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Editorial: El presupuesto de Bogotá

La reciente aprobación del presupuesto de Bogotá para el año 2013, tasado en 13,7 billones de pesos, representa un incremento de casi dos billones respecto al del año que termina. Esta cifra puede fácilmente doblar y triplicar la de cualquier otra capital grande del país, y, sin embargo, resulta insuficiente ante los apremios que demanda una ciudad con casi 8 millones de habitantes y grandes desafíos por resolver.

Cabe destacar que, del monto avalado por el Concejo y que ahora debe ser sancionado por el Alcalde Mayor, una buena parte se irá a sectores donde cada peso bien invertido tiene un profundo impacto. Por ejemplo: 3,1 billones de pesos irán a educación, con un incremento del 32,6 por ciento. La apuesta es, a todas luces, sensata y deberá traducirse no solo en mejoras en infraestructura y cobertura, sino en calidad. Y esto incluye una revisión a fondo del proceso de selección y evaluación de maestros –se prevé la contratación de 4.000 más–, el bilingüismo y la tan anunciada jornada única. Nos atrevemos a sugerir que el revolcón no deje por fuera a ese 70 por ciento de jóvenes bachilleres del sector oficial que se quedan cada año sin posibilidad de ingresar a la universidad o a una carrera técnica.

La salud es otra de las beneficiadas. Se pasó de 1,4 billones de pesos en el 2012 a 2,1 billones el próximo año, un incremento del 48 por ciento, poco, a juicio de los expertos, pues ningún sector se ha visto más golpeado que este en los últimos tiempos, entre otras, por la abultada deuda acumulada que mantienen las EPS del régimen subsidiado con los hospitales y que bordea los 600.000 millones de pesos. La prioridad de la Administración, en consecuencia, será volver a garantizar la confianza de los usuarios en el sistema, sanear finanzas y tapar la vena rota que dejó la corrupción en los centros asistenciales.

No todos han quedado contentos con el presupuesto aprobado. El propio alcalde, Gustavo Petro, ha cuestionado el hecho de que se hubiera negado la creación del llamado banco para pobres, una de sus mayores apuestas de gobierno, pues, con él, según sus palabras, se daba vía libre a un sistema de crédito para el emprendimiento de la economía popular, con lo que se le permitiría a la gente superar la pobreza.

Adicionalmente, de los 13,7 billones de pesos avalados, 1,1 billones (para educación) corresponden a recursos que debían salir de un cupo de endeudamiento que pedía el equipo económico de Petro por 4,3 billones y que fue hundido por el Concejo. Ahora, la Alcaldía tendrá que empezar a hacer recortes para cumplir las metas establecidas.

A estos sinsabores presupuestales se suma el hundimiento de la reforma tributaria, que aspiraba a aumentar el recaudo predial en casi medio billón de pesos de aquí al año 2016. La iniciativa tendrá que volverse a presentar.

Aunque los concejales han dejado claro que en el asunto de las finanzas se ha actuado con responsabilidad frente a la ciudad, no se puede ocultar que las diferencias con la Administración permanecen. La negativa a proyectos claves ha llevado a Petro a decir que “con la intención de destruir al Alcalde, (los concejales) están destruyendo la ciudad”.

Esperemos que este no sea el ambiente con el que arranquen las relaciones entre ambos poderes el próximo año, cuando los bogotanos aguardan con ansia ver las ejecutorias del gobierno. Por ahora, lo crucial es conocer a fondo el manejo que se les dará a los dineros aprobados en el presupuesto. Lecciones del pasado enseñan que la gente paga con gusto sus tributos, valorizaciones y demás cuando ve que estos se reflejan en obras y planes de gobierno sensatos y transparentes.

editorial@eltiempo.com.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
17 de diciembre de 2012
Autor
Editorial

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