Alan Turing, el papá de la informática

Alan Turing, el papá de la informática

Se celebran 100 años del nacimiento del matemático que sentó bases de la inteligencia artificial.

Alan Turing, el papá de la informática
2 de julio de 2012, 04:52 am

Alan Mathison Turing era aún un excéntrico estudiante de Matemáticas en Cambridge cuando concibió un aparato hipotético muy simple, capaz de leer una tira de papel infinita, con instrucciones almacenadas en forma de números (unos y ceros).

La genialidad de su 'máquina universal' es que podía pasar de ser calculadora a procesador de palabras. Ni más ni menos: en 1935, a los 22 años, Turing había creado la base sobre la cual están modelados los computadores, no importa cuán poderosos o simples, desde el Watson de la IBM hasta el iPhone en su bolsillo.

Pero el brillante matemático londinense, nacido el 23 de junio de 1912, no solo inventó la computación, sino que también fue un héroe de la Segunda Guerra Mundial. En 1938, tras dos años de dedicarse al criptoanálisis en Princeton, fue llamado a trabajar para el Gobierno británico. Se enroló entonces en la organización ultrasecreta Bletchley Park, dedicada a descifrar los códigos de las máquinas encriptadoras Enigma, con las cuales Adolfo Hitler ordenaba a sus submarinos hundir convoyes entre Europa y América. El código Enigma se consideraba inexpugnable, porque su mecanismo rotatorio de cifrado podía ser fijado en 186 billones de posiciones.

Turing no pasaba inadvertido. "Era abiertamente homosexual en una era posvictoriana en la que se atacaba su condición. No le importaban las apariencias y menos aún la suya, siempre desaliñada, como si se acabara de levantar -escribe Andrew Hodges, autor de la excelente biografía Alan Turing: The Enigma-. No le gustaba afeitarse porque la vista de la sangre en las cortaduras lo hacía desmayarse. Tenía los dientes amarillos, aunque no fumaba, y sus uñas llamaban la atención porque nunca estaban limpias o cortadas".

Ejemplos de su excentricidad circulaban por los corredores de Bletchley Park: la taza del café que encadenaba al radiador, para que no se la quitaran; la máscara de gas que usaba durante el verano, para evitar los ataques de alergia al polen; las maratones de 60 kilómetros que corrió algunas veces para llegar al trabajo, con la piyama debajo de la ropa; su extraña forma de hablar y su falta de aptitudes sociales, que algunos han diagnosticado como síndrome de Asperger, una forma benigna de autismo.

El enigma nazi

El secreto de las máquinas Enigma radicaba en un sistema de discos rotatorios que se movían en forma impredecible cada vez que el operador oprimía una letra en un teclado. Al oprimir la 'a', por ejemplo, la que quedaba encriptada era la 't', por decir cualquiera. Y el patrón se transformaba continuamente. Además, antes de enviar cada mensaje, el operador de Enigma ponía un código de seguridad en los discos, como la combinación de un candado.

La respuesta de Turing fue la Bombe, una máquina electromecánica diseñada para deshacer la encriptación. Funcionaba como un motor de búsqueda a toda velocidad, calculando posibles soluciones a fragmentos de texto codificado, de tal forma que la corriente eléctrica se interrumpía al hallar una combinación correcta. Era un aparato grande, con 97.000 partes, 19 km de cables y 100 cilindros numerados, réplicas de las ruedas de la Enigma.

La primera Bombe, bautizada Victory, se instaló en 1940. La inteligencia producida fue tan espectacular que en los primeros 23 días de junio de 1941 los alemanes no lograron hundir un solo convoy en el Atlántico Norte. Para 1945 había 300, decodificando más de 80.000 mensajes mensuales (dos por minuto). "Los rompedores de códigos de Bletchley Park fueron el ganso que puso un huevo de oro sin dar un solo graznido", comentó Winston Churchill. A la Bombe se le atribuye haber acortado la guerra en dos años.

Pero esta máquina no fue solo un arma, sino el fundamento de la inteligencia artificial. De hecho, siguiendo la línea de pensamiento de la heurística (esa intuición de que vamos por buen camino, como cuando perdemos algo y miramos primero cerca del lugar donde creemos que lo hemos perdido), después de la guerra Turing entrevió la idea de construir una máquina que pudiera aprender con la experiencia, como un niño.

Comenzaría por programar un computador para que respondiera preguntas. Después, uno podría tener una conversación con las máquinas. Incluso, estas podrían llegar a ser sensibles, y apagarlas -consideraba Turing- sería como cometer un asesinato.

Uno de los tests más conocidos para determinar la inteligencia de una máquina es la prueba Turing: un juez situado en una habitación les hace preguntas por escrito a una persona y a un computador, situados en otras habitaciones; el juez debe descubrir cuál de las respuestas proviene del ser humano y cuál, de la máquina. Hasta ahora, ningún computador ha podido hacerse pasar por una persona.

Aunque Turing recibió la Orden del Imperio Británico por su trabajo de inteligencia, con el tiempo su homosexualismo se convirtió en una piedra en el zapato para el Gobierno. En 1952, terminaron sometiéndolo a la 'castración química', un tratamiento con estrógenos para "corregir" a los gays.

"Ser homosexual es, aparentemente, una amenaza contra la seguridad nacional -dice el personaje inspirado en este matemático en la obra de teatro Turing, de George Zarkadakis, que se estrena este verano en varios países-. Me pregunto cómo puede ser eso. ¿Cómo hombres que aman a otros hombres pueden poner en peligro a Gran Bretaña? Apuesto a que los rusos lo hacen tanto como nosotros. ¡Hasta me salieron senos!".

Alan Turing falleció en 1954, poco antes de cumplir 42 años, tras darle un mordisco a una manzana con cianuro. Las razones de su muerte no son claras. Su madre insistió siempre en que no fue un suicidio. ¿Un accidente, quizás? El científico había estado usando cianuro de potasio para ciertos experimentos. Y algunos biógrafos aluden a una tercera posibilidad: que se hubiera convertido en un hombre que sabía demasiado.

Es difícil darle un solo título, pues su legado abarca mucho más de lo bosquejado en este artículo, incluido el concepto de biología matemática. Pero si hay uno por el que deba ser recordado es por haber inventado -al menos en el papel- el computador más poderoso, la 'máquina universal' de Turing, bisabuela de las que hoy rigen el mundo.

ÁNGELA POSADA-SWAFFORD
Para EL TIEMPO