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Peor, imposible

Vergonzoso, indignante, el comportamiento del coronel Mauricio Santoyo, quien llegó a ser general de la Policía, director de la Sijín en Medellín, jefe de seguridad del Presidente de la República. Dicen que, durante 8 años, o más, Santoyo ayudaba a las autodefensas y apoyaba sus acciones terroristas. ¿Qué tal andar en esas, desde esa posición, en un país en guerra contra esas organizaciones ilegales, que han asolado y ensangrentado nuestros campos?

Cuando le llovieron desde USA las primeras acusaciones, con qué frescura, con qué cinismo, Santoyo se declaró inocente y dijo que podría explicar satisfactoriamente todas sus actuaciones. Pero esa frescura se transformó en tembladera cuando, extraditado, fue llevado a un tribunal norteamericano. Allá le tocó confesar que sí había cometido algunas de las infamias y desde ese momento su suerte quedó en manos de los jueces gringos. Se contempla, sin embargo, un arreglo. Es decir: si Santoyo prende el ventilador y decide acusar a personas de las altas esferas que cometieron con él las mismas traiciones, los jueces gringos, tras exigirle cuantiosa multa, podrían rebajarle la pena hasta el punto de dejarlo libre en poco tiempo.

En Colombia, no creo que su situación se resuelva así no más. Pues resulta que su tenebroso proceder no tiene perdón. Durante muchos años, como acaba de descubrirse, el entonces coronel se dedicaba a engañar: a sus superiores, a sus subalternos, a sus amigos. Y capaz fue de lagartear su ascenso a general, cuando ya tendría que tener problemas de conciencia y las manos manchadas con dinero de los narcos, de las 'bacrim' o de los paramilitares.Da coraje, como dicen los mexicanos, saber que al entonces director de la Policía, general Óscar Naranjo, el colombiano más admirado del país, le tocó imponerle a Santoyo la estrella de general creyendo que era otro policía ejemplar.

Los delitos que Santoyo cometió en Colombia son mucho más graves que los delitos de los que lo acusa Estados Unidos. Aquí hubo traición a la patria, a la Policía Nacional, a sus jefes. También deshonró los cargos que desempeñó, el uniforme que usó, su carrera de toda una vida. Es tan larga y tan grave la lista de delitos cometidos en su país, que pueda ser que los gringos, en vista de que ese deshonroso proceder en Colombia a ellos no los cobija, no minimicen su culpa, ni acorten su pena, con la condición de que el sindicado suministre información que les interesa y pague, en dólares, parte de su culpa, dos requisitos que Santoyo puede cumplir.

Porque lo cierto es que el expolicía dio el bote mortal hacia la delincuencia por dinero. Por dinero les transmitía a los bandidos información privilegiada. Y mientras a ellos los libraba de la persecución de las Fuerzas Armadas, exponía al pueblo colombiano a caer en las redes de esos delincuentes. Instalado en la rama más alta del poder público y en sus manos la seguridad del país y del Presidente de la República, pudieron más su ambición y su codicia. Por su dolosa actuación, porque su traición, además, empaña el nombre de Colombia, Santoyo debe pagar sus culpas en su propia tierra. El Gobierno debe exigir que USA lo devuelva para ser juzgado aquí. La ofensa de Santoyo al país es peor que manipular dólares gringos.

¿Quién le teme a la paz?

Ahora resulta que hablar de paz es subversivo. Intentarlo, siquiera, es sospechoso. En los mentideros dicen que el presidente Santos mandó a su hermano Enrique a Cuba a abrir caminos y que allá se la pasa,en lo mismo, el ministro de Ambiente, Frank Pearl. Con su estribillo "Tengo la llave de la paz entre el bolsillo", Santos tiene nerviosa a la extrema derecha. Desde luego, con las Farc dedicadas al terrorismo, no parece oportuno hablar de paz. Pero si "la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento", el Gobierno debe buscarla como sea. Porque el país la reclama a gritos. Porque a punta de bala no quedan sino muertos. Porque, a través del diálogo, han logrado la paz muchos países.

lucynds@gmail.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
24 de agosto de 2012
Autor
Lucy Nieto de Samper

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