Ni los libros se salvan de la crisis económica española

Ni los libros se salvan de la crisis económica española

De ediciones que pasaban del millón de ejemplares, se ha llegado a los 1.200. Análisis de un editor.

Ni los libros se salvan de la crisis económica española
19 de enero de 2013, 12:06 am

La crisis económica que padece España ha tenido en la edición consecuencias especialmente graves y complejas debido a tres problemas específicos de nuestro sector, algunos de los cuales venían cocinándose desde hacía algún tiempo.

El primero de esos problemas es la burbuja que, al igual que la construcción, padeció nuestro sector.

El segundo, muy conectado al anterior, la transformación del libro en un producto de consumo masivo, cosa que no solo ocurre con la novela de género o el manualito de autoayuda, sino también con obras literarias y los grandes ensayos.

Finalmente, hay que añadir ese fenómeno que Mario Vargas Llosa llama "civilización del espectáculo", que trae consigo el hecho de que "la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer", y que en España ha tenido una eclosión enorme.

Por decirlo a mi manera, los libros han dejado de ser, por encima de todo, el medio esencial para pensar críticamente el mundo, y se han convertido en un medio óptimo para conseguir de la gente una ciega aceptación de la vida tal como está establecida.

Empecemos por la burbuja editorial. Si en los años noventa los libros que más vendían en lengua española alcanzaban solo muy de vez en cuando la cifra, entonces inusitada, de los 300.000 y hasta 500.000 ejemplares, en el periodo siguiente, el anterior al estallido de la crisis, esa cifra se dobló.

Las novelas de Stieg Larsson, Ruiz Zafón, Dan Brown, así como alguna de Ken Follet, y también manualitos de autoayuda al estilo de Quién sabe dónde está mi queso superaban de largo el millón de ejemplares vendidos.

En una cultura que había permanecido secularmente de espaldas a los libros, en un país que había odiado la lectura, que había perfeccionado la censura y el índice de libros prohibidos, y que durante la dictadura franquista se convirtió en un erial de la cultura, ese fenómeno de las ventas millonarias parecía decir que se había producido un cambio radical de las costumbres.

En realidad fue un fenómeno pasajero debido a que el mundo editorial se convirtió plenamente en una industria de consumo.

Los libros se compraban de forma masiva en las grandes superficies comerciales, al lado de los detergentes y las pechugas de pollo; ir de compras a los nuevos shopping malls se convirtió en la forma preferida de entretenimiento familiar de un país entero. Todo se compraba a crédito, por supuesto. Y así nos ha ido.

Esa burbuja fue un festín para las agencias literarias, que añadían ceros y más ceros a los anticipos que cobraban sus autores (incluidos muchos novelistas y ensayistas de alto nivel).

Y durante esos años se libró una batalla feroz dominada por los grandes grupos editoriales, que arrebataban a la competencia grande o pequeña sus autores de mayor venta a base de pagar enormes sumas a cuenta de royalties.
Los editores dejaron de leer manuscritos para dedicar horas a estudiar el panel Nielsen de libros más vendidos de la semana, y calcular cuánto dinero tentaría a tal o cual autor.

Durante unos años, fue también un periodo de crecimiento inusitado de la facturación de ese ‘producto’ llamado libro, un nuevo universo en el cual los autores se convertían en ‘marcas’, y las conversaciones de los cenáculos literarios versaban acerca de dinero.

El baile multimillonario consolidó la invasión de Latinoamérica por parte de los grandes grupos españoles, y permitió que algunos grupos medianos, e incluso ciertas editoriales tradicionalmente de calidad, entraran en la refriega y participaran de aquel festín.

El resultado supuso una paulatina aniquilación de los editores locales de las distintas repúblicas americanas.

No fue eso todo. Además, se disparó la transformación del escritor en entertainer, alguien cuya aparición en los mass media fomentada por los editores (que necesitaban mayor exposición de la ‘marca’ comprada a base de sumas difícilmente rentabilizables) convertía al intelectual en alguien dispuesto a opinar sobre cualquier cosa con tal de aumentar las ventas y los anticipos, aunque fuese a base de dar espectáculo.

Todo eso no ha terminado en absoluto. En la miseria actual, la batalla por quitar autores a la competencia y poner títulos en las listas de best sellers continúa.

Pero la caída de las ventas desde comienzos del 2010 también resulta espectacular. Y ha pillado con el pie cambiado a más de uno.

Pagados los anticipos que el agente calculó de acuerdo con las ventas de la era millonaria, el editor comprueba hoy que le quedará sin amortizar un 30, 40 o 50 por ciento de aquel anticipo firmado a ciegas por un libro que no estaba aún escrito: era el precio de la ‘marca’. Incluso las ventas del libro de bolsillo, pese a la ventaja del precio, han caído en picado.

En cuanto al libro electrónico, es inexistente: apenas alcanza el 1 por ciento de la facturación total. Es importante recordar que profesores, médicos y enfermeras, y otros funcionarios públicos, que formaban el grueso de la población aficionada a la lectura, han visto recortados sus sueldos. Y que la masa de cinco millones de parados no está desde luego para lujos como comprar libros.

Ahora, una tirada de 1.200 ejemplares cubre sobradamente las ventas de una enorme proporción de los libros publicados, incluyendo los mal llamados best sellers. Y los libros con autor ‘marca’, esos que son mero entretenimiento para las masas, esos ‘productos’ que se venden mediante el marketing y la promoción, ya no alcanzan ni la mitad de aquel millón de ejemplares de los años de vacas gordas.

Los editores habíamos tenido, antaño, una función social: publicar ciertos libros que en lugar de dejar el mundo tal como estaba, lo miraban de otra manera, lo transformaban. Con nuestro sello, cuya imagen y cuyo prestigio se construían sin prisas y aceptando muchos riesgos, tratábamos de recordar a quienes leían que había nuevas formas críticas de encarar la realidad.

No sé cuánto queda de eso, ni cuánto quedará cuando el reventón de la burbuja editorial arrase con casi todo. A día de hoy, mantener vivo un catálogo de ensayo y literatura críticos como el de mi diminuta editorial, ha supuesto sacrificios enormes, trabajar solo por amor al arte, y buscar formas alternativas de ganarse el sustento.

Pero no son todo desdichas. Siguen apareciendo nuevos originales que no dejan el mundo como estaba, sino que los critican y transforman. Aún hay escritores capaces de pensar de otro modo. Publicar alguna de esas obras todavía justifica que nos dediquemos a este extraño oficio.

Enrique Murillo*
Especial para EL TIEMPO

*Traductor de Nabokov, Capote, Martin Amis, Tom Wolfe, Julian Barnes, Conrad, entre otros. Primer editor de ‘Babelia’, de ‘El País’. Fue editor en Anagrama, Plaza & Janés y Alfaguara.