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Estamos en una 'época de oro' para la lengua española

Nuestra idioma ha conquistado territorios nuevos, muy extensos, como Estados Unidos y Brasil.

En un mundo que suprime fronteras para la producción y los intercambios económicos y para las transacciones financieras, y en una época que contempla el incesante despliegue de la sociedad del conocimiento, las lenguas de comunicación internacional ganan en utilidad y se revalorizan; el español entre ellas.

Es un fenómeno de alcance general, constatable día a día. Pero el comienzo del siglo XXI está siendo especialmente prometedor para las potencialidades del español como lengua global.

Tres hechos novedosos permiten afirmar lo que antecede con rotundidad; son de distinta naturaleza, pero su trascendencia -también desde la perspectiva económica- apunta en la misma dirección.

Horizontes promisorios

Uno es el formidable avance conseguido en la normativización consensuada, gracias al desarrollo del programa de política lingüística panhispánica desarrollado desde 1999 con la participación de las 22 corporaciones que integran la Asociación de Academias de la Lengua Española. Sus frutos son tangibles: el Diccionario panhispánico de dudas (publicado en el 2005), la Nueva gramática de la lengua española (en el 2009), la Ortografía de la lengua española (en el 2010) y la ya inminente nueva edición del Diccionario de la lengua española (2013).

Se trata de un hecho de naturaleza lingüística -homogeneidad que hace más atractivo el aprendizaje y facilita la comunicatividad, esto es, el entendimiento mutuo-, con efectos positivos sobre la expansión, la funcionalidad y, en definitiva, la economía del español en tanto que lengua de comunicación internacional.

La posición aventajada que ello proporciona al español en su condición de lengua internacional es innegable: siempre la unidad es preferible a la pureza -por decirlo con Dámaso Alonso- cuando se trata de lenguas utilizadas en vastos dominios.

El segundo hecho de gran alcance para la proyección del español con el que ha arrancado el siglo pertenece más bien al campo de la demolingüística, y atiende a la creciente penetración del español en dos extensos territorios de América: Estados Unidos y Brasil.

En Estados Unidos la primera década de esta centuria ha sido testigo de un aumento de la población hispana que cabe calificar de histórico por su magnitud, un 43 por 100, mitad por inmigración, mitad por nacimiento, alcanzando un total de 50 millones en el censo del 2010, con la previsión de que antes del ecuador de la centuria, entre el 2040 y el 2050, uno de cada tres estadounidenses será de origen hispano.

Y no hace falta elucubrar con la posibilidad -en todo caso, remota- de un bilingüismo "social" inglés-español; si el español consigue asentarse como segunda lengua de los Estados Unidos, tendrá también prácticamente asegurado ser la segunda lengua internacional durante todo el tiempo que se prolongue la preponderancia económica y la hegemonía política y militar de ese gran país.

En Brasil, a su vez, el primer lustro de la nueva centuria ha visto promulgarse la ley que hace obligatoria, de manera gradual, la oferta del español en toda la enseñanza media, y opcional en los tres últimos cursos de la enseñanza primaria.

Determinante apoyo oficial al español, que está en consonancia con la declarada voluntad de liderazgo político y económico de Brasil en Suramérica. También en este caso la geopolítica, además de la economía, no se separa de la demolingüística.

Junto con el agrandamiento del territorio físico y humano del español, hay que referirse, en tercer lugar, a ese otro ensanchamiento de fronteras convencionales que es la apertura y la internacionalización empresarial de España y de los principales países de la América hispana: México, Colombia, Perú, Argentina, Chile.

Un importante proceso de internacionalización de empresas que hablan español en sus matrices, lo que aumenta la consideración de esta lengua como lengua de negocios, elevando, en todo caso, su atractivo en los círculos de directivos y emprendedores de los países receptores de las inversiones y proyectos productivos.

No es difícil recapitular: en una economía globalizada e intercomunicada, los tres hechos mencionados adquieren extraordinario realce. Los tres tienen carácter hasta cierto punto inédito y los tres se están consolidando simultáneamente ante nosotros en el curso de los lustros más recientes.

De los tres se desprenden efectos benéficos para la expansión del español y para el reforzamiento de su condición de lengua multinacional, haciendo crecer su valor económico.

Una propuesta

La lengua no se materializa -ni materializa su valor- en un único tipo o clase de bienes o de servicios. La lengua, en unas ocasiones, es la materia prima o insumo esencial de bienes que se producen o servicios que se prestan; en otras, aunque no sea su soporte esencial, constituye un recurso básico para la actividad de que se trate y se erige en una fuente de ventaja competitiva, facilitando la comercialización e intercambio de sus productos; en fin, la lengua también conforma actividades cuya razón de ser descansa en la provisión de la infraestructura necesaria para la comunicación humana.

Y no terminan aquí los conductos por los que una lengua aporta valor económico: en todas las actividades económicas, sin excepción, el recurrir a un idioma compartido por parte de los agentes implicados reduce los costos de transacción; esto es, los costos asociados a la fijación de las condiciones de todo contrato y a las garantías de su cumplimiento.

La posesión de una lengua común y de cuanto esta incorpora de pautas culturales, esto es, de cuanto transmite en términos de comprensión, confianza y reducción de la distancia psicológica entre los agentes, ayuda a reducir los costos de los flujos comerciales y financieros en el ámbito internacional, así como los asociados a la emigración; dimensión esta última que habrá de ser de la máxima importancia para una lengua, como el español, que abarca un gran condominio lingüístico.

Por todas estas razones, tan sumariamente expuestas, la lengua constituye un activo económico capaz de añadir valor y ayudar a competir; y tanto más cuanto mayor sea su condición de lengua internacional.

Pues bien, el español ha conseguido alcanzar hoy la muy notable posición de segunda lengua de comunicación internacional -tras el inglés- por número de hablantes maternos, pero también como lengua extranjera -por delante del francés y el alemán-, siendo también la segunda lengua de comunicación internacional en la red.

El español abre puertas, ensancha fronteras, salta océanos; el español, para quienes lo hablamos, nos facilita, de partida, un cierto estatus de internacionalidad, con todas las ventajas y potencialidades que ello supone en un mundo intercomunicado y en una economía globalizada.

Tiene pleno sentido, en consecuencia, pedir que, por parte de la política económica y de la política cultural, en cada uno de los países hispanohablantes, al español se le considere como bien preferente, con las prioridades que ello debe comportar a la hora de su promoción dentro y fuera de las fronteras de los países en donde es lengua originaria, a la hora de su enseñanza como lengua extranjera, a la hora de su defensa como lengua de trabajo en foros internacionales y organismos multilaterales y a la hora, en fin, de apoyar a las industrias culturales que tienen al español como materia prima.

¿Quién es José Luis García Delgado?

Catedrático de Economía Aplicada, de la Universidad Complutense (España). Codirector del proyecto de investigación 'Valor económico del español' (Fundación Telefónica).

José Luis García Delgado
Especial para EL TIEMPO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Fecha de publicación
18 de septiembre de 2012
Autor
JOSÉ LUIS GARCÍA DELGADO

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