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La novena a la colombiana de Luis Carlos Henao y sus nueve hermanos

Un cuento de Navidad inspirado en los recuerdos de novenas en una familia numerosa bogotana.

¡Dulce Jesús mío…!

Cada año, entre el 16 y el 24 de diciembre, la Navidad se instalaba en el primer piso de nuestra casa. Para ser más precisos, en la sala de visitas, la misma donde mis hermanos recibían a sus novias y mis hermanas a sus novios, y yo, a mis siete años, sentado a un lado de ellos para que no se sintieran solos, como decía mi padre. Desde el 16 hasta el 24, sin embargo, ya no se permitían más visitas. El sofá, las poltronas y la mesa del centro eran desplazados por un montículo de musgo verde y cajas de cartón que invadían una cuarta parte del recinto.

El olor a humedad y bosque eran inconfundibles. Yo siempre cogía un puñado de musgo y aspiraba profundamente su aroma. Era como un olor medicinal que me curaba todos los miedos y pesadillas infantiles que me asaltaban en las noches.

Mi madre tenía un pesebre de porcelana. Creo que había sido traído de otro país, pues no he visto otro igual por aquí. Tres reyes con coronas de oro y capas de colores vivos. Uno era negro y su capa verde, otro era rubio y tenía capa roja, el tercero tenía el pelo castaño y la capa amarilla. Mi hermano mayor descabezó al rey negro, pero mi padre le volvió a poner la cabeza utilizando un pegante transparente. Los tres reyes, que eran además astrónomos –así lo leí en un libro de Historia sagrada- portaban, cada uno, un regalo. El rey negro llevaba en sus manos mirra. Mi profesora de religión nos había explicado que se trataba de una goma extraída de un árbol y que se utilizaba para perfumar los cuerpos de las personas muertas y como calmante para las angustiadas. El rey rubio portaba un cofre con pepitas de oro, y el del pelo castaño una cajita con incienso. La misma profesora nos contó que el incienso era un compuesto de resinas y cortezas que al contacto con un carbón encendido despedía olores y aromas agradables; como el musgo, sólo que este no podía quemarse.

Desde el 16, y durante los nueve días siguientes, nos reuníamos todos, mis hermanos y mis padres, junto al pesebre para rezar. La figura de la señora -mi profesora y mi madre me dijeron que se llamaba María- estaba arrodillada y fijaba su mirada en una caja vacía de madera. La figura del señor –me dijeron que su nombre era José- estaba de pie y se apoyaba en un bastón muy largo que terminaba en curva. Creo que era más viejo que la señora, pues tenía una barba blanca, mientras que la señora se parecía a una de mis hermanas que estaba en el último grado de bachillerato.

“Dulce Jesús mío, mi niño adorado, ¡ven a nuestras almas, ven no tardes tanto!” – cantábamos todos al son de maracas, panderetas y cucharas de madera. Y luego los postres. Una señora vecina nos enviaba cada año, por navidad, unas rosquillas empapadas en almíbar. En el centro de cada rosquilla flotaba una ciruela pasa. Como éramos diez hijos, sólo había una para cada uno.

Al noveno día, mi hermana menor, después del rezo, puso un niñito de porcelana en la cuna. Ahora la señora no contemplaba una caja vacía. Me acuerdo que dije en voz alta: “¡Ya tiene a quién mirar!” –y todos rieron.

Me acosté a esperar los regalos. Nunca logré pillar al niño. Mi madre decía que entraba sin que nadie se diera cuenta y los ponía al pie de la cama. Nunca logré pillarlo, pero los regalos no faltaban. Siempre me costó entender por qué el niño que nos traía regalos, nos hacía reír y cantar durante nueve días y comer dulces, era el mismo señor que estaba sobre mi cama, sin ropa, acostado en una cruz.

Luis Carlos Henao de Brigard (Bogotá, 1957)

Profesor asociado del Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana

Diez hijos cantando la novena. Esto era lo corriente en la familia de Luis Carlos Henao a mediados de los sesenta en Bogotá. El siguiente “Cuento de Navidad” se inspira en los recuerdos de la época.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
23 de diciembre de 2012
Autor
Luis Carlos Henao de Brigard

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