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El campeón de boxeo que surgió de la 'olla' más temida en Barranquilla

De niño, Eduar Marriaga fue 'campanero' de otros jóvenes que atracaban.

-Como era el más chiquito y me daba miedo, yo me ponía allá y les 'cantaba' la zona -dice el joven, señalando en diagonal con su brazo izquierdo el cruce suroccidental de la calle 34 con carrera 35, detrás del Hospital de Barranquilla.

Cualquier vehículo que va por la 34 en sentido norte-sur tiene que detenerse, de manera obligada: la 35 es preferencial de bajada.
Cuando llueve, por la carrera no transita carro, porque la vía se transforma en el peligroso arroyo de Hospital, que desemboca en el caño de la Ahuyama y este, a su vez metros más adelante, en el río Magdalena.

-Ellos, mis tres amigos, se ponían acá -agrega el joven, que habla de la época de invierno, al tiempo que muestra la parte noroccidental-. Cuando un carro paraba, ellos se iban encima, sacaban los cuchillos o el revólver y les quitaban las pertenencias a los ocupantes. Yo estaba pendiente por si venía la Policía.
Después, todos nos tirábamos al agua, dejando que nos arrastrara, pero antes de llegar a la calle 30 nos levantábamos y salíamos a vender lo robado.

Viste camiseta manga larga con rayas horizontales blancas y negras, y pantaloneta azul -con los nombres bordados de Comité Olímpico Colombiano y Coldeportes-, y calza chancletas. Se persigna y dice:

-Eso ocurrió cinco o seis veces, hace ocho años, cuando tenía 12. Gracias a Dios, la Policía nunca me capturó; muchos adultos me aconsejaron, y me di cuenta de que era injusto quitarle sus cosas a la gente. Más nunca lo hice.

Habla Eduar Antonio Marriaga Campo, representante de Colombia en los pasados Juegos Olímpicos de Londres y actual campeón nacional del peso ligero en el boxeo aficionado.

-Dos de esos amigos murieron y el otro está en la cárcel. Yo fui el único que se salvó -dice este ejemplo de superación y muestra de gente buena de la 'Zona Cachacal', como se conoce ese sector temible de Barranquilla.

Droga, muerte y cárcel

La cuadra arriba, en la calle 35, solo se puede transitar por un carril. La vía entera, desde la carrera 35 hasta la 36, está invadida por 13 gigantescos camiones y una grúa. Una botella de whisky Old Parr, vacía con seguridad después de reenvasarse algún ron artesanal, está en el suelo frente al derruido edificio de cinco pisos.
En una pieza de la segunda planta vive Marriaga.

-Ahora me siento más cómodo y relajado -explica el boxeador zurdo del Club Los Vallejos, que busca reanudar los estudios que dejó en octavo grado-. Hasta hace poco viví en el tercer piso, con mi mamá, mi hermana y una sobrina.

Todo el edificio era en el pasado un popular motel. La habitación de Marriaga, al fondo del pasillo en el sector izquierdo, mide cerca de 12 metros cuadrados, más el baño, que no lo separa puerta alguna. De color verde, abajo, y lila, arriba, es fresco gracias a un ventilador de techo encendido, además de los calados en las paredes del frente y del fondo, tapados estos en parte por un cartón para evitar claridad. La cama doble -con un oso blanco-, una mesita de noche que sirve de base al televisor pantalla plana
de 32 pulgadas y un equipo de sonido ocupan todo el espacio.

-Yo tengo muchos amigos de infancia perdidos en las drogas, muertos o presos. A los primeros les regalo ropa o les doy sus monedas para una chicha. A los últimos los visito seis veces al año a la cárcel La Modelo. Y ellos también me dan consejos.
Cuando me ven por televisión, me llaman y me dicen: "Echa pa'lante y cuídate, campeón. No cojas el mal camino". Uno de ellos, en la cárcel de El Bosque (también en Barranquilla), tiene su celda llena con recortes y fotos mías que han salido en los periódicos. Sus compañeros no creían que yo era su amigo de barrio.

Encima del equipo de sonido reposa el trofeo y la medalla que lo acreditan como 'El deportista aficionado del año 2012 en Atlántico', otorgados por la Asociación de Periodistas Deportivos (Acord).
Dos medallas más cuelgan de la pared, cerca de la cabecera de la cama, donde un palo de escoba para colgar la ropa limpia hace las veces de clóset. Las otras medallas y trofeos ganados en Colombia y el exterior los tiene su madre. En el piso, de cuadros blancos y negros, se observan el maletín azul de Colombia y seis pares de tenis, todos usados.

-Una tarde del 2003 caminaba con amigos cuando descubrí un gimnasio de boxeo en el barrio. Era el Club Olímpica, en la calle 38 con carrera 33. Le dije al entrenador (Andrés Miranda) si podía ponerme los guantes y me dijo que no. Que si quería, practicara al día siguiente. Volvimos todos a entrenar al otro día. Después, los demás se retiraron y yo me quedé. Al mes le gané a Víctor Villadiego, campeón nacional, y los técnicos de Atlántico, que vieron la pelea, me metieron a la selección infantil. Desde entonces he sido siete veces campeón nacional y he ganado medallas de todos los metales en Cuba, Brasil, Ecuador, Dominicana y Venezuela.

Como boxeador, nunca lo han roto en la cara, pero alguna vez, domingo por la tarde, ya practicando, le tomaron ocho puntos de sutura en la cabeza, resultado de un enfrentamiento a piedra por territorio contra una pandilla de otro sector contiguo temible, la 'Zona Negra'. Su madre, María Eugenia Campo, le dio una 'pela' (castigo), según su propio hijo, que dice que esa ocasión, cuando tenía 15 años, fue la última vez que estuvo metido en líos.
Amor a la madre y al box

-Yo a mi mamá la amo -dice el pugilista nacido en Barranquilla, el 25 de noviembre de 1992-. Ella es una guerrera y por ella, porque quiero darle el bienestar, estoy metido de lleno en el boxeo. Aspiro a ganar una medalla en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

En un patio escueto, a escasos 15 metros donde su hijo era el 'campanero' para que otros robaran en tiempos de lluvia, María, la madre, lava 12 porciones de sierra y les echa vinagre a 15 presas de pollo. Se apresta a encender los cuatro anafes llenos de carbón. Ese lugar, cubierto con cuatro grandes láminas de zinc, es su laboratorio donde cocina los almuerzos para venderlos en el puesto callejero del Paseo Bolívar (calle 34) con carrera 39.
'Maluquito', como llaman a Eduar en el pugilismo, ayuda esta mañana pelando plátanos verdes.

-El padre de Eduar me abandonó cuando estaba embarazada de tres meses: se fue a Maicao a buscar futuro y todavía lo estoy esperando -sostiene la madre-. Mi 'pelao' nació sietemesino, pero desde pequeño fue peleonero. Era un 'Happy' Lora (campeón mundial de boxeo de 1985 a 1988). Hacía como 10 peleas al día y me tenía cansada. Hasta que encontró el boxeo, gracias a Dios, porque eso le ha servido para cuidarse y dejar las malas compañías. Yo siempre le digo que estamos juntos, pero no revueltos... Le digo que uno tiene que evitarse las malas horas. Yo lo tengo encomendado a las ánimas de mis familiares.

En los dos primeros torneos nacionales en que participó, Eduar figura con el apellido Campo. El de su madre. Pero luego cambió a Marriaga, el apellido de su padrastro, Jesús, un celador del mercado público, quien lo reconoció como hijo. Al padre biológico, Arne Banquez, lo vio hace poco tiempo en la ciudad, pero su relación es de conocidos, no de hijo-padre.

-Yo sigo los consejos de mi madre. Este es mi barrio de gente buena, pero también de vicio, de delincuencia. Cuando tenía como 13 o 14 años y venía de entrenar de Olímpica, vi en la 37 con 35 cómo un tipo cruzó y le disparó dos veces a una mujer. Nunca supe si murió. Aquí he visto disparar mucho y he visto bastante gente perdida en la droga.

Camino al gimnasio, el taxi avanza por la calle 32, entre 35 y 36, con recicladores, gamines y prostitutas a ambos costados.
Algunos adultos toman licor. Un joven, desgarbado, lleva en su mano derecha un cigarro de marihuana. Eduar asegura que era buen boxeador. Al doblar por la izquierda, en la esquina de la 36, frotándose el ojo derecho, nos muestra a otro muchacho caído en el bajo mundo de la droga: el primer campeón nacional de boxeo del 'Club Promesas de mi barrio', ese espacio creado hace ocho años para evitar que muchachos tomen el camino equivocado.

-Aquí entreno cuando no estoy en la selección -dice al llegar al gimnasio de la calle 33 entre carreras 36 y 37, mientras saluda al director técnico Salomé Herrera, y se pone unos audífonos para escuchar música champeta-. Aquí me siento bien entrenado, con la ilusión de no defraudar a mi madre, a este deporte que tanto adoro y a una persona que es mi consejero, el señor José Vallejo (dueño del club al que pertenece), que con su testimonio de vida me deja claro que no importa de donde sea, si soy de la 'Zona Cachacal' o cualquier otro lugar, que lo importante es saber para dónde voy...

Estewil Quesada Fernández
Redactor de EL TIEMPO
Barranquilla.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Deportes
Fecha de publicación
5 de abril de 2013
Autor
Estewil Quesada Fernández

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