Coleo / Opinión
Sobre esa delgada línea que sostiene el infinito, se insinúa en la distancia la silueta de un centauro que se aproxima tras la huella de su objetivo: una res descarriada, que ha querido trazar su propio camino, al salirse del rodeo.
El centauro, que no es otra cosa que un llanero fundido sobre su potranco, envuelve entre la piel de su puño decidido esa pequeña serpiente que brota de las ancas del que persigue. La mano gira, se sostiene, bate sus alas y hace volar ese imposible. Quiebra el ritmo de su prisa.
La res cae como un caracol cuadrúpedo y roza pesadamente sobre la tierra que festeja alborotada. Cae, mientras el hombre, con otro sol más entre su pecho, agita las riendas de su cómplice, de su otro yo, de la otra parte del centauro.
Un galope feliz anuncia de nuevo el sendero al lote de ganado. Es así como esos domadores del destino miden su fuerza y dejan claro quién manda sobre la sabana, mientras sacuden una res o aprietan bajo sus muslos la vida misma de su potranco; esos llaneros recios nacidos en medio de un corral sin límites que se extiende hasta el mítico Orinoco.
Lo que vemos en las mangas de coleo citadinas solo es la nostalgia de un episodio cotidiano de la vida en la llanura.
JAIME FERNÁNDEZ MOLANO
Escritor y periodista
entreletras2@yahoo.com
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Nación
- Fecha de publicación
- 22 de junio de 2012
- Autor
- JAIME FERNÁNDEZ MOLANO
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