Matar al mensajero

Matar al mensajero


17 de octubre de 2012, 11:06 pm

Memoria de mis putas tristes (2004), la última novela escrita por García Márquez, no es la mejor de sus novelas "menores", pero sí la única que se ha visto envuelta en una polémica que divide más a las mujeres que a los moralistas. Y todo nace de un equívoco, ahora argumento militante: confundir la vida de los personajes de ficción con la moral e ideología del escritor.

La obra de García Márquez ha sido mal leída como una apología de la pedofilia. Y la querella ha sido mayor y más escandalosa cuando se empezó a convertir en una película, la que se acaba de estrenar, dirigida por el danés Henning Carlsen. Precedida por un rodaje accidentado y una producción a punto de ser ruinosa, la película pudo sobrevivir a demandas, saboteos y otras inquisiciones.

De nada ha valido el argumento literario que pide a los buenos lectores hacer una distinción entre el autor y los personajes de sus ficciones. ¿Qué haríamos, de no ser así, con el Dostoievski que creó al asesino Raskolnikov, con el Nabokov que imaginó a la provocadora Lolita, o con el Flaubert que dio vida a una adúltera llamada Emma Bovary?

La más discutible de las obras literarias de Gabo es la historia de un hombre de 90 años que decide regalarse "una noche de amor loco con una adolescente virgen" y acude a los servicios de la veterana Rosa Cabarcas, dueña del burdel donde el nonagenario libró sus mejores escaramuzas de putañero.

Mustio Collado, el anciano de García Márquez, evoca sus días de solterón incorregible en una ciudad de principios del siglo XX. Ha vivido "sin mujer ni fortuna" en "la casa colonial" que fuera de sus padres, donde se ha propuesto "morir solo" y en su cama.
García Márquez reconoció que esta historia tuvo su primer pálpito en la lectura de La casa de las bellas dormidas, la novela de Yasunari Kawabata. Pero la exótica belleza de este, con su código milenario de mirada y objeto de deseo, parece arrabalero y sórdido en la ficción del colombiano.

Lo que menos importa en esta historia de servidumbres prostibularias es que "el animal jubilado" del anciano despierte "de su largo sueño" o que la niña prostituida responda a las pretensiones de alguien que cuenta "minuto a minuto los minutos" que le hacen falta para morir. Lo que importa es "el primer amor" en su vida de noventa años. Un amor más allá del tiempo convencional del amor; un placer superior, más allá de la irrisión del placer comprado.

Uno de los recursos adoptados para burlar las querellas que enfrentaría la película consistió en subir la edad de la protagonista. La Delgadina de 14 años es mayor de edad en la versión filmada. Un pequeño triunfo de las inquisidoras. El triunfo grande sería la cremación de un libro que trata de lo que han tratado muchos libros inspirados en la naturaleza equívoca del amor y en las profundidades amorales de la condición humana. ¿Por qué no enterrar en el desierto de la Guajira a la abuela desalmada que cobra con abyecciones el "error" de su cándida nieta, niña prostituida?

Memoria de mis putas tristes fue escrita cuando García Márquez subía hacia el octavo piso de la vida, después de haber cerrado el único tomo de sus memorias, publicadas dos años antes. Hay costuras mal ajustadas en el libro: por un lado, la autobiografía del solterón otoñal; por el otro, su abyecta aventura de burdel. Pero la novela tiene un valor simbólico mucho más sutil que la grosera interpretación de sus detractoras.

El tema de la novela es solo episódicamente la turbia sexualidad del anciano. El mismo tema, sin el acento picaresco de Memorias de mis putas tristes, alumbra algunas páginas magistrales de Cien años de soledad y El otoño del patriarca.

collazos_oscar@yahoo.es