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Editorial: El ocaso de los nevados

Los nevados del país son gigantes que deslumbran. Transforman el paisaje en cualquiera de nuestras cordilleras, son elemento clave en los ecosistemas en los que se insertan, además de ser destino turístico de caminantes y escaladores. Pero la suerte de tenerlos hoy contrasta con su ya inevitable ocaso.

Así lo acaba de dejar muy claro el Ideam. Un estudio inédito de la entidad, el más importante hecho en el país y que se transformó en el libro Glaciares de Colombia, más que montañas con hielo, indica que hemos perdido el 57 por ciento de esas porciones congeladas en los últimos 30 años. Y, según esta tendencia, el escenario más probable es el de que todos los nevados del país desaparezcan antes de 30 años.

En 1850, Colombia tenía 17 grandes áreas cubiertas con nieves perpetuas, de las cuales hoy sobreviven solo seis. Pasamos de tener 374 kilómetros cuadrados de glaciares en esa época a solo 45 -que hoy sobreviven casi de milagro-, una pérdida del 84 por ciento, que comenzó a acelerarse, como en ningún momento de la historia, desde 1980. La emblemática sierra nevada de El Cocuy, entre Boyacá y Arauca, se derrite a pasos agigantados. Más dramática es la situación que hoy presenta el noble Santa Isabel, que ya perdió cerca del 94 por ciento de sus copos de nieve. Cada año se esfuma de sus laderas entre el 3 y el 5 por ciento del hielo, retroceso que también es evidente en la sierra nevada de Santa Marta y en los nevados del Huila, el Tolima y el Ruiz.

Si algún sector de la población del país aún necesita pruebas para confirmar que el cambio climático global está haciendo estragos en nuestro territorio, estas cifras deben servir para desvanecer cualquier asomo de incredulidad.

Ahora, por más que dibujen un panorama crítico, no deben ser usadas para instigar el fatalismo. Lo que hoy sabemos sobre el acelerado deshielo de estos picos montañosos tiene que ser un argumento más para tomar decisiones urgentes.

Porque el que una montaña deje de ser nevada no se puede valorar únicamente como un accidente paisajístico. Entraña retos que ahora comienzan a salir a la superficie. De los glaciares de El Cocuy, por ejemplo, sale el agua que surte a 3.500 campesinos minifundistas que habitan sus laderas, la mayoría de Boyacá, y para los que se deberán buscar alternativas de abastecimiento.

Ocurre lo mismo para 3.000 personas que dependen del nevado de Santa Isabel, que laboran en latifundios ganaderos o usados para cultivos agrícolas y que tendrán cada vez más dificultades para obtener riego y saneamiento.

El cuidado de los páramos es otro desafío que queda implícito. Los nevados regulan la temperatura de estos ecosistemas y, de paso, crean las condiciones ambientales para que allí se reproduzcan plantas y animales, como frailejones y pequeños anfibios. Ahora urge crear opciones para que esas fábricas de agua sigan sobreviviendo sin nieve en sus alrededores, con una temperatura global cada vez más alta y un país en donde los acueductos veredales o municipales del Eje Cafetero y el Tolima se hacen cada vez más vulnerables a temporadas secas o de pocas lluvias.
Por eso, el Ideam, como en una partida de ajedrez definitiva, está dejando ver un crudo diagnóstico que merece el diseño de una estrategia seria, que enfrente sin titubeos este deshielo sin retorno.
La consolidación de las áreas protegidas ya existentes, frenar al avance ilegal de la agricultura (que cada vez se acerca más a sitios sensibles de alta montaña) y el blindaje de lugares de importancia ambiental frente a la minería, ahora más que nunca se volvieron imprescindibles.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
1 de marzo de 2013
Autor
Editorial

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