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¿La maternidad a cualquier precio?

Hace unos años, Elizabeth Badinter, en uno de sus últimos libros, titulado El conflicto: la mujer y la madre, nos prevenía de una involución silenciosa que se estaba gestando en toda Europa y que buscaba volver a ubicar la maternidad como núcleo duro e imprescindible del destino femenino. Volver a "la buena madre", aquella que tiene que esforzarse por darles todo a sus hijos: su tiempo, su leche y su energía. Semejante afirmación representaba un ataque frontal a lo que las mujeres de mi generación habíamos adquirido gracias a nuestra revolución, cuando la anticoncepción nos cambió la vida y cuando descubrimos que el deseo de hijo no era ni universal ni constante. Nos volvimos, entonces, capaces de hablar de la otra cara de una maternidad que había sido tan fetichizada y sacralizada por la cultura patriarcal.

Pues bien, en Colombia parecería que ni siquiera los efectos de nuestra revolución se han hecho sentir, por lo menos en lo que se relaciona con el deseo de ser madre. Aquí, las mujeres roban bebés, matan para robar recién nacidos y desean tener hijos desde los 12 años. Aquí el destino de una mujer continúa siendo el de ser madre a cualquier precio. Hablar de la otra cara de la maternidad es aún tabú, cuando debería ser un tema de debate en colegios, universidades y familias y representar el núcleo duro de políticas públicas de salud sexual y reproductiva.

Empeñarse en mostrar que hoy día la maternidad ya no define la feminidad debe ser uno de los temas prioritarios de la educación sexual. Fue una conquista de nuestra revolución, una conquista duramente peleada, y no estamos dispuestas a dar un solo paso atrás.

Y sí, existe otra cara de la maternidad, oculta, difícil de expresar aún, para la cual parecería que no existen ni palabras, ni voces, ni escuchas. Pero que existe, existe. Hay madres que confiesan que, si hubieran sabido lo que significa volverse madre, lo habrían pensado un poco más. Pero nadie les contó, nadie se atrevió a contarles todo lo que puede soñar y realizar una mujer que decide lo contrario. Y nadie les contó tampoco lo de las múltiples noches en blanco, el dolor de los senos llenos de leche y las responsabilidades que genera dar a luz a un hijo, expresión tan bella y tan comprometedora.

Dar a luz: entregar a la luz, es decir, a la vida, un infante, que necesita mucho más que leche y sopita, pues necesita, ante todo, cuidados intensivos durante muchos años, cuidados que, en la gran mayoría de los casos, entregan las madres. Y solo las mujeres que se han vuelto madres, aun desde el profundo deseo de serlo, saben lo que significa entregar su energía a un recién nacido. Y sí, las condiciones materiales que rodean la maternidad siguen siendo agotadoras. Y con esto no estoy diciendo que todo se volvió fácil para las mujeres que deciden no tener hijos. Ellas son constantemente llamadas a justificarse porque la sociedad no está lista aún para oír que, si bien existen muchas madres felices, hay otras frustradas y amargadas, que tal vez habrían sido más felices si hubieran sido capaces de tomar la decisión contraria. Pero eso aún es casi imposible, pues el enorme peso de una cultura maternalista, que sacralizó la maternidad, habita en la gran mayoría de adolescentes y mujeres colombianas. Cambiar esto tomará décadas y se logrará solo si existe una verdadera voluntad política que impregne la totalidad de una política pública dirigida a las mujeres.

Es tiempo de repetir hasta la saciedad que la maternidad ya no es el factor determinante de la identidad femenina. Gracias a la anticoncepción y a la legalización del aborto para todas en muchos países, el mundo de las mujeres se dividió y se diversificó. Elizabeth Badinter, gran filósofa francesa, nos dice que no querer aceptar esto es ser ciego. Y tiene la razón.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
12 de febrero de 2013
Autor
Florence Thomas

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