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Por qué creo

Creo que esta vez existe la posibilidad de alcanzar la paz. Lo digo sin ingenuidad y con plena conciencia de las frustraciones del pasado.

Estoy convencida de la importancia de pensar el proceso de paz como una ventana de oportunidad única que, Estado y guerrilla, pero sobre todo nosotros, ciudadanos, mal haríamos en dejar cerrar. Soy consciente de que la paz todavía no es más que un sueño.

¿Hay que creerles a las Farc?, plantean muchos con escepticismo. ¿Creerles qué?, me pregunto yo. ¿Creerles que harán la paz? La pregunta resulta prematura.

Como en las elecciones, en toda negociación existe un factor de incertidumbre. La paz será el resultado de un diálogo solo si este es fructífero.

Quedó claro que las Farc han enviado señales de querer sentarse a negociar. Creo que eso lo podemos creer, y me parece suficiente, por el momento.

La guerrilla debe alejarse de sus maximalismos ideológicos y carentes de realismo, y el Gobierno, de concebir el núcleo del proceso como un intercambio de beneficios jurídicos por la dejación de las armas. De otra manera, avanzaremos hacia una nueva desilusión.

No sobra recordarlo en estas épocas de apresuramientos mediáticos. El fantasma del fracaso estará planeando permanentemente sobre una negociación que estará a merced de fuerzas entorpecedoras.

No pretendo desconocer el odio que se han ganado las Farc. Entiendo bien el temor a reproducir un esquema de negociación que legitime todas las formas de lucha, y comprendo a quienes no creen. Pero el meollo del asunto no gira en torno a confiar o no en las Farc, sino en apoyar o no el proceso.

¿Por qué creer en él?

Porque la negociación, como los procesos electorales, requiere reglas de juego claras, y aquí, a diferencia del Caguán, parece haberlas. El respeto a la confidencialidad durante meses de contactos exploratorios es muestra de ello. Vale la pena resaltar que la violación de esta norma parece haber surgido del entorno presidencial, mas no de las Farc. ¿Quién fue la fuente de Álvaro Uribe?

Porque las partes han logrado construir confianza. La afirmación del Presidente: "Todo lo acordado ha sido respetado", es de la mayor relevancia.

Porque el Acuerdo General para la Terminación del Conflicto define una agenda con temas neurálgicos y difíciles, pero aterrizada, limitada y razonable. La inclusión de puntos sobre los derechos de las víctimas y el narcotráfico muestra flexibilización en las posturas de las partes.

Porque el objetivo es el fin del conflicto y así está dicho; un avance considerable.

Porque las Farc han aceptado negociar en el exterior, dejando de lado pretensiones que, a todas luces, serían inaceptables para la ciudadanía.

Porque los negociadores parecen tener ascendencia y experiencia.

Porque los militares tendrán una voz en la mesa y eso forja tranquilidad en las partes y en el resto de los colombianos, que temen una traición a los uniformados en la mesa de negociación.
Porque no será un proceso sin horizontes en el tiempo. Si no se producen avances concretos de manera relativamente rápida, el proceso finalizará.

Porque los países garantes y acompañantes cuentan con la confianza de las partes y entre los cuatro se percibe un equilibrio.
Porque se prevé desde ya una verificación internacional de los compromisos adquiridos.

Pero, más que nada, yo creo porque el Presidente ha demostrado que está dispuesto a anteponer cualquier interés a la paz. No temo ni la negociación de libertades, ni del modelo político -la democracia-, ni del económico -el capitalismo-.

Ojalá que, como yo, las partes crean.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
4 de septiembre de 2012
Autor
Laura Gil

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