El 'santo' que vivió últimos 35 años al servicio de los embera chamí
Vicente Vargas se dedicó a consolidarles el cabildo a los indígenas.
A pesar de que fue terrateniente de cuna, Vicente Vargas murió con lo que tenía en su mochila, pues era 'alérgico' a la plata. Sus actos de una generosidad a toda prueba son una leyenda entre los indígenas y el resto de los habitantes de Valparaíso, caluroso municipio del suroeste antioqueño.
No solo les donó todos sus bienes, sino su vida. Pero esta no es una simple afirmación metafórica: los últimos 35 años los puso al servicio de los embera chamí, hasta morir, a los 68 años, el pasado 20 de noviembre, con fama de santo sin aureola.
Ese día, un camión de escalera con 40 indígenas viajó a Medellín, donde se produjo el deceso, para acompañarlo. La iglesia del pueblo quedó chica para las exequias y luego los embera, en pleno, desfilaron con sus mejores galas en guardia de honor hasta el resguardo, llevando sus cenizas.
Los seis meses que han transcurrido no les han bastado para hacerle el duelo. Cada vez que uno se lo menciona a algún indígena, se le aguan los ojos y se le quebranta la voz, ya sea hombre o mujer.
La primera prueba de fuego para ver si las enseñanzas de Vargas calaron entre los líderes del resguardo será que logren gestionar un proyecto para hacer un museo en su nombre en el lugar donde vivió. Y la segunda será llenarlo de objetos que lo evoquen, porque los recuerdos no tienen volumen y Vicente mismo decía que todas sus pertenencias le cabían en su mochila inseparable. En eso tampoco exageraba.
El memorial sería en la 'Casa de los siete colores'. Así le decía él a su morada en lo alto de un cerro enano, dentro del mismo resguardo. Ahí, en el corredor, con sillas de madera, ropa colgada y la talla de un papagayo vistoso, no faltaban cada tarde los indígenas que subían a conversar con él ni los niños que pasaban a jugar con su barba frondosa.
Vicente Vargas nació en Ginebra (Valle) el 24 de julio de 1943, en la familia de un colonizador paisa del que heredó el nombre.
Tenía él 5 años cuando cambiaron sus tierras en las montañas vallunas por dos fincas en Valparaíso, cuyos sembrados de café y caña les dieron la prosperidad suficiente para figurar entre las familias más connotadas.
Pero decidieron irse cuando el ambiente se puso tenso, después del Bogotazo.
Vicente hijo, al que le comenzaron a decir Vicentico -y así se quedó hasta el último día de vida-, culminó el bachillerato en el colegio San Ignacio, de Medellín, y se marchó a Estados Unidos a estudiar artes plásticas.
Allá, supo lo que era la discriminación y salió huyendo de esa sociedad que relegaba a los negros a las últimas sillas del bus y los obligaba a pararse para darles el puesto a los blancos.
En Valparaíso, los indígenas embera chamí sufrían su propio apartheid. Vagaban por las orillas del río Conde como pájaros, de un lado para el otro; nadie los quería y los culpaban de cuanta vaca destazada aparecía. Los únicos que los empleaban eran los Vargas.
"Me dio mucha tristeza porque creía que el campesino era una persona pura, y me di cuenta de que eran como los gringos", explicó Vicente, con su voz algo ahogada -producto de un tabaquismo crónico que padecía desde la pubertad-, en una grabación para el canal regional Teleantioquia.
Muerto su padre, él se apersonó de la finca. Para ese tiempo, ya se le veía medio calvo y con su característica barba, que hoy llamaríamos al estilo Osama Bin Laden. En el video, contó la experiencia que le señaló el camino de la renuncia total.
En plena bonanza cafetera, los granos se caían y no tenía recolectores. Entonces, les propuso a los chamíes que trabajaran con él. "A indios no gustar coger café -le contestó Julio Tascón, su líder-, pero nosotros ayudar a Vicente".
Muy distintos del paisa común, que recoge y cobra individualmente, aun cuando estén en un mismo cafetal padres e hijos, los 50 indígenas que acudieron llenaban todos el mismo costal y a finales de la semana cobraban y repartían por partes iguales.
"Eso me animó porque había una verdadera comunidad", le dijo a una periodista que lo entrevistó.
Un día, reunió a las once familias indígenas que conocía y les dijo que les daría un tesoro, pues era conocedor del gran valor que tiene la tierra en su cosmogonía. Para él solo dejó el pedazo donde después levantó la 'Casa de los siete colores'. Hoy, el valor de esas tierras fértiles no baja de los 500 millones de pesos. Sin empacho, también le dio otra finca a su hermana Margarita y se quedó sin nada. Si no, Vargas hubiera muerto como un hombre adinerado.
La familia y sus amigos se le vinieron encima porque "qué iba a hacer cuando fuera viejo, y no tuviera nada". Él respondía que "Dios proveerá", recuerda Margarita.
Los indígenas y Vicente se volvieron inseparables. Se pasó a vivir con ellos y dedicó todo su tiempo a asesorarlos en la presentación de proyectos, para que la comunidad fuera reconocida y les asignaran más tierras y recursos. El lazo era tan fuerte que él aprendió su lengua y ellos llegaron a ofrecerle ser su gobernador.
"Si salía era porque tenía que hacer sus vueltas. Se iba por 8 o 15 días y volvía", anota el secretario del cabildo, Justiniano Tascón, quien creció de la mano de Vicente y hoy tiene 37 años.
Por todo eso jamás recibió un peso. Más aún, ponía de lo poco que ganaba como concejal de Valparaíso, pero no era sino que él dijera que quería carne de animal montuno para que ellos corrieran a cazar.
A sus estadías en Medellín, en las que hacía correrías por oficinas gubernamentales y entidades que pudieran servirle a la causa indígena, solía llevar solo el pasaje de ida. Pernoctaba y comía en casa de algún hermano y, de paso, les pedía para el regreso.
Isabel, su sobrina, cuenta que se ponía la ropa que le regalaban.
Cuando recibía de sus sobrinos los zapatos que ya no usaban, bromeaba con que le gustaban 'domados' para que no le tallaran en los juanetes.
La última salida, de la que no regresó por sus propios pies, fue en octubre del 2011, para hacerse unos exámenes de rigor, pues dos años atrás había sufrido un infarto y continuaba en chequeos. Los médicos lo hallaron tan mal que ordenaron hacerle una cirugía de corazón abierto, y en la quietud del posoperatorio se complicó con los estragos que le produjo la adicción al cigarrillo.
Horacio Arenas, un gran amigo de Vicente, recuerda que en septiembre se emborracharon con un grupo de amigos. Porque, aunque 'santo', su pecado era que algunas pocas veces bebía hasta las últimas consecuencias y sin reparos de que fuera ron, cerveza, aguardiente u otro licor. Esa noche, lo hizo: como siempre que estaba ebrio, contó chistes, recordó múltiples historias, se paró en la calva y empezó a bailar solo, rígido como un robot.
"Fue como la despedida", cuenta Horacio, quien lo veía como un apóstol.
En la lengua de los chamíes, ara burunday significa unión. Justiniano asegura que con su ejemplo esa fue la mayor enseñanza de este capunía (hombre blanco) al que terminaron por nombrar como el ambacheke (hermano)de oro.
"Él decía que teníamos que vivir como ambachekes, sin egoísmo, saber compartir", dice Alba Lucía Vélez antes de romper en llanto.
Entre chanzas o cuando se enfadaban, le decían burocuara (cabecipelado).
"Él era como el segundo papá de nosotros", anota alguno. Y otros afirman que era el abuelo, una figura venerada por esta cultura, en la que la experiencia es el mayor valor.
Por eso, tampoco dudan de que el fallecimiento de Vicente ha sido el golpe más grande que han sufrido.
Más trascendental, Justiniano sentencia: "Él nos dejó su carne, pero su espíritu no". Después, las palabras se le vuelven llanto.
NÉSTOR ALONSO LÓPEZ L.
Enviado especial de EL TIEMPO
Valparaíso (Antioquia).
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Nación
- Fecha de publicación
- 31 de mayo de 2012
- Autor
- NÉSTOR ALONSO LÓPEZ L.

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