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Pornografías

Los debates de la semana pasada alzaron el tono de lo morboso habitual en Colombia. Después del empalamiento de la pobre Rosa Cely, y del show negro montado sobre el asesinato de Colmenares que echó un manto de olvido transitorio sobre los juicios a la corrupción, vino el escándalo de los pornógrafos que usaron los castillos de Cartagena para sus arcaicas gimnasias. Y el país político ofreció otro espectáculo de su obscenidad legendaria en otro monumento nacional: en el vetusto Capitolio se trenzaron los poderes en un encuentro sicalíptico de complacencias mutuas, en una orgía impúdica. Cercana a las pesadillas del Bosco con micos y lagartos y la decencia descuartizada.

El Capitolio nos tiene acostumbrados al escándalo desde que fundaron ese templo de la democracia, comillas, en cuya construcción tardaron 40 años y que le pareció a Rafael Pombo tan mejorable. El Capitolio ha sido pródigo en vilezas, incendios controlados, corruptelas, componendas de medianoche, dilapidación, zafarranchos con tiroteo. Y contempló el asesinato de un general antioqueño en uno de sus andenes. El hacha ha de estar en el Museo Nacional. Si no se perdió. Como la piedra lunar del Planetario.

Santos retrocedió a buena hora la iniciativa. Santos no puede refutarla sin convertirse en dictador. Como no está vigente, pues no ha sido publicada, representa tanto como un pedazo de papel higiénico. Y en consecuencia el referendo revocatorio se bate como un Quijote con un fantasma. Todo se ha dicho. Aunque no resulte legal el acto legislativo debe ser sometido a un aborto terapéutico constitucional, dijo Horacio Serpa. Y un humorista impiadoso comparó a Simón Gaviria con las reinas samarias que firman sin leer. A mí los protagonistas del embrollo me recordaron a los patos que después de revolcarse en el lodo salen poniendo cara de recién bañados.

Esta semana veremos lucir sus conocimientos a los constitucionalistas; habrá en las tribunas tráfago de abogados y simples leguleyos, que para eso las universidades colombianas promueven su proliferación en un país más urgido de técnicos y científicos que construyan los puentes y las calles como deben ser cuando no se los roban. Y que nos rebajen al fin la vieja gracia dudosa de ser un país de poetas que cantan a las sombras de los espejos, en una era obligada al elogio de los ciclotrones y los neutrinos.

Siempre me pareció ingenuo el nacionalismo de los ufanos del verde de nuestras esmeraldas, las orquídeas y nuestras montañas, que además no son nuestras sino de las multinacionales. Y torpe el de los autocompasivos que piensan que este país es el más cruel, ladrón y asesino. Los países se parecen sin que importe mucho la lengua en que se dicen las mentiras. Todos guardan en los museos junto a las reliquias de algún viejo esplendor las espadas de sus criminales y las banderas quemadas de las discordias. Convengo en que este a veces se pasa de tímido. O por qué en vez del referendo por la revocatoria del desfachatado acto legislativo de marras no da el otro paso, rompe el tabú y promueve la revocatoria del mandato parlamentario. Pero tal vez no sea timidez sino cautela. Porque sabe por experiencia que la turba de los cínicos acaba por encontrar la manera de mantener sus privilegios y de neutralizar los purgantes. Y las constituyentes.

En medio de la confusión, mejor huir de las miserias reales a las virtuales en el Festival de Tango de Medellín. Hacia esa música que nunca hasta después del crepúsculo expone sus esencias. Que alguien definió como un pensamiento triste que se baila. Y que acabó por exigir el bandoneón, que recuerda al gusano, un instrumento escapado de las iglesias germánicas para asistir las misas de ciertos arrabales suramericanos con sus rezongos de rencoroso. Y allí hace la segunda al poema torvo de un hampón despechado con cuernos y complejo de Edipo. O a una pareja de bailarines en pecado mortal.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
25 de junio de 2012
Autor
Eduardo Escobar

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