeros de 42 países. Personajes como el filósofo Julio Enrique Blanco, el científico Armando Dugand y el arqueólogo Carlos Angulo Valdés soñaban ya con una ciudad educada y educadora, que conociera su lugar en la historia y en el mundo. “En sus escritos –dice Gustavo Bell– se propugnaba por un conocimiento en profundidad del origen de nuestros antepasados y de nuestro entorno, tanto natural como humano, para que la ciudad tuviera una dimensión histórica y pudiera vislumbrar su futuro”.

Pero el apogeo duró poco. Factores políticos, económicos y sociales cambiaron el rumbo de Barranquilla, que empezó a decaer. La apertura del Canal de Panamá (1914) y el consecuente viraje del comercio exterior del país hacia Buenaventura causaron que Barranquilla perdiera poco a poco su condición de primer puerto de salida del café y, con ello, su rol en la economía nacional.

Bell agrega: “Después de la II Guerra Mundial, la aplicación de las recomendaciones de la Cepal, de inducir la industrialización con políticas proteccionistas, creó un marco adverso al desarrollo de la capital atlanticense. A esto se sumaron las migraciones rurales, para las que nuestra ciudad no tuvo capacidad de respuesta”.

En 1948 brotaron nuevas euforias. Al mantenerse arriba los índices de exportación y haber divisas para importar por Barranquilla, el Gobierno aplicó una política de comercio neoliberal, para felicidad de los mercaderes locales.

Jorge Villalón señala que la ciudad vivió uno de sus momentos sociales y culturales más interesantes, con “un ambiente artístico inolvidable, una orquesta filarmónica, una prensa con habituales artículos intelectuales de la altura de Luis Eduardo Nieto Arteta (historiador) y, sobre todo, una relativa paz social, que permitió la existencia de un grupo literario, cuna de artistas de estatura internacional y un premio Nobel de Literatura”.

El historiador chileno y el arquitecto Bell llamaron a esa década la de la “prosperidad del delirio”, que fue fugaz y “se debió a factores externos a la voluntad de los barranquilleros”.

A finales de la década del 50 se redujo el movimiento del puerto y la ciudad entró de nuevo en declive. Los estudiosos anotan que desde los 70 la gente empezó a añorar los 50, atándolos en su imaginación a los buenos tiempos de los 20 y los 30. Desde entonces, con vaivenes, la crisis de Barranquilla ha sido estable. Sube y baja el alto desempleo, nuevas urbanizaciones se extienden sin plan urbano, invasiones campesinas siguen formando tugurios y crecen la delincuencia y la pobreza. Sin liderazgo político, surgen movimientos sociales urbanos y colectividades de clase media ascendente, apoyados por sectores populares.

Esta ha sido una ciudad de gran desigualdad. Kenneth Loewy, magíster en Ciencias Sociales, lo reitera: “Quizá por estar mirando los lujos y novedades del exterior, no puso atención a la pobreza que la rodea, invasiones aprovechadas por el clientelismo, en un círculo vicioso que reproduce el esquema. En tiempos recientes se ha revertido, pero hay mucho por hacer”.

Para Loewy y para Carlos Bell, Barranquilla es una ‘ciudad veleta’, que no encuentra su camino. “Como costa, tenemos la mente afuera –dice Bell–, pero hemos vivido al vaivén del mundo exterior. De eurocéntricos a pro americanos”. Los más acomodados sueñan con Miami. La clase popular se integra con música y deportes al Caribe. Antes, cuando nos mirábamos al espejo, jamás veíamos al indio. “Después de la II Guerra Mundial, cambiamos al europeo por un gringo con casa y carro”, concluye el arquitecto.

El economista canadiense Lauchlin Currie (1902-1993), contratado dos veces para estudiarnos, lo advirtió: “Como la mayor parte de nuestra política ha sido tomada de países desarrollados, es difícil darse cuenta de que no siempre es la más apropiada para nuestras condiciones”.

“La ciudad se enfoca en la búsqueda de mercados internacionales y condiciones para ser competitiva, pero todavía es errática frente a las necesidades de gran parte de su población”, anota Loewy.

Carlos Bell lamenta que no exista voluntad, un grupo, una sociedad de mejoras, un consejo de ancianos, “alguien que diga: ‘Vamos para este lado’; es como si la historia nos llevara y todos nos fuéramos con la historia”. Pero la historia parece ofrecer hoy a Barranquilla otra oportunidad. Tras décadas de relativo estancamiento, vive un crecimiento inusitado. “Experimenta un auge comercial sin precedentes que, aunque le ha servido para ir saldando la enorme deuda social acumulada con la mayor parte de su población, la avasalla, tornándola más caótica, insegura, hostil y anárquica”, agrega Gustavo Bell. El diplomático sueña con una ciudad ordenada, de buenos espacios verdes y públicos, una variada vida cultural, ciudadanos educados y respetuosos de las normas básicas de convivencia; con un adecuado manejo ambiental y una sólida ética pública, que promueva el uso racional del poder político.

“Yo quisiera identificar la ciudad como espacio público, de encuentro, no depender tanto del carro”, opina su hermano, Carlos Bell. “Una ciudad de uso múltiple –complementa Loewy–, donde el abastecimiento esté a la vuelta de la manzana y los servicios necesarios, en el vecindario. Con la escuela, la iglesia, la tienda y la farmacia muy cerca. Sueño con una ciudad a escala del hombre que camina y no una ciudad de carros. El carro fue símbolo de libertad y hoy es la gran cárcel de las urbes”.

Una condición indispensable para alcanzar esa urbe soñada es una buena administración pública. “No hay duda de que avanzamos en esa dirección”, dice el embajador Bell. En los tiempos de Julio Enrique Blanco, Armando Dugand y Carlos Angulo, “se tenía claro el concepto de la polis, de esa escala humana que debe tener el desarrollo urbanístico de la ciudad, de cuyo devenir todos somos responsables. Hoy pareciera imperar el afán del crecimiento económico por encima del progreso social, cultural y espiritual de sus habitantes”, añade Bell.

En opinión del ingeniero químico Guillermo Heins, presidente de la agencia de promoción de inversiones ProBarranquilla, siempre les echamos la culpa a los malos gobiernos. “Esa culpa tenemos que asumirla los barranquilleros, porque nunca elegimos bien y nos hemos dejado corromper. Sólo desde hace unos 15 años empezamos a tener algo de conciencia”, estima.

Tadeo Martínez, corresponsal de la Semana, considera que la ciudadanía ha recuperado algo de la confianza en sus políticos. “La elección popular de alcaldes y gobernadores permitió el acceso de nueva gente al poder, aunque no se fortalecieron las instituciones, sino los candidatos –comenta–. El período de Álex Char (2008-2011) fue bueno porque generó una nueva confianza. El Gobierno volvió a creer en Barranquilla gracias a él. Todos le reconocen sus obras”.

“Lo que hizo en educación y salud es modelo nacional –añade Heins–. Creo que su equipo de trabajo, incluida la actual alcaldesa (Elsa Noguera), pegó en el clavo. Que la Alcaldía tenga hoy sus cuentas sanas y que, con poco dinero, se estén haciendo cosas es bueno. Lo malo es que aún hay mucha corrupción en todas partes. Estamos en los principios de un cambio sostenible para Barranquilla, pero esa sostenibilidad todavía no está asegurada. Se necesitan, por lo menos, cuatro alcaldías seguidas haciendo ese tipo de trabajo”.

Tal vez ningún lugar sea mejor para pensar la ciudad que la universidad. De ella deberán salir los profesionales que fortalecen sus instituciones y leyes de convivencia. “La universidad tiene que propiciar reflexiones sobre la vida urbana y tratar de incidir más en lo público, sin que ello implique involucrarse en partidismos –apunta Gustavo Bell–. Las universidades deberían tener la capacidad de generar una masa crítica de pensamiento, indispensable para la orientación del crecimiento y el desarrollo de una sociedad”.

En ese sentido, será fundamental la recuperación de la Universidad del Atlántico –cuyas finanzas ha saneado su rectora, Ana Sofía Mesa– porque, como lo dice Kenneth Loewy, “en Barranquilla, por las tendencias políticas de principios de los 60, se abandonó la universidad pública, mientras el sector gremial impulsó una universidad privada de calidad”.

Problemas es lo que hay. De corrupción y movilidad. Pandillas en barrios pobres. Bandas criminales de todo el país, que ocupan zonas cercanas al río para controlar el narcotráfico y huir. Extorsiones a comerciantes y empresarios, y tráfico de armas y gasolina. “La única forma de resolver esto es llevar institucionalidad a esos barrios –piensa el periodista Tadeo Martínez–, mejorar su calidad de vida, dar oportunidades”.

La criminalidad también se multiplica en la vecina Soledad, que ya es la segunda ciudad de la costa. Y la más peligrosa. “Es como una población medieval adonde todos los días llegan campesinos a construir sus casas con materiales de desecho, lona contaminada de desperdicios, casuchas de plástico”, resume Martínez.

“Las dos ciudades tendrán que solucionar juntas el problema –subraya Heins–. No con policía, ni con jueces, sino con empresas, oportunidades y esperanzas. Lo que se ha hecho no es suficiente. Si no se soluciona la situación de Soledad, la sostenibilidad de Barranquilla está en veremos”.

Optimismo frágil

Quienes creen en un nuevo momentum para Barranquilla argumentan su posición geográfica y el espíritu abierto y republicano de su gente, tan libre como aquella que la pobló en sus orígenes. Pero esta nueva ciudad dependerá, dice Gustavo Bell, “de una democratización del poder que conlleve a una nueva visión del Estado, una sólida ética pública, que obligue a todos, y una mayor interacción con el Gran Caribe”.

No habrá progreso sostenible para Barranquilla si no lo alcanzan también Cartagena y Santa Marta. Nuestros entrevistados son optimistas sobre el futuro. Pero los elementos positivos no dejan de ser recientes y, por lo tanto, frágiles. Como dice el embajador Bell, “aún no se han traducido en una masa crítica que asegure su permanencia”.

¿Resistencia, ductilidad, compromiso? ¿Qué condición hemos desarrollado los barranquilleros para transformar a Barranquilla en la ciudad que soñamos? ¿Con qué ciudad sueñan los políticos? Olvídelo. ¿Con qué ciudad sueñan Shakira, Sofía Vergara, Édgar Rentería y Teófilo Gutiérrez? Estoy seguro de que coinciden entre ellos. Quizás han pensado la ciudad, como nosotros. Quizás no es suficiente y seguimos perdiendo tiempo. Nos toca es hacerla. Empezar a pensarla y hacerla. Ahora, no dentro de 200 años.

Su historia no comienza en la Conquista

A principios de los años 50 del siglo pasado, el novelista Gabriel García Márquez, creyendo que Barranquilla no tenía historia, decidió inventarla. El catalán Ramón Vinyes, su maestro, le respondió que lo suyo era la ficción y que para escribir la historia de la ciudad estaban los cronistas, como el más famoso de entonces, Miguel Goenaga. ‘Gabito’ creó de todos modos la historia que quería en Cien años de soledad, pero no llamó a su ciudad Barranquilla, sino Macondo.

Me dice el historiador chileno Jorge Villalón, profesor de la Universidad del Norte, que en 1954 –el año en que inauguraron La Cueva– el arqueólogo Carlos Angulo Valdés había llamado por primera vez la atención de todos sobre un error consagrado por Domingo Malabeth: Barranquilla fue ‘fundada’ en 1629 por unas vacas sedientas, que llegaron de Galapa a beber agua al río en este sitio (seguidas por los indios que las pastoreaban). Valdés constató que antes de la Conquista había existido un asentamiento indígena en ese mismo lugar, que corresponde a los actuales alrededores de la Vía 40.

Atracadero de canoas en tiempos de Pedro de Heredia y de Gonzalo Jiménez de Quesada, lugar de encuentro de indios mercaderes y otros transeúntes, Barranquilla ha sido siempre vista como centro de comercio y cruce de vías en contacto con el mundo.

Solo hasta la década de 1980, según Villalón, empezó a hablarse de una historia de Barranquilla. Antes de eso, Gabo, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Ramón Vinyes se ufanaban de que la capital del Atlántico no tenía historia, aunque todos ellos la estuvieran haciendo. Tal vez fue Gustavo Bell, historiador, exgobernador del Atlántico y embajador en Cuba, quien inicio entre nuestra generación el proceso de recuperación de la memoria histórica de la ciudad, al escribir en 1981: “Barranquilla no es hija de la Colonia. Pero este hecho no nos lleva a concluir que la ciudad no tiene historia”.

En 1953 aparece la obra erudita de José Agustín Blanco sobre el periodo colonial, El norte de Tierradentro y los orígenes de Barranquilla. Blanco demuestra que existió aquí un pueblo de indios que los españoles llamaron Camacho, que pasó a ser una encomienda entre 1549 y 1560, cuando los indígenas fueron trasladados a Galapa, motivo por el cual el lugar se transformó en sitio de libres e hizo posible la llegada de mestizos, zambos y mulatos.

Lo que ha decidido festejar la ciudad por estos días es la fecha en que fue erigida villa, el 7 de abril de 1813, apenas 200 años atrás.

En su libro Historia de Barranquilla (2000), Jorge Villalón anotó: “Barranquilla no ha tomado aún cabal conciencia de que su historia no comienza con la llegada de los españoles, sino que se remonta a los cazadores-recolectores antiguos, desde hace unos 10.000 años”.

Por ignorancia o lealtad, el mito legendario de las vacas fundadoras parece seguir vivo y coleando, sobre todo en la calle 30, más conocida como Calle de las Vacas, donde se sigue rindiendo respeto o indiferencia a las reses que acostumbran deambular por allí todas las tardes.

¿Quién es el autor?

HERIBERTO FIORILLO
Pperiodista, escritor y director de cine. Lidera la Fundación La Cueva y organiza el Carnaval Internacional de las Artes, en Barranquilla. Ha escrito y dirigido tres películas (‘Ay, Carnaval’, ‘Aroma de muerte’ y ‘Amores ilícitos’) y otros trabajos audiovisuales, que le han valido cuatro premios nacionales de TV y otra media docena de reconocimientos periodísticos.