¡Quién quita que me haya ganado la lotería británica!
Juan Gossaín relata pesadilla en la que se convierten llamadas y mensajes que ofrecen promociones.
Acabo de comprender que la vejez empieza un sábado, a las nueve de la noche, cuando uno está metido entre su cama, feliz de la vida, dedicado a intercambiar medicamentos con su mujer, en vez de andar parrandeando con los amigos. Entonces suena el teléfono y le ruego a Dios, por lo que más quiera, que la llamada sea para mi hija.
-Hooolaaa -me grita la voz de un hombre desde el otro lado de la línea.
Se explaya en felicitaciones sobre mi buena suerte: sin haber tenido que comprar nada, acabo de ganarme un cupo para la rifa de un viaje en bus a Panamá. Trato de interrumpirlo varias veces para decirle que no tengo ningún interés en ir a Panamá, y menos en bus, pero no me hace caso. Solo entonces descubro que se trata de una cinta grabada. Me da mucha vergüenza con el señor y con la grabadora, pero no tengo más remedio que colgarles a ambos.
Al día siguiente, después de haber pasado el domingo entero en el mar, me estaba quedando dormido plácidamente, como si fuera un angelito, con la espalda quemada por el sol. Poco antes de las doce de la noche el teléfono repicó con la energía de un despertador. Quedé sentado en la cama, con el corazón en la boca, porque cualquiera se imagina lo que puede significar una llamada a semejante hora.
Descolgué la bocina. Esta vez no era el escandaloso del bus de Panamá sino una señora que hablaba con el acento autoritario de una carcelera alemana
-Le informamos que no ha pagado su última factura telefónica -me regañó-. Si no se pone al día antes del próximo martes, le suspenderemos el servicio con todos los inconvenientes económicos y penales que eso conlleva.
No pude dormir. A las cinco de la mañana, revisé mis facturas y todas estaban al día. Por si las moscas, y para curarme en salud, apenas abrieron la oficina fui a la empresa de teléfonos y les conté lo que me había pasado. Una empleada bonita, que sonreía sin motivo, escuchó mi relato hasta que lo interrumpió por la mitad, haciendo señas de estar aburrida.
-Ah, es la famosa llamada de cobro -me dijo, a carcajada batiente, como si fuera un chiste-. No le pare bolas. Es una grabación y se la ponemos a todos los clientes, pero solo deben atenderla los que no han pagado.
-Pero lo despiertan a uno injustamente, y a la medianoche -comenté con timidez-. ¿Se imagina usted lo que pensaría de mí alguien que esté de visita en casa, conteste esa llamada y oiga semejante regaño? Va a creer que ni siquiera pagamos los servicios.
-Dígale a su visita que no responda el teléfono -me aconsejó, haciéndose la graciosa.
Confieso que sentí ganas de ahorcarla con un cable telefónico que estaba sobre el mostrador. Lo último que oí, cuando ya me iba, fue que la muchacha le susurró a una compañera suya:
-Ese señor es como loco...
¿Quién podrá defendernos?
Tengo la chispa atrasada, de modo que pasaron dos días antes de que me decidiera a hacerle una llamada a la Superintendencia de Servicios Públicos. Quería pedir que la autoridad me protegiera de esta plaga de abusos, promociones, ofertas, llamadas nocturnas, sorteos por teléfono, correos indeseables.
Me dijeron, con mucha amabilidad, eso sí, que no pueden hacer nada. Un funcionario me explicó que su despacho no tiene poderes legales para impedir lo que está pasando. Tampoco saben quién puede tenerlos.
Esa misma tarde, un hombre de morral a la espalda apareció en la puerta de mi casa. Traía una tijera en la mano. Me dijo que venía a entregarme una tarjeta de crédito y que solo podía abrirla en mi presencia. Le contesté que yo no había pedido ninguna tarjeta y se fue por donde había venido.
Desde entonces me han llamado tres veces, y de malas maneras, además, para que les pague la supuesta cuenta de manejo de una maldita tarjeta que no quería, ni solicité ni recibí. Me advirtieron que ya les debo intereses sobre intereses y que van a entregarle mi caso a una empresa de cobranzas. Sospecho que el próximo paso es la cárcel. Pues sépanlo de una vez por todas: estoy dispuesto a dejarme encerrar en un calabozo inmundo, de esos que se llamaban 'bartolinas' en el español antiguo, pero ya me cansé de tantos atropellos. Alguien tiene que poner el grito en el cielo.
Con vista al mar
Mientras escribo los apuntes para esta crónica me llegan por el correo electrónico dos mensajes que vienen de países tan remotos como Sudáfrica e Inglaterra. En el primero me anuncian que un anciano solitario, que me quería mucho, me dejó en herencia más de diez millones de dólares. Debo mandar tres mil para que hagan el papeleo, aunque no recuerdo haber conocido a nadie que me quisiera mucho en esos peladeros.
En el otro me informan que, por fin, me gané la lotería británica. Son treinta millones de libras esterlinas, la moneda más poderosa del mundo. Me piden que les envíe dos mil para los gastos de la transferencia bancaria. No se las he podido mandar porque nunca me aclararon si se trata de libras, euros o dólares.
Lo único que realmente me asombra es que, por el trámite de treinta millones, me cobren menos que por el de diez. Debe ser que las estampillas son más caras en Pretoria que en Londres.
Como si fuera poco, un hombre me detiene en el parque. Parece un pájaro de mal agüero o uno de esos cuervos de funeraria que abundan en los cuentos de Poe: vestido de negro, con sombrero negro, maletín negro y bigote negro.
Por tratarse de mí, y porque tengo la virtud sobrenatural de caerle bien a la gente, me ofrece una ganga: una tumba en algún cementerio privado. Puedo pagarla a plazos, en módicas cuotas mensuales, y cuenta con todas las comodidades que nos depara la muerte. Creo que tiene hasta aire acondicionado, vista al mar y seguro de vida a perpetuidad.
Al regresar a mi casa encuentro un arrume de correspondencia. La mitad viene de Estados Unidos o de alguna isla perdida en el Caribe. Hay una revista especializada en la crianza de perros, una empresa que, por solo doce dólares, enseña cómo deben regarse las matas en verano y una propuesta para ser socio de una empresa naviera en Alaska.
Epílogo
¿De dónde saca esa gente la dirección de sus víctimas? Las compañías bancarias y financieras, al igual que las de tarjetas de crédito, son las que venden la información sobre uno a los promotores internacionales de cuanta porquería mandó Dios al mundo. Ya no respetan la privacidad ajena.
Tengo que terminar aquí, aunque me quedan varias historias por contar, porque estoy solo en el dormitorio y el teléfono empieza a timbrar con desesperación.
Como no sea otra vez el loco que vende tumbas a plazos, o el sargento alemán con faldas que anda cobrando lo que no le debo, o el chofer del bus que va para Panamá.
Voy a contestar. ¿Quién quita que me haya ganado de verdad la lotería inglesa?
Juan Gossaín
Especial para EL TIEMPO
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Ciencia y tecnología
- Fecha de publicación
- 14 de junio de 2012
- Autor
- Juan Gossaín
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