El centenario de Toño Fernández, el Gaitero Mayor de San Jacinto
El Festival de Gaitas en Bolívar le rendirá este año honores al máximo exponente de esta tradición.
Tenía la cara redonda como una luna llena, el cabello lacio -aunque no lo mostraba casi nunca, porque siempre usaba sombrero-, los ojos muy pequeños, rasgados, como si hubieran sido hechos con un cuchillo, y una garganta tan aguda y sonora que a muchas cuadras a la redonda se sabía que Toño Fernández estaba cantando.
Nació hace cien años, en 1912, en una casa de bahareque y techo de palma, ubicada en La Cuevita, un barrio de San Jacinto construido sobre una loma de barro rojo, y murió el 2 de diciembre de 1988, cerca de su primera casa, dejando atrás una deslumbrante estela de cantos legendarios y versos inmortales que cada día son más valorados.
Aunque nació, vivió y murió pobre, el legado cultural y folclórico que dejó el llamado Gaitero Mayor fue tan grande que, 22 años después de su muerte, todavía sus descendientes y las nuevas generaciones recogen sus frutos.
El Grammy latino que ganaron en el 2007 sus sobrinos Juan 'Chuchita' Fernández y Nicolás Hernández, al igual que el Congo de Oro que obtuvieron el año pasado en los Carnavales de Barranquilla, no son otra cosa que el reconocimiento a una música que es lo que es porque existió Toño Fernández, quien es considerado por los expertos como el súmmum del folclor de los Montes de María.
Las nuevas generaciones así lo reconocen. La gaitera Mayté Montero recuerda que fue con los cantos de Toño Fernández como la mayoría de los nuevos gaiteros aprendieron a sacarle los secretos al palo de cardón:
"Las letras de Toño eran muy audaces, picarescas, inteligentes, y eso era lo que buscábamos. Recuerdo un verso en especial: Me dan ganas de reír / esas cosas de las mujeres / en vez de llorar a uno vivo / lloran es cuando uno muere".
El biógrafo del gaitero, el filósofo Numas Gil Olivera, escritor de La pluma en el aire, encuentra en los cantos de Toño la espiritualidad campechana que hace de la gaita una música universal.
"Toño torneó el mágico verso popular y lo dejó para siempre en el alma de su pueblo. Demostró con sus cantos e inspiraciones musicales que la angustia del hombre no es cosa de intelectuales sofisticados, sino que la encontramos hasta en ese humilde campesino que vive en el último rincón del pueblo; así ellos hacen metafísica sin saberlo", sostiene.
De la mano del viejo 'Migue'
Si hubo una persona que confiara en el talento que tenía Toño Fernández para el verso fue Miguel Pacheco, contemporáneo del gaitero y padre del compositor Adolfo Pacheco Anillo.
Pacheco, inmortalizado por su hijo en el famoso merengue El viejo Miguel, conoció a Toño desde que eran niños, pues sólo se llevaban un año de diferencia. Sabía que había aprendido a tocar la gaita a escondidas de su padre y que había cambiado dos bultos de tabaco por un par de gaitas con Juan Meléndez.
En principio, Toño tenía fama de fabulador y cuentero consumado y eso también le hizo ganar fama y amigos. Una vez aseguró que una culebra mapaná que lo había mordido en el monte, y que su papá Tomás Domingo mató delante de él, se había convertido en una gaita hembra.
Otro día contó que había noqueado a un toro bravo de una trompada en la frente y desde entonces el animal se convirtió en su principal aliado.
También Miguel Pacheco conoció al Toño Fernández trabajador, que no se le arrugaba a ningún oficio, bien fuera en las labores del campo o en otros que aprendió en su juventud, como el de restaurador de ollas de peltre y bacinillas. También arreglaba los trapiches que se utilizaban para fabricar la panela y, por último, aprendió a arreglar motores diésel.
Pero el viejo Miguel sabía que, de todos, el mejor oficio de Toño era el de gaitero, allí sí todo era cierto y nadie le podía echar cuento. Por eso lo buscaba, tanto para dar serenatas como para parrandear los fines de semana.
Fue a Miguel Pacheco el primero al que se le ocurrió que la música de Toño no podía quedarse arrinconada en las montañas de María y, con sus propios recursos, lo llevó a grabar a Cartagena, en los estudios de Radio Miramar, la que se podría considerar como la primera publicidad radial conocida en la región del Bolívar Grande.
El producto era el Café Especial, que producía el propio Pacheco y que promocionó con la voz de Toño y sus gaiteros (José Lara, Nolasco Mejía, Mañe Mendoza), con la música de La mica prieta. Ese acetato, grabado entre 1948 y 1950, lo ponía en El Gurrufero, el negocio de Miguel Pacheco, a través de unos altoparlantes que se escuchaban en todo el pueblo.
Pero, aun así, la música de gaita era vista en San Jacinto como algo para borrachines y músicos de poca monta, al punto de que uno de los jerarcas del pueblo, el odontólogo Benjamín Barraza, quien fuera alcalde del pueblo, montó en cólera porque Toño lo mencionó en el son de La mica prieta.
"Por qué no te acordaste de otro", le recriminó Barraza a Toño, que no supo qué contestarle.
Con el tiempo, las heridas se zanjaron y era Barraza el que buscaba a los gaiteros para que amenizaran los bailes en San Jacinto.
Líder y repentista
La fama que ganó Toño Fernández por los pueblos de la Costa se debió tanto a sus cantos (Candelaria, La maestranza, La escoba, Déjala que llore y muchas más) como a la facilidad que tenía para componer versos repentistas en décima.
Famosa es la historia de una riña de versos que tuvo con un decimero arjonero, que le preguntó, palabras más palabras menos, que cómo hizo María para seguir siendo virgen después de parir a Jesús, a lo que Toño le contestó de manera fulgurante:
"Tiré una piedra en el río / se abrió y se volvió a cerrar /, de esa manera María / doncella pudo quedar".
El renombrado compositor de La hamaca grande, Adolfo Pacheco Anillo, asegura que el Gaitero Mayor era verseador hasta en su cotidianidad.
"Era un hombre que hablaba en versos. Cuando nos encontrábamos en la calle me decía cosas como: 'Oye, Pacheco, escucha lo que yo te digo, lo que yo te vengo a decir'. Ya hablaba como cantaba".
Seguro de su talento, Toño Fernández fue el líder natural de los Gaiteros de San Jacinto, desde que los hermanos Zapata Olivilla fueron a buscar a los músicos que les recomendó Clemente Manuel Zabala en Cartagena para un viaje por Europa y Asia, en la década de los 50 del siglo pasado.
Para esa época, ya Toño había salido del monte donde aprendió los secretos de la gaita, de manos de su primo Ramón Barreto, y se había encontrado con los hermanos Juan y José Lara, formando un grupo que no tenía nombre, y tocaban por sancochos y por ñeque, de la mano casi siempre del viejo Miguel Pacheco.
Pero ya Toño había logrado el prodigio de ponerle letra a esa gran cantidad de sones desperdigados por las montañas de María, en las gaitas de Teófilo Mendoza y Víctor Conde, entre otros.
Ya La maestranza y La mica prieta eran himnos en las esquinas de San Jacinto, y ya Toño había demostrado que no era uno más de los músicos de gaita que había en el pueblo.
Y siempre líder y vanidoso, el Gaitero Mayor tenía la frase precisa para defender su altivez a prueba de todo. El escritor y periodista Alberto Salcedo Ramos, en un conversatorio en Cartagena, recordó una anécdota que describe el bien definido carácter del campesino que siempre tenía 'una creatividad a flor de labios'.
"Una vez fue operado del cerebro en Cartagena, y al salir del hospital le dijo al médico: Docto, usted no sabe la cabeza que ha salvado", recordó Salcedo.
Viajes por el mundo
No le dejaron dinero en su bolsillo
A pesar de los triunfos obtenidos por el mundo, Toño y los gaiteros nunca tuvieron sosiego económico. Desde el primer viaje que hicieron, en el año 1954, de la Costa a Bogotá, sufrieron los rigores en sus bolsillos. Al llegar a La Dorada ya se habían quedado sin dinero. Cuando viajaron a Europa y Asia, por casi tres años, filmaron una película en China, se ganaron el primer lugar en el Festival Folclórico de Cáceres, y ni aun así, lograr llenar el bolsillo, pues los robaron. El embajador en España de la época tuvo que financiarles el regreso.
JUAN CARLOS DÍAZ M.
Corresponsal de EL TIEMPO
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Otros
- Fecha de publicación
- 20 de agosto de 2012
- Autor
- JUAN CARLOS DÍAZ M.
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