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Pepita Machado, el otro amor de Simón Bolívar

No solo amó a Manuela Sáenz, una caraqueña lo cautivó durante las horas más difíciles de su vida.

Con frecuencia hemos oído hablar de los amores de Simón Bolívar. Nos hemos acostumbrado a aceptar que dos habrían sido las mujeres que ganaron el corazón del Libertador. Una de ellas fue su esposa, María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza. La otra, la quiteña Manuela Sáenz, con quien se ha asegurado que tuvo la relación amorosa más larga.

Quienes se han detenido a estudiar el entusiasmo amatorio de Simón Bolívar han elaborado una lista de aquellas que más le inquietaron el corazón. En ella figuran los nombres de, por mencionar solo algunas, Fanny de Villard, Teresa Lesnais, Ana Lenoit, Julia Cobier, Bernardina Ibáñez y Joaquina Garaicoa. Llama la atención que ninguna de las citadas hasta este momento era natural de Venezuela.

A partir de lo dicho, cabe una pregunta inmediata: ¿no hubo una compatriota del Libertador que supiera conmover su fibra de hombre apasionado? La respuesta es afirmativa: la hubo. En las primeras reflexiones sobre este tema se le citaba como Josefina Madrid. Hoy se sabe que el nombre verdadero era Josefina Machado, aunque entre familiares y allegados era conocida como Pepita o Pepa Machado.

Pertenecía al estrecho círculo de privilegiados de la fortuna que tenían una posición destacada en la Venezuela colonial. Es un hecho que la cercanía entre ambos se fortaleció a partir de agosto de 1813, cuando el ejército libertador entra triunfante a Caracas. Venía de reconquistar territorio venezolano desde los Andes hasta la zona central. Cuando la avanzada de oficiales llega al centro de la ciudad, el general desciende del caballo. Al poner pie en tierra es rodeado por un grupo de jóvenes. Algunos años más tarde, José Domingo Díaz, periodista e historiador venezolano, dirá que sumaban “dos o tres docenas de señoritas”.

La pequeña tropa femenil, todas ataviadas de blanco, coronan al general con rosas y laureles, y riegan con flores el camino por donde el héroe va pasando. La música, los vivas y los fuegos artificiales resonaban por toda la ciudad. Con seguridad entonaron canciones patrióticas y portaron las insignias que identificaban a los triunfadores. Pues bien, una de esas jóvenes era Josefina Machado. La íntima relación entre ambos comenzó a tejerse en ese mismo instante.

Consejera y amante

Con Josefina Machado, Simón Bolívar inaugura una práctica pública que mantuvo a lo largo del tiempo con las parejas que tuvieron relevancia en su vida. Así procedió, por ejemplo, años más tarde, con Manuela Sáenz. De tal manera, Pepita opina, ejecuta, decide y dirige. Interviene en los asuntos de Estado y es una interlocutora valiosa para el amante general a la hora de asignar cargos de responsabilidad.

Pero la volátil fortuna sella la suerte de la naciente república. Llega el año de 1814 y las tropas de Boves arrasan todo a su paso. Los habitantes de Caracas tenían dos maneras de huir: por La Guaira, en el norte de Venezuela, desde donde se podía tomar una embarcación a alguna isla del Caribe; o emprender el éxodo por tierra hasta el oriente del país. Es muy probable que Bolívar haya intervenido para que su amada tomara la primera ruta: era más rápida y segura, pero se necesitaban contactos para disponer de una embarcación, tan codiciada en esos momentos; el dinero para pagar el viaje también era importante. Ambos requerimientos: capacidad económica y las relaciones necesarias las tenía Bolívar.

El hecho cierto es que, desde ese mes de julio de 1814, la pareja no tuvo cercanía física por un buen tiempo. Pero estaban los vínculos epistolares. Con toda la agitación que vivía en esos tiempos de incertidumbre, Bolívar no le perdía pisada. De no haber mantenido comunicación constante, no habrían sabido dónde y bajo qué circunstancia se volverían a encontrar.

La ocasión se presentó en 1816 cuando se estaba organizando la expedición de Los Cayos. Brión es el financista de la empresa y solicita el mando para Bolívar. Este le escribe de inmediato a la joven, que vivía el exilio con la madre y la hermana en la isla de Saint Thomas. Pero las tres mujeres no llegan. Pasan los días y Brión exige la inmediata salida. En eso llega la noticia de que las damas se aproximan.

Vienen unos momentos que no pueden más que desconcertar a los lectores actuales. De repente, una expedición que se viene preparando cuidadosamente, pues de ella depende la recuperación de territorios perdidos, se suspende. ¿La razón? Pepita y Simón, Simón y Pepita. Ambos construyen el nido de amor durante dos días en una de las embarcaciones de la escuadra: La Constitución. Tenían casi dos años sin verse. Posiblemente los casi mil hombres que integraban la expedición pudieron entender que su jefe militar tenía necesidad de tal desahogo.

Finalmente salen de Los Cayos el 10 de abril de 1816. La acometida marítima tenía un primer destino en la isla de Margarita. Después estuvieron en Carúpano, ciudad en el noreste venezolano. En ambos lugares Pepita fue el centro de las tertulias a las que asistía la oficialidad. El 6 de julio, en la tarde, Bolívar desembarca en el puerto de Ocumare. Morales repele el ataque. Pepita acompañó a Bolívar en esa avanzada. En la huida, el Libertador dispone los medios para que “la señorita Pepa”, como solía llamarla, se refugiara nuevamente en Saint Thomas.

Nueva separación pero, a su vez, nuevas vigilancias del (para ese momento) maltrecho militar azuzado por las ansias de Pepita. Todavía en junio de 1818 siguen en comunicación. Pero el amante cela. Es cuando encarga a uno de sus primos, también exiliado en Saint Thomas, noticias sobre su esquivo amor. Leandro Palacios le transmite nuevas sobre la dama. Es seguro que el parte recibido del familiar lo intranquiliza, pues lee en esa carta: “Ella es una joven bien parecida, y de consiguiente no le faltarán pretendientes”. Bolívar no deja que algún pretendiente la asedie. Es así como la hace llevar a Angostura. Nuevo encuentro apasionado y pronta separación. Son muchas las exigencias militares del momento.

El Libertador está en campaña. Por el lado de ella, la más temida enfermedad de la época, la tuberculosis, mina su salud. Algunos dicen que sale de Angostura para encontrar al amado; otros, que se dirige a Nueva Granada en busca de sanación. El hecho es que muere en el camino, tal vez en Achaguas, en el centro de Venezuela. También en este punto hay incertidumbres. No hay certeza sobre el año de su muerte, pudo ser 1819 o, quizás, 1820.

En todo caso, estuvieron unidos, aun en la distancia, alrededor de seis años, si damos por cierto el deceso en 1819. Ella fue un hito en su vida del que, tal vez, ni él mismo tuvo conciencia. Cuando sale la expedición irlandesa desde Margarita el 6 de marzo de 1820 para liberar las costas neogranadinas, los seis buques de guerra que comanda el almirante venezolano Luis Brión van identificados con los siguientes nombres: Urdaneta, Orinoco, Brión, Bogotá, La Popa y Josefina. ¿Un último recuerdo para esta mujer singular?

MIRLA ALCIBÍADES
EL NACIONAL (VENEZUELA)/ GDA

Publicación
eltiempo.com
Sección
Internacional
Fecha de publicación
5 de febrero de 2013
Autor
EL NACIONAL (VENEZUELA)/ GDA

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