La literatura cubana a pesar de Castro

La literatura cubana a pesar de Castro

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11 de julio 2012 , 05:46 p.m.
  Hace poco, el aspirante republicano Mitt Romney  aseguró que, en caso de ganar las elecciones, "garantizaría" el fin del gobierno de los hermanos Castro, y destacó que la oposición toma cada vez más fuerza en el desarrollo y futuro de Cuba. Sin embargo, de la misma forma y con diferentes colores partidistas en las promesas, Cuba ha visto desfilar a varios presidentes de Estados Unidos sin ningún problema o amenaza; entre ellos, el propio Obama, quien llegó como líder mesiánico de todos los cambios en el hemisferio y hasta el sol de hoy, "mucho ruido y pocas nueces". Y los hermanos Castro -además de exportar su sórdida "Revolución" como un cáncer para toda Latinoamérica- terminaron también por ser gestores (indirectos y muy a pesar de ellos) de un nuevo tipo de literatura de un país donde los estilos ya eran muy diversos e incluso vanguardistas. Hoy en día, esa literatura se ha desplazado al exilio.
 
Pareciera ser que ese desproporcionado "exilio" o "autoexilio" ha marcado el camino de la literatura cubana y de aquellos que la ejercen como insuperable recurso catártico; también, un afán por plasmar aquella esplendorosa idiosincrasia que se vivió antes de la "Revolución", porque, para los escritores (me atrevería a asegurar que la gran mayoría son exiliados), se convierte en una meta rescatar por escrito, como si del Antiguo Testamento se tratase, aquellas épocas pasadas, en aras de que -quizá- un mañana no muy lejano los cubanos que han vivido bajo la opresión puedan echar mano de toda esta literatura. Se enterarían, por ejemplo, cómo se vivía en la Acrópolis cultural caribeña, donde grandes personalidades, como Hemingway, Tennessee Williams, Federico García Lorca, Gabriela Mistral y hasta el propio Einstein, entre otros, se dieron cita. 
 
Sin embargo, tan refulgente notoriedad que lideraba Cuba -gracias a su ubicación geográfica- sucumbió ante el oscurantismo dictatorial y, en consecuencia, la literatura también cambió de rumbo. Se dice que el último indicador que determina el fin de una civilización es la extinción de su gastronomía, algo que se constató tras la desaparición del Imperio Romano. Pues bien, gracias a 'La gema de Cubagua' (Editorial Legua, Madrid), novela del escritor cubano radicado en Francia William Navarrete, nacido en 1968, pude entender cómo el pueblo cubano a lo largo de los últimos cincuenta años ha recurrido diariamente a la inventiva para alimentarse y sobrellevar sus penurias. Se trata de una obra que cuenta cómo la energía de sus personajes se concentra en la famosa "cartilla de racionamiento", convertida en baluarte imprescindible de la vida. También cómo el administrador de una bodega o "tienda de víveres" en Cuba se convierte en una especie de dios todopoderoso y a su alrededor logra establecer una cadena social de favores.
 
Es verdaderamente inaudito apreciar cómo los años van transcurriendo bajo un manto de sopor opresivo, cuyo indiscutible e inexcusable mérito no ha sido otro que el adoctrinamiento incisivo para anestesiar sublevaciones. No obstante, por el instinto de superación y libertad propio del género, el autor esboza -dentro de su propio país- una insurrección social y cultural y, sobre todo, muestra cómo el ingenio vence al régimen cuando se desea obtener un poco más que la famélica ración de alimentos mensual. En la monotonía de tan lánguidas existencias surge la irrisoria posibilidad de un cambio gracias a una herencia familiar, y este será el punto que hace despertar a los habitantes de Holguín, un pueblo oriental de Cuba. La euforia social alcanza todos los niveles de la vida ciudadana y se ven involucrados en la trama hasta serviles pregoneros del régimen, como son un delegado del Partido Único y el propio Ballet Nacional de Cuba en pleno. Y aunque parece una obra fuera de cualquier realidad, está basada en hechos reales: es una expedición histórica al interior de Cuba, con relatos tan reales que parecen imaginarios, una historia capaz de recordarnos nuestras propias libertades para vigilarlas, un decoro del Caribe cubano capaz de hacer soñar a cualquier lector.      
 
Más allá de la obra, me surgen gran cantidad de preguntas: ¿a qué puntos desconocidos de la literatura hispánica nos hubieran encaminado la gran cantidad de escritores exiliados, como el señor William Navarrete, de no ser por su condición de evangelistas de su entrañable Cuba? ¿Qué tipo de literatura se hubiera alcanzado si estas personas jamás se hubieran visto obligadas a huir de la Isla? Es que... -me atrevo a escribirlo como una analogía- Castro incendió la "biblioteca de Alejandría" del Caribe y, no contento con esto, también desterró a sus verdaderos escritores, porque los que hoy viven allí cobijados por el régimen no son más que vulgares escribanos al servicio del opresor, ¡pero muy patriotas también aquellos que aún habitan allí, desafían la opresión y no dejan de clamar por una justa libertad!
 
El autoexiliado aprende a cerrar el lagrimal porque no hay vuelta atrás y su forma de vida no  le da derecho de apelación. Cuba -aquella antes de la Revolución- se niega a morir gracias a sus hijos pródigos, gracias a sus escritores exiliados que, aunque residan en Estados Unidos, Praga, Madrid o París, para ellos su terruño y sus costumbres están entre pecho y espalda, aunque el régimen nunca más les permita regresar. Y no deja de ser una ironía casera apreciar cómo nuestro único Nobel es muy buen amigo de tan nefasto depredador de la libertad de expresión. 
 
@andrescandla

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