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Editorial: La segunda parte de Obama

En el día de hoy el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, hará en una ceremonia privada el juramento que marcará el inicio de su segundo período en la Casa Blanca. El líder demócrata, cuyo discurso en público y demás actos tendrán lugar mañana, repite mandato tras su contundente victoria de noviembre pasado, cuando superó al republicano Mitt Romney por un cómodo margen de cinco millones de votos.

Aunque la posesión normalmente viene rodeada de un tono festivo, el ambiente que se vive en el país del norte es muy distinto del que se respiraba hace cuatro años, cuando, bajo el lema del regreso de la esperanza, cientos de miles de personas se congregaron en la explanada que mira al Capitolio en Washington para presenciar el ascenso del primer afroamericano al que se ha denominado el cargo más importante del planeta. De la unidad y promesas de cambio de ese entonces se ha pasado a una gran polarización que trasciende el nivel político y que se siente en el plano social y étnico.

Buena parte de la culpa la tiene la pavorosa crisis económica que Obama heredó de su predecesor, George W. Bush. Si bien lo peor de la emergencia fue superado, la economía avanza a un ritmo mediocre y el desempleo está en 7,8 por ciento, por encima de su promedio histórico. Ante esa realidad hay propuestas contradictorias que se expresan en el Congreso, en donde la oposición controla la Cámara de Representantes, y la bancada oficialista domina el Senado.

Por cuenta de esa situación, es difícil construir soluciones de consenso, como lo demostró la fórmula de última hora que los parlamentarios encontraron a comienzos del 2013 para evitar el llamado 'abismo fiscal'. A pesar de que el peligro de recortes de gasto y aumentos de impuestos que entrarían a regir en forma automática quedó atrás, aún está pendiente el debate sobre el déficit federal y el techo de la deuda pública, dos variables que amenazan con descarrilar la tímida recuperación que se insinúa, si no son resueltas en pocas semanas.

Y esa polémica no es la única. Otra de factura reciente es el interés de la Casa Blanca en regular la venta de armas en el país, como respuesta a la horripilante masacre de 20 niños en la pequeña población de Newtown, en el estado de Connecticut, en diciembre. En este caso, el Presidente se enfrenta al poderoso cabildeo de la Asociación Nacional del Rifle, que defiende, con el apoyo del Partido Republicano, el que considera un derecho constitucional a armarse.

Por otra parte, la nominación de ciertas figuras a los puestos claves de la nueva administración promete ser también motivo de polémica. Si bien en el caso del Departamento de Estado John Kerry -el sucesor de Hillary Clinton- tiene suficiente respaldo, no necesariamente ocurre así con el próximo encargado del Pentágono o con otros integrantes futuros del gabinete.

Curiosamente, una eventual reforma migratoria, un tema que antes era motivo de división, podría ser de los pocos en los que haya espacio para la unidad. Tras su triunfo, el mandatario prometió nuevamente que intentará sacar adelante una solución para los más de 12 millones de indocumentados que se presume viven en Estados Unidos.

Aunque son muchos quienes por años se han opuesto a una propuesta que contemple un camino a la ciudadanía para los inmigrantes ilegales y les han apostado más a medidas que refuercen la seguridad fronterizas, los resultados de las pasadas elecciones les demostraron a los republicanos que si no cambian el tono frente a los hispanos, la Casa Blanca les será cada vez más esquiva. Ya la minoría más grande del país representó más de un 10 por ciento del censo electoral y en los pasados comicios fue decisiva para inclinar la balanza en favor del ganador.

Aparte de los temas domésticos y de la esperanza de que la economía más grande del mundo tome un segundo aire, es indudable que a nivel global Washington seguirá jugando un papel crucial. Temas tan fundamentales como la situación en el Medio Oriente, por cuenta de la guerra civil en Siria, la tensión con Irán, la estabilidad de Irak y el conflicto entre Israel y Palestina seguirán encabezando la agenda de Washington. No menos importante es lo que pase en Afganistán, en donde la sangrienta contienda con los talibanes sigue su curso, y en Pakistán, cuya realidad interna amenaza con volverse una fuerza desestabilizadora en esa parte de Asia.

A dicha lista es necesario agregar la incógnita que representa Corea del Norte, con su amenaza nuclear, o el comportamiento de la nueva dirigencia en China, cuyo peso creciente en los asuntos del planeta es tangible. Y, claro, no se puede pasar por alto el peligro del extremismo islámico en el norte de África, el mismo que volvió a ocupar las primeras páginas de los periódicos esta semana.

Ante semejante panorama, se debe constatar que América Latina volverá a ocupar un lugar secundario en la agenda de Obama, así venga de cuando en cuando a alguna de las cumbres presidenciales que tienen lugar en el hemisferio. El motivo, afortunadamente, es que esta parte del mundo se encuentra mejor que otras, así tenga su carga de problemas. Pero eso no es argumento para que se nos ignore, algo que los aliados de Estados Unidos -como es el caso de Colombia- tienen que recordarle a quien comienza su segundo tiempo en la Casa Blanca.

editorial@eltiempo.com.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
20 de enero de 2013
Autor
Editorial

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