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Un mensaje de paz

No puede ser más oportuna la visita de Benedicto XVI a Líbano, y sin embargo más arriesgada pero llena de valor, de testimonio, de ejemplo. La encrucijada de Oriente Medio vive de nuevo un momento de furia y sangre, dolor y desgarro. Tal vez algún día la paz será posible. Solo tal vez. Demasiados factores y actores envenenan el día a día, la esperanza sobre una realidad de destrucción, de ira, de odio, de muerte, de irresponsabilidad.  El anciano Papa ha llevado su mensaje de paz y reconciliación, de verdad y respeto. Este viaje, valiente y decidido, simboliza más que una mera visita a unos pocos miles de cristianos del Líbano; significa valor, esperanza, solidaridad, apoyo y revitalización de un mensaje del Evangelio de paz, de amor al prójimo, al cercano, al distante, al distinto. Su voz debilitada por la edad no puede sin embargo ser más clara, totalmente perceptible; la verdad de Dios y hacia Dios no es el fundamentalismo de ningún extremo, esto es una falacia. Los fundamentalismos ahogan, matan, secuestran, aíslan y destrozan al ser humano.

El esfuerzo que ha hecho Benedicto XVI, su tesón en visitar y tal vez despedirse de estos lugares y tierras que vieron caminar el despertar del cristianismo, es encomiable. En esas tierras donde Jesucristo fue "crucificado, muerto y resucitado", ser cristiano no es fácil. Son una minoría, perseguida en no pocos países que escoran hacia el integrismo islámico. Esta visita es una llama viva, de apoyo, de estar entre ellos, de llevar de nuevo el mensaje de Jesús, que no fue el libertador que muchos anhelaban, sino un servidor de los demás. Hoy Benedicto XVI ha querido llevar ese testimonio de servicio, recordárselos a los cientos de miles que abarrotaban su homilía del domingo en el puerto de Beirut. Servicio a la paz, a la reconciliación en un lugar y lugares donde el odio y la guerra, la impunidad y la violencia son una espiral que no cesa, que martillea incesante. Un mensaje de respeto, de tolerancia, de justicia, de reconciliación, de bondad y humildad. Solo así la paz es posible, desde la libertad del ser humano, la responsabilidad de sus dirigentes políticos, la fe y la verdad.

Países donde las primaveras despiertan y agitan conciencias, pero también arrastran furias y ansias de sectarismo, de odio, de imposición y manipulación. El polvorín de Oriente Medio necesita esa paz y esa libertad que cada vez, sin embargo, parece más lejana. Conflictos latentes, conflictos emergentes, guerras civiles y fracturas sociales e ideológicas de todo tipo inundan un océano de autocracia, dictaduras, oligarquías y remedos de incipientes democracias que no se sabe muy bien qué es y qué depararán en el futuro inmediato.

Quiso este viaje coincidir con el treinta aniversario de la matanza de Sabra y Chatila, donde cientos y cientos de palestinos refugiados fueron acribillados a cuchillo y fuego en una orgía de sangre de las falanges cristianas de Gemayel, asesinado dos días antes y con la connivencia y el 'dejar hacer' del ejército israelí al mando del general Sharon, luego primer ministro, que tuvo que dimitir aunque nunca fue procesado. Y es que el precio de la vida humana en estas tierras santas y bendecidas por las religiones monoteístas nunca ha valido mucho. Al contrario. La paz es posible, pero los pueblos tienen que luchar por ella. Ante las bombas, paz. Ante la brutalidad, paz. Ante la locura, paz. Ante la ira, paz. Ante la paz, diálogo. Ante la paz, voluntad. Ante la paz, liderazgo. Paz, liderazgo, diálogo y justicia humana. Dignidad. Es lo que falta en Oriente Medio, entre todos, entre pueblos enfrentados, entre palestinos e israelíes. La locura de la violencia lo embriaga todo, lo usurpa todo. Hace mucho que solo habla el radicalismo, el odio, la enquistada visceralidad, pero también el cálculo frío, inerte, el desprecio a la vida, al mañana y a una esperanza de paz. Sociedades que sucumben a la violencia y al odio. Que las conducen fratricidamente al abismo. Su propio abismo, la negación de sí mismos, la vida humana.

El bucle vuelve a cerrarse. La retórica belicista en sociedades, que ni siquiera son conscientes de ser sociedades y donde al ciudadano, recte súbdito, se le niegan derechos y libertades  -perdidas en la ciénaga de la violencia y la militarización-, ha dado paso ahora a la destrucción, a la cólera, a la soberbia y a la locura irracional. Siria es un buen ejemplo, quizás el más actual, pero no el único. Conduciendo hacia el odio, la venganza, el desgarro interno. Y aquí en estos mismos lugares que tratan de marcar su incierto futuro, Benedicto XVI ha llevado un mensaje y testimonio de paz, amor y reconciliación, ha implorado la paz, ha exhortado a los cristianos a servir esa paz sirviendo a los demás. Solo cuando la paz, la justicia y la dignidad tomen asiento en este yermo de locura y vanidad, empezará a recomponerse el tablero de ajedrez en que se ha convertido Oriente Medio. No esperemos más tiempo. Ahora la paz, después la paz, siempre la paz. Es posible. Solo hay que tener voluntad y valentía hacia esta. Lo demás vendrá por añadidura y por la fuerza de los hechos.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
18 de septiembre de 2012
Autor
Abel Veiga Copo

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