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Vivir en la cárcel Bellavista es fácil si presos tienen con qué pagar

En los pasillos del centro penitenciario ofertan drogas, armas, y hasta prostitutas.

"Por 20 mil pesos le dan una paliza al que sea, pero en el bongo (zona de comidas), porque en los pasillos está prohibido pelear. Aquí por plata se consigue cualquier cosa. Ser dueño de un parque (habitación), cuesta millón 500 mil", le dijo a EL TIEMPO un presidiario de la cárcel Bellavista al norte del valle de Aburrá.

Él vive en un cuarto de dos metros por tres con otras cuatro personas. El dueño del "parche" ocupa la cama y alquila cuatro o más "carreteras", es decir, espacios para otros presos, incluyendo la parte de abajo del catre.

Todos están ahí porque afuera algún familiar o amigo paga por su estadía o canjean la comida que sacan de la tienda, luego de que les consignan a su nombre. 

"Al principio dormí en un baño, con otras personas y hasta por eso me tocó pagar. Desde las cuatro de la mañana hacemos una fila de tres horas para el desayuno", dijo otro interno.

Según Juan David Posada, director del Semillero de Derecho Penitenciario de la Universidad de Antioquia, Bellavista fue construido para 2.500 personas y alberga más de 7 mil.

Agregó que eso impide una resocialización real. Los exhaustivos controles que hacen los dragoniantes del Inpec en cinco puntos diferente a los visitantes, que incluye verificación de registro, ronda de perros, requisa de comidas, inspección manual y toma de huellas, no son suficientes para que al interior de los patios vendan desde arroz hasta cualquier tipo de droga.

'Le tengo la bola' (marihuana), 'Taxi libre' (prepagos a domicilio), se escucha de manera permanente en los pasillos, que entre otras cosas, son administrados por un 'pasillero', que se encarga de preservar el orden. 'Guardia subiendo', grita un preso para alertar a todos los pasillos cuando un dragoniante ingresa, para que puedan ocultar lo prohibido.

El que tiene recursos tampoco hace fila para la comida, pues a la congestión se suman las condiciones higiénicas precarias.

"He visto como de las ollas saltan ratones -comenta otro prisionero-. Si uno supiera para donde viene, evitaría el delito. No somos ángeles, pero esto es el infierno", concluyó el joven condenado que ahora sabe el valor de la libertad.

REDACCIÓN MEDELLÍN

Publicación
eltiempo.com
Sección
Nación
Fecha de publicación
24 de junio de 2012
Autor
REDACCIÓN MEDELLÍN

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