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Barreras

Y hubo un día en el que sólo tuvimos la voz de Roy Barreras. En las páginas inaplazables de los periódicos, en las noticias de último minuto de los canales de siempre, en los recios debates radiales sobre -no fue un sueño: sí lo dijo- cómo el descolorido Partido Liberal se ha ido resignando a ser "la amante política" del confuso presidente Santos. No hay nada por hacer. Ni modo. Vivir en Colombia se ha vuelto oír el ingenio imaginario de Barreras. Aquí, allá, arriba, abajo: a diestra y siniestra y a toda hora en todas partes sólo la carrasposa voz de Roy Barreras.

Que poco habla de su edad. Que nació en Bogotá, pero se puso en escena en el Valle. Que es médico como su padre, pero también hizo no sé cuántas carreras en no sé cuáles universidades. Perteneció -quién no- a las heroicas juventudes galanistas, pero más tarde fue parte de esto. Perdió sus seis primeras elecciones, pero supo volverse a tiempo el enésimo prometido del poder. Una vez escribió una novela "cargada de erotismo" llamada Polvo eres y en polvo te convertirás. Y después, según la definición del diccionario, fue un hombre desleal: un político de molde. Porque pasó de Vargas Lleras a Uribe Vélez y de Uribe Vélez a Santos Calderón en un abrir y cerrar de meses. Cambió de equipo en plena carrera, tomó el atajo que iba del sótano del Partido Liberal a la presidencia del partido de 'la U', porque sí, porque da igual, porque todos sus partidos son fundaciones con ánimo de lucro que sugieren leves mejoras sociales sin pretender cambios estructurales, porque, según ha dicho por ahí, "la dialéctica 'lealtad-traición' es absolutamente simplista".

Y así fue, en el 2006, aquel fiel Representante del uribismo. Y, en el 2010, este senador más santista que Santos que se imputa -en su desactualizada página web- iniciativas "de gran trascendencia" como el marco jurídico para la paz, la defensa de la reelección presidencial y la reforma de la justicia que sabemos. Qué sería de Colombia sin Barreras.

Qué sería del país sin su proverbial oportunismo. En la mañana celebra el fallo aquel, ¡gol!, con su mirada aprendida puesta en "los siete cayos que serán colombianos por siempre". En la noche, apenas ve que los otros santistas -tan estadistas, tan tecnócratas- gritan y gritan "¡nos robaron!" como uribistas pendencieros, es el segundo que invita a desacatar la sentencia.

De día le pide disculpas a la comunidad LGBTI por las declaraciones infames de un Senador vitalicio. De noche se dedica, el muy anfibio, a reelegir en la Procuraduría a un jurado enemigo del matrimonio homosexual. De madrugada propone que, "para evitar suspicacias", la de Ordóñez sea la última reelección de un procurador.

Yo, por deformación profesional, hago lo mejor que puedo para escribir sobre cada cual a partir de la empatía: trato de ponerme en los zapatos ajenos, muchas veces en vano, a pesar de los olores o las tallas. Y después de oírle sentencias pambelescas del tamaño de "un gobierno es capaz de hacer la paz si eventualmente es capaz de no hacer la paz", y de reconstruir su ornamentado álbum de fotos a punta de revistas viejas, sospecho que el ingenioso Barreras está en todas partes porque nadie como él encarna hoy al colombiano de sonrisa ladina que cae parado, que logra ir por el que gana en el último minuto, que, apenas le preguntan si está manipulando o sometiendo o comerciando, sabe sacarse una excusa de la manga.

Roy Leonardo Barreras es, hoy, el arquetipo de los políticos de aquí. Si no "el hombre del año", al menos sí el resumen: un progresista en la teoría que en la práctica es lo que convenga, un pacifista encarnizado que no busca cambios de fondo, otro tipo sagaz que hará lo que sea, ser un patriota incluso, con tal de aferrarse al poder.

www.ricardosilvaromero.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
6 de diciembre de 2012
Autor
Ricardo Silva Romero

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