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Ana Fernanda Maiguashca, entre números y poesía

A partir de mañana, esta economista caleña de 38 años, será codirectora del Banco de la República.

Hay silencio en los pasillos del Ministerio de Hacienda. Es viernes, 5 de la tarde y la oficina de la viceministra técnica está cerrada. Ella sigue adentro.

Mientras organiza los últimos papeles antes de entregar su puesto, Ana Fernanda Maiguashca remueve también recuerdos. La casa de su infancia, por ejemplo, que quedaba en Pance, en el sur de Cali, con perros, gatos, pericos, libros y más libros. En ese tiempo, la mujer que desde mañana será codirectora del Banco de la República era una niña a la que tenían que arrancarle las palabras.
Los profesores del Colegio Colombo-Británico, donde estudió, le pusieron matrícula condicional a ver si con esa medida dejaba de ser tan callada. "Pasé la infancia metida en mi cabeza -dice-. Será por eso por lo que ahora hablo tanto."

Si se tratara de resumir su hoja de vida, habría que decir que se graduó de economista en la Universidad de los Andes; hizo un MBA en la Universidad de Columbia (Nueva York); empezó su carrera profesional en el Banco de la República -encargada del desarrollo del mercado local de capitales-; fue delegada adjunta de Riesgos en la Superintendencia Financiera; llegó al Ministerio de Hacienda como directora de Regulación Financiera y luego fue viceministra técnica, cargo en el que, entre otras cosas, debió lidiar con el trámite de la reforma tributaria en el Congreso.
Pero la mujer dueña de este recorrido laboral se enorgullece, por encima de todo, de otra cosa.

O, mejor, de alguien.

Ella voltea su silla y la señala en las muchas fotos que tiene detrás de su escritorio:

-Mi hija, Elisa. ¿No es bella?

* * * *

Ana Fernanda tenía 6 años cuando sus papás se separaron. Él, Franklin Maiguashca, ecuatoriano de estirpe inca, economista de profesión con un doctorado en Oxford. Ella, Ana Fernanda Olano, también economista, una de las pioneras en ocupar altos cargos gerenciales en el país y con maestría en Stanford. Los dos, sin embargo, antes que números, le enseñaron a su hija poesía y teatro. Su mamá le cantaba rimas de Bécquer, a las que ella misma les ponía música. Su papá solía saltar de sus habituales silencios y recitarle párrafos de Shakespeare o Bernard Shaw.

Cuando se divorciaron, la relación con su papá se hizo difícil.
Ahora, mientras revisa los últimos mensajes que le llegan a su oficina de viceministra, Ana Fernanda trae también a su memoria las muchas veces que, de niña, se sentaba frente a él y le pedía:

-Cuéntame historias de la Segunda Guerra Mundial.

Y su papá comenzaba y no se detenía. Era la forma que ella había descubierto para comunicarse con él. "Papá, recítame el Poema de los dones." Prefería esos momentos a los días en el colegio, donde la molestaban por su color de piel, aunque ni siquiera llegaba a ser morena. "Pero es que estaba en el Británico, no se le olvide", dice. Y no faltaban las bromas con su apellido.

El profesor llamaba a lista:

-¿Ana Fernanda Maiguashca?

Y el coro de alumnos repicaba:

-Venga y me la rasca.

Ana Fernanda se reía sobre todo al ver la cara que ponían los profesores. Desde entonces, se acostumbró a llevar un apellido extraño y tener que deletrearlo para que pudieran entenderlo:
Mai-guas-h-c-a.

Toca partirlo así, explica, porque el fonema shca no está en el procesador mental de las personas que no hablan quechua.
Muchos años después de las saboteadas escolares, Ana Fernanda le oyó a un tío paterno, Juan, que es doctor en historia y vive en Toronto (Canadá), el origen inca de su apellido y su familia.
En quechua, le explicó él, Maiguashca significa bienamado.

En su memoria también está un viaje que hizo con sus papás y con su hermano Manuel (cuatro años mayor que ella y también con una hoja de vida en el sector público) a Ecuador, a la casa de sus abuelos, Segundo y Eloísa.

Ana Fernanda no llegaba a los 5 años, pero tiene claro el momento en que vio a unos cangrejos azules saltar en el patio antes de que llegaran a los platos de los adultos. Ella estaba antojada, pero su mamá no la dejó probarlos: le dio miedo que le hicieran daño. (Hoy los cangrejos son su comida favorita.) Ese día oyó muchas historias de sus antepasados, que no dejaron de interesarla. Por eso hoy, entre sus proyectos, está aprender quechua. Hace poco le pidió a su papá -que regresó a Ecuador y es profesor- que le enviara libros para empezar a entrenarse. Ya habla y lee algo de francés, sangre que le corre por línea materna, por su abuela Georgette Shede.

Los libros, en general, han estado de su parte siempre. Todo lo que aprendía de poesía en casa le sirvió para ganarse un espacio en el colegio: se volvió experta en escribir cartas de amor por encargo. Sus amigas le daban pistas del destinatario y ella procedía. "Era como El Poeta de La ciudad y los perros", dice y se refiere al personaje de la novela de Vargas Llosa que de niño también escribía cartas para sus amigos.

Ana Fernanda se graduó con buenas notas y un Icfes de 380. "Eran tiempos ñoños", dice. Los describe como si ese juicio se le hubiera acabado. En ese momento, su idea era estudiar biotecnología en otro país, pero el dinero de la familia no alcanzaba para pagarle una matrícula en el exterior.

Decidió estudiar economía en Bogotá. Quería una carrera que "le entrenara la cabeza y le ejercitara la mente". En los Andes se peleaba con ella misma, no cuando sacaba una nota regular, sino cuando no entendía las cosas. Al tiempo que llenaba los días con materias de su carrera, completaba el semestre con cursos de humanidades, que le ofrecían aire. Tomó clases, por ejemplo, con los maestros Abelardo Forero Benavides y Germán Arciniegas.

Durante esos años descubrió su versión rumbera. Si algo le hace falta hoy, cuando el tiempo no alcanza, es bailar. Cuando empezó a trabajar, en el Banco de la República, armó un combo de amigos con los que iba a Quiebracanto y a un sitio de La Candelaria, al que "le sudaban las paredes": El Antifaz de la Calle Luna. Si querían algo más tranquilo, iban a donde Marielita a cantar tango.

* * * *

Pero no es solo la falta de tiempo. Hoy es otra. Ya rumbeó todo, ya se emborrachó y se "desemborrachó", como dice, y ahora las horas que no dedica a un documento técnico prefiere vivirlas junto a su hija, Elisa, de 5 años, a quien le recita poesías de Rubén Darío y la duerme con Margarita, está linda la mar. Ana Fernanda se casó a los 26 años con Gustavo Morales, caleño también. (En alguna parte él debe tener el cartapacio de cartas de amor que ella le escribía.) Era una relación que iba y venía. Cuando Ana Fernanda estaba lista para irse a Nueva York como alumna de Columbia, tenía la idea de irse sola.

Sin embargo, él le dijo:

-¡Antes nos casamos! Si te vas sola, allá te enamoras de un banquero de inversión.

Se casaron por lo civil. Y viajaron juntos. Estuvieron en Nueva York del 2000 al 2002. "Fuimos a tumbar una torre y volvimos", dice Ana Fernanda, con quien resulta difícil pasar más de cinco minutos sin soltar una carcajada. El 11 de septiembre del 2001, a la hora en que las torres caían, ella estaba en clase. Había oído rumores de que pasaba algo mientras iba en bus a la universidad, pero siguió hacia el salón y el profesor dictó la cátedra. Cuando salió, se enteró de la tragedia.

En ese momento se dio cuenta de que estaba preparada para afrontar la violencia: había vivido los peores años del narcoterrorismo en Cali y muchos conocidos perdieron la vida en el atentado contra el avión de Avianca. Su papá, preocupado por lo que pudiera pasarle en Estados Unidos, le recomendó que se fuera a vivir a Toronto, a donde su tío. Ella solo le respondió:

-Papá, eres economista. Saca las probabilidades de que algo me pase aquí.

Y se quedó.

Cuando volvió al país, con título en mano, Ana Fernanda empezó a mostrar sus capacidades. Al ver de qué estaba hecha, comenzaron a aparecer también varios mentores. Ella nombra, entre otros, a Juan Pablo Zárate, a Patricia Correa, al ministro Mauricio Cárdenas y a uno que, incluso, no debió enterarse de lo mucho que le enseñó: Miguel Urrutia, por más de diez años gerente del Banco de la República. "Yo le aprendí a él hasta cómo debe uno sentarse en una reunión".

Ahora, cuando sea parte del equipo que tomará las decisiones de la política monetaria del país, Ana Fernanda tendrá nuevas oportunidades para mostrar su tesón. Está entusiasmada porque lo que viene es un trabajo más para pensar. Y leer. En la oficina leerá documentos económicos. Pero tendrá más tiempo, en casa, para leer poemas de Pedro Salinas o seguir con las novelas que tiene por terminar. "Cuando sea grande quiero estudiar literatura", dice Ana Fernanda. También ha dicho que cuando sea grande quiere hablar quechua y tomar fotografías. Le gusta tener proyectos. Ha escrito cuentos pero terminan guardados en el cajón, "como pasa con los escritores sin talento". En una ocasión, motivada por su esposo, se presentó a un concurso. No ganó, pero le publicaron el relato.

* * * *

Al final de la tarde, Ana Fernanda Maiguashca Olano -de 38 años, de signo leo, diestra- recoge cada uno de los dibujos que su hija, Elisa, le ha dado y que cuelgan en el tablero de su oficina. Los guarda en el morral de ruedas que se acostumbró a usar para no afectar su espalda.

-¿Será que uno tiene que pagar un precio por ser feliz? -se pregunta.

Y lo dice porque, al tiempo con sus alegrías familiares y profesionales, tiene que soportar a Libardo. Así le puso a su estómago, responsable de muchas de sus molestias diarias. Ana Fernanda no sufre de colon irritable, no, sino irritado. Y una gastritis rebelde.

Aunque no ha dejado atrás la timidez de su infancia, hoy sabe lidiar muy bien con ella, sobre todo cuando se trata de temas de trabajo.

Ana Fernanda Maiguashca (y cuando ella dice su apellido suena esa particular entonación que no se oye en los que no hablan quechua) está lista para el reto que inicia. Es un sueño más que hará realidad. Los sueños pendientes tendrán su hora. Cuando sea grande.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción de EL TIEMPO 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Política
Fecha de publicación
13 de marzo de 2013
Autor
MARÍA PAULINA ORTIZ Redacción de EL TIEMPO

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